Las cosas de Antonio

Las cosas de Antonio  

Mi amigo Antonio:

un tiro al corazón,

saber su ausencia.

 

De Haikuario

 (Martes, 20 de septiembre de 2011)   

 

1. Creo que del genial Francis Bacon decía un enemigo suyo que era un hombre de tan grandes virtudes que no recordaba ya sus defectos. Eso ocurre con mi amigo Antonio. Era genial. Era genial porque, por encima de todo, era sencillo y bueno. La bondad, escuché decir hace unos días a José Antonio Marina en la caja tonta, es una cualidad superior a la inteligencia y debería ser asignatura obligatoria en las escuelas. No sé si Marina acierta, pero quisiera subir a ese carro. Antonio no aplicó su inteligencia a ser “listo” sino a ser bueno y la puso a disposición de los que tuvieron la suerte de compartir durante un tiempo su cercana sabiduría y dejarse atrapar en su arte de vivir y dejar vivir la vida.

Miércoles, 21 de septiembre de 2011 

2. Me parece que corría el año ochenta y cuatro u ochenta y cinco cuando el padre de Antonio todavía hacía rodar trabajosamente el portasueros en su casa del barrio de San Antonio en Motril. Lo recuerdo pálido y serio, ataviado con un pijama de color claro, tal vez celeste, frente a la mirada bondadosa y solícita de Ángeles. Muy pronto, el padre dejó de estar atado al gotero y al mundo, y dejó a Antonio con dos ideas: una, que debía ayudar todo lo posible a su madre y a sus dos hermanas menores; la otra, que moriría joven. Lo primero lo recordó y verbalizó cada día durante muchos años, mientras hizo falta; lo segundo, de cuando en cuando.

 

No estoy seguro de si a partir de entonces alguien pudo estar a la altura de su trepidante “carpe diem”: es que no das respiro, Antonio, por qué te metes en un proyecto tras otro, por qué te paras en la calle a hablar con todo el mundo, por qué vas a toda prisa sin apenas contemplar el paisaje, por qué deseas tanto conocer Canarias, Portugal, Italia, La Rioja, Cantabria, París, recorrer este y aquel y aquel otro sendero, por qué te pegas esas caminatas por el monte en lugar de pasear, por qué de pronto desaceleras el paso y frenas y te pones a hacer fotos y fotos y fotos del paisaje, de un pájaro, de una mariposa, de una catedral, de una persona que pasa, mientras te interesas por la familia y la salud de alguien, o prestas atención a un chiste, un chascarrillo, una opinión… te preguntaba, a veces sentado frente a una cerveza con tropezones para recuperar el resuello de la recién finalizada marcha campestre.

 

Porque estoy seguro de que voy a morir joven, como mi padre; quiero viajar, aprovechar el tiempo, conocer y vivir todo lo que pueda antes de que ocurra.

 Otra vez tuvo razón. Antonio comprendió muy pronto que la vida iba en serio, como dijo el poeta, y supo extraer los panes de su zumo. Sin asomo de duda, fue una persona feliz. Juan Benegas, compañero de profesión, solía repetir lo que escuchó a un viejo extremeño: deseo una vida ancha en vez de larga. Antonio ha tenido esa vida y eso está bien, pero los que le queríamos nos hemos quedado con ganas de más.

Jueves, 22 de septiembre de 2011 

 

3. Su entrañable amigo Tomás, tristemente desaparecido, representante durante un tiempo del alumnado del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada (que Antonio promovió y coordinó en Motril durante más de una década con su habitual eficacia y empeño), cuando quería conocer mejor a alguien solía preguntar: ¿con qué canción te identificas?

 

No sé si Antonio contestó alguna vez a esa cuestión, pero alguien le respondió que Sentado en el muelle de la Bahía de Otis Redding. Tomás quedó pensativo y al cabo comentó con su hermosa voz de locutor de documentales históricos: grave, profunda y bien timbrada, que la buscaría en la red. Pasado un tiempo, opinó: “la conocía, pero el título en español me había despistado”. Tomás, hombre singular y con un gran bagaje vital, se había desempeñado laboralmente alguna vez en el país de la gran manzana. “No está mal, pero no la cambio por mi canción favorita: A mi manera, de Sinatra”.

Pienso que el sentido de la letra de esa popular canción le sentaba a Antonio como un guante. Si las cosas no se hacían a su manera, si no encajaban en su forma de ser, si el futuro de un proyecto ya no era lo que fue, entonces dejaba de interesarle y se alejaba en silencio y sin dar portazos, discretamente, procurando no herir a nadie en la retirada. Los que le conocieron podrían poner algunos ejemplos.

Otras veces decidió declinar ciertos ofrecimientos. Nos consta que le tentaron, por sus notables cualidades personales, con proposiciones políticas, sindicales y hasta empresariales (en el sector de la imagen y el turismo) y que seguramente habrían mejorado sustancialmente su posición y su economía. Pero Antonio sabía que esos proyectos no los podría desarrollar “a su manera” sino a la manera de otros: ¿merecía la pena cambiar la tranquilidad personal y familiar, el tiempo dedicado a cultivar la amistad y la compañía de los amigos, las aficiones por la bnaturaleza, los viajes y la fotografía, la profesión de maestro, que le apasionaba, por un alto estatus y mayores ingresos? Él pensaba que no.

Viernes, 23 de septiembre de 2011 

4. “Al principio fue el P.M.A.E.”, escribió Antonio de su propia mano y tecla en un powerpoint que rememora los primeros veinte años del Programa de Educación de Adultos de la Junta de Andalucía en la localidad del kilómetro cero de la Costa del Sol. Y así fue. En el despliegue de los variados proyectos del Plan Municipal de Acción Educativa del Ayuntamiento de Motril, recibieron Antonio y otros colegas su bautismo de fuego como docentes en el año mil novecientos ochenta y dos.

 

Desde que desarrolló el plan “Convivir con la Naturaleza”, con Manuel Martín Gálvez, hasta el momento en que su enfermedad le alejó paulatinamente de sus actividades profesionales, Antonio implementó centenares de programaciones educativas y supo ganarse el respeto, la confianza y el cariño de casi todos los que le conocieron, ya fueran representantes públicos, compañeros de trabajo, alumnos o ciudadanos de a pie. Lorenzo Capellán de Toro, Francisco Fernández Carmona, Jesús Pérez, Enrique Cobo o Ángel Pacheco (y sus otros ángeles, Isabel y Ángela) fueron algunos de los nombres clave que explican el éxito del PMAE y el inicio del Programa de Educación de Adultos en Motril (no fue posible, aunque Antonio Gallego lo intentó —y nuestro amigo Antonio y algunos más apoyaron activamente la iniciativa—, crear en estos lares la Universidad Popular de Motril).

La primera experiencia de Antonio en educación permanente la adquirió durante el curso 83/84, en las aulas ubicadas junto a los pisillos del barrio de San Antonio, habilitadas originalmente para impartir clases a los niños de la zona y que la iglesia levantaba en la terraza, detrás de la espadaña que miraba a lo lejos el sur y el mar. Aquellos grupos iniciales, formados en general por personas jóvenes con necesidades de alfabetización, posalfabetización y titulación básica, fueron atendidos por varios maestros, entre ellos los tres “antonios”: nuestro Antonio, Antonia Correa y Antonio García López. Por su parte, Antonio se implicó de inmediato y participó, junto con el párroco Manolo Velázquez, en la puesta en marcha de una asociación gitana, tal vez la primera o una de las primeras que se creó en Motril, al mismo tiempo que se comprometía como vocal e integrante de la junta directiva de la Asociación de Vecinos, constituida por personas generosas y batalladoras que vindicaron continuas mejoras para el barrio y organizaron todo tipo de actividades deportivas, lúdicas y culturales. Después, por razones organizativas, trasladaron las clases al local de la Asociación de Vecinos de la calle Ancha y al colegio de San Antonio, dirigido por Andrés Cortés, al mismo tiempo afable e incombustible. Imposible no recordar los viajes semanales a Granada para multicopiar los apuntes de los alumnos (pergeñados con recortes de fotocopias y periódicos sujetos al papel con pegamento) y transportarlos en pesadas cajas, primero en autocar y más tarde en el viejo renault blanco o crema de su padre; imposible olvidar tampoco su taller de fotografía en blanco y negro, o el laboratorio en donde el arte del positivado se transformaba en magia, ni la apuesta de Antonio por la utilización diaria en el aula y en el Salón de Actos de proyectores de diapositivas, retroproyectores y opascopios, ni las innumerables charlas sobre salud y medicina (Jesús Cabezas, personal del Centro de Salud…), sobre historia (Isabel Martínez, Ángel Pacheco, Jesús Tarragona…), espeleología (Floro), espacios naturales (Félix y Blanca) y etcétera, etcétera; cómo no recordar el viaje iniciático a Los Millares y las decenas de ellos que vendrían después, sabiamente organizados por una mente ágil que aprendía de los errores… Más tarde hubo que sustituir el bajo de la Calle Ancha por un aula prefabricada, emplazada junto al otrora Colegio Menor del Instituto Julio Rodríguez. Al siguiente curso, marchaste al edificio recién remodelado en Plaza de la Libertad, ¿recuerdas, Antonio?… Pero esa es otra historia.

