La Alemania de los grandes maestros (IX): En Lichtenthal con el viejo Johannes Brahms

 

En el verano de 1869 se encontraba ocupado en la escritura de un cuarteto de cuerda cuando le llegó una noticia que lo dejó conmocionado: Julie Schumann, hija de Clara, se había comprometido. ¿Cuáles eran en realidad sus sentimientos por aquella joven de veinticuatro años, doce años más joven que él? ¿Una sublimación ante el amor imposible por su madre? ¿Un flirteo idealizado sin contacto con la realidad, como le ocurría a aquel personaje de Thomas Mann, que prefería no mirar directamente a las mujeres para no desencantarse? Lejos de alegrarse por la noticia, se tornó todavía más hosco y retraído. Esta reacción irritó a Clara: “¿acaso la amaba realmente?” se pregunta airada en su diario. Seguramente no. El arrojo o la cobardía habían alejado a Brahms inextricablemente de un matrimonio real. Y como siempre, acudió al refugio de la composición, ese pequeño pueblo en armas, como dijo el poeta de la poesía, contra la soledad.

El autor elegido, Goethe. La obra, una selección de “Harzreise im Winter”. Es toda una confesión del viejo gruñón solitario: “Pero, ¿quién vive apartado? Su camino se pierde entre los arbustos… tras sus huellas volverá a crecer la hierba”. La solista de la obra es una contralto, de timbre cálido y andrógino, que nos describe la soledad del alma frente a la naturaleza, frente al sufrimiento. La orquesta comienza pesante y ambigua, la música avanza lenta, agónicamente, sobre la oscura tonalidad de do menor. Siguen hablando los versos de Goethe en el recitado de la solista: “¿quién podrá curar las penas de aquel que convirtió el bálsamo en veneno?… otrora despreció y ahora despreciado… va consumiendo su propia valía en egoísmo insatisfecho”.

Lichetenthal
Lichetenthal

No muy lejos de Baden-Baden, ciudad ajetreada por su casino y por su balneario, se encuentra la Abadía de Lichtenthal, donde una orden centenaria de monjas cistercienses regulan aun su vida al socaire de los preceptos benedictinos del silencio y la meditación, a los que se acogen todos los días con el Laudes a las cuatro y media de la mañana. Allí hospedan al caminante indigente de serenidad, de reconciliación con el ser y la conciencia. Austeros arbustos adornan esta abadía. Algún ciprés aislado. Y el gótico estricto de la Capilla de los Príncipes se vuelve aún más severo con la callada nieve del invierno. Y más allá se extienden los paisajes asilvestrados de un verde intenso y desmedido que se oscurece en los bosques tupidos de la Selva Negra.

También Brahms ansia la reconciliación. Al final de esta obra, La rapsodia para contralto, la tonalidad se suaviza en la claridad del do mayor, reforzado por un coro de voces graves: “Si en tu salterio hubiera, Padre del Amor, un canto que pudiera conmoverle, consuela su corazón… muéstrale las numerosas fuentes en mitad del desierto”. El dolor queda superado, la música se vuelve más melódica, y la paz y el consuelo apaciguan todas la tensiones anteriores. El oyente se ve envuelto en una especie de paz cósmica. El amor debe responder a la soledad.

En pocas ocasiones encontraremos a Brahms y a Goethe unidos en tal dolor. Clara confesó en su diario: “esta obra no puede ser sino la expresión del propio dolor de su alma”. Pero Brahms era incapaz de alcanzar con las palabras lo que alcanzaba con su música. La boda de Julia se celebró con retraso. Y él fue testigo en la ceremonia. A la pregunta por su nombre, respondió con tal adustez y desgana, que quedó registrado en el archivo como el compositor “Schrams”.

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