Leandro García Casanova: El vecino pobre

 

En España se levantaron algunas voces contra la injusticia de los guiñoles, pero no fueron más allá, mientras que algunos medios franceses decían que los españoles no sabíamos tener sentido del humor. Estaban difamando e insultando, a través de la televisión, a los mejores deportistas españoles y resulta que no sabemos aguantar una broma. Ya no sé si es patético o macabro: confunden la difamación con una broma. Pero la vida da muchas vueltas y, este verano, el equipo francés de balonmano se proclamó campeón del mundo. Unos días después, entrevistaron a los deportistas en una televisión francesa y rompieron el plató durante la entrevista. Poco después se descubrió que el mejor jugador del mundo de balonmano, el francés Karabatic, estaba mezclado en un asunto de sobornos y compra de partidos. Ahora tenemos el reciente caso del estadounidense, Lance Armstrong, heptacampeón del Tour de Francia, al que acusