Pedro López Ávila: La venta de niños

 

A veces es necesario remontarse a otra épocas para poder comprobar cómo en la religión de los beduinos se decía del alma de aquel que moría por su príncipe iba a otro cuerpo más venturoso, más hermoso y más fuerte que el primero; por lo cual arriesgaban la vida con mayor entusiasmo. O “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos”.

Si esto fuera verdad no serían necesarias leyes sobre el bien obrar , sino muy al contrario, con la impunidad de la justicia nos bastaría con ser sujetos agradecidos de cuantas especies de maldades nos acecharan desde que nacemos y nos abandonaríamos al sufrimiento y al dolor desde la creencia de que, tras nuestra desaparición, se nos devolvería fielmente la alegría para siempre en la tierra o en otras dimensiones.

Sostengo que el hombre ha evolucionado muy poco, por no decir nada, en lo que se refiere a su conciencia, pues es capaz de adaptarla, de tal suerte que no solamente se traiciona así misma, sino que la combate, y a falta de testigos, apenas nos descubre algo de nosotros mismos.

Todos nos llevábamos las manos a la cabeza, en nuestra historia más reciente, por el secuestro y venta de niños de países subdesarrollados o desarrollados, que compraban las familias más pudientes, en aras a crearles un mejor estado de bienestar y una mejor educación o como mercancía de esclavitud, según los casos.

Cuando fue designado, tras un golpe de estado, con el título de Presidente, el General Videla (1976), en la que la represión llegó a extremos tales que los niños de los padres (asesinados o desaparecidos) fueron secuestrados y entregados a familias que con o sin su conocimiento de esa circunstancia, sirvieron para sustraerles su identidad, a pesar de que, en algunos casos, fueron cómplices de la muerte de sus progenitores biológicos, la conciencia de la gente parecía enloquecer de rabia y de impotencia.

Tenemos el vicio de mirar lo que está detrás de nosotros y no lo que está delante y así tengo una amarga sensación de que a nuestro país se le han amontonado todos los males juntos, de tal forma que, si nos faltaba algo verdaderamente horrendo, son las mafias organizadas de forma autónoma (sin relación entre ellas), que han sido copartícipes (presuntamente) de determinadas prácticas en la venta de niños.

Pero, lo que más daño hace y nos agita es que los miembros de estas mafias (pocos o muchos) pertenezcan a órdenes religiosas en connivencia con algunos sectores de la sanidad y muy probablemente ligados a su vez con sectores de la justicia que han estampado sus firmas y mirado hacia otro lado.

Ahora, al transcurso de los años, mientras esas madres que les arrebataron sus hijos diciéndoles que habían fallecido y sin dejarles la posibilidad de verlos muertos, ya que a las más afortunadas les mostraban un cadáver del frigorífico o una caja de zapatos, en la que aparecía no se sabe qué, envuelto en gasas ensangrentadas, que se han retorcido en el dolor, durante gran parte de la vida, buscan desesperadamente a su propia sangre como las abuelas de la Plaza de Mayo a sus nietos.

Mientras tanto los pocos imputados, que deberían odiarse al reconocerse, no sólo les falla la memoria sino que la conciencia les brida la lengua y jamás admitirán que han vendido niños, cual si se tratara de un artículo de mercado para obtener algún tipo de ganancia.

En cualquier caso, la casuística es tan amplia y la maraña de situaciones tan compleja que existen abismos muy inútiles que mejor haríamos en dejar de lado y limitar las actuaciones judiciales sobre aquellas personas, que han arrancado los hijos a sus madres, con actuaciones viles y cobardes en contra de la propia naturaleza.

De la misma forma, nunca puede ser considerado un niño adoptado (sea de familias desestructuradas españolas, de orfanatos chinos, rusos, de países de América latina, asiáticos o de cualquier lugar del mundo), con los niños robados, mediante la manipulación y la mentira con el lenguaje de los hábitos religiosos, la bata blanca o la toga.

La meritoria labor de los padres, que adoptan niños (a veces con muchas dificultades psíquicas, orgánicas o ambas a la vez), para proporcionarles una vida más confortable y en plenitud, merecen el mejor de los reconocimientos sociales por tan elevada altura moral, pero eso es otra cosa.

 

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