Sábado, 24 de septiembre de 2011 

5. Y, después de todo, ¿quién era Antonio?: ¿el niño que nació en Órgiva?, ¿el chico que jugaba a balonmano en el Instituto de Arriba en Motril?, ¿el estudiante de Aparejadores en Granada?, ¿el maestro de EGB?, ¿el de Primaria?, ¿el educador de adultos?, ¿el marido de María Victoria?, ¿el hijo de Ángeles?, ¿el padre de Antonio Luis y María?, ¿el compadre de Paco Mesa?, ¿mi amigo o tu amigo?

“¡Es que Antonio tenía para todo el mundo!”, comentaba una triste madrugada su amigo Emilio Fernández Gálvez, después de acomodarse las gafas y abarcar el aire que pudieron contener su brazos en un gesto que parecía resumir la admiración y el reconocimiento de un hecho difícil de creer. Y era así: Antonio sabía estar con el de arriba y el de abajo, con el chico y con el grande, con el derecho y el izquierdo, en un restaurante de cinco tenedores y en un mesón frente a un plato alpujarreño (aunque, como buen güevero”, sabemos sus preferencias). No era hombre camaleónico, sino tolerante; creía en las personas más que en sus ideas; hablaba con todos los que le escuchaban y escuchaba a quienes le hablaban; estaba a gusto con la gente; amaba enseñar y enseñaba para que le quisieran; se hacía respetar y estimar por sus alumnos (admirar y amar son verbos más justos) y él correspondía con la misma moneda; sufría (esa es la palabra exacta) sintiendo las preocupaciones y enfermedades de innumerables personas amigas, porque amigos fueron muchos de sus alumnos y compañeros a los que acompañó y visitó en esos momentos difíciles; pero también ha llorado como una Magdalena, recordaba Flori, a lágrima viva, esta vez de risa, mientras contaba o escuchaba una anécdota, una ocurrencia o un chiste, que el tunante sabía contarlos con gracia, al tiempo que se le empañaban los cristales de las gafas y los limpiaba con el pañuelo, mientras trataba de abrir los ojos sin conseguirlo y perdía la voz y su cara redonda parecía un pan moreno incapaz de contener el jolgorio que le crecía por dentro como levadura que se hinchaba y expandía.

De modo que, repito, ¿quién era Antonio?: ¿el alma de la peña “Vive y Deja Vivir”?, ¿el motor de un Grupo de Trabajo sobre Medio Ambiente en el Centro de Profesorado de Motril?, ¿el animador de su Club de Senderismo?…

 ¿Quién sabe lo que respondería Antonio? Pero sí recuerdo lo que aseguraba Juan Nicolás Navarro, o José Domínguez López o Emilio Fernández Gálvez o quizá alguno más: “Antonio es el pegamento de todos nosotros, que somos tan distintos; él sabe mantener unido al grupo: nos conoce, sabe mediar y convencer, dar a cada uno lo que necesita”.

Es muy difícil parecerse a Antonio, que no supo ser sectario nunca, y sin embargo, muy fácil despegar lo que él pegó con el mismo cariño con que adhería aquellos recortes de papel, de orígenes variopintos y opiniones contradictorias, con los que confeccionó los primeros materiales para sus alumnos con la finalidad de que aprendieran a convivir y a pensar. Si se nos olvidaron todas sus lecciones, ésta deberíamos recordarla siempre.

Sábado, 24 de septiembre de 2011 (22:50 hs)

 

 

La noticia de su fallecimiento en:

 
 

 – Motril Digital: Falleció Antonio García Maldonado

– Granada Natural: Antonio García Maldonado, nos deja un gran Naturalista granadino

– Biodiversidad costa granadina: Condolencias

– Grupo bellota: Un entomólogo andaluz

 
     
   NOTICIAS RELACIONADAS:  
 

– Entrevista: “Tengo tres mil fotos y un millón de recuerdos que compartir”

Entrevista: “Desarrollar contenidos con imágenes propias facilita el aprendizaje de los alumnos y alumnas”

Reportaje: Grupo Bellota o lo que la naturaleza ha unido

 
     

 

 

 


 

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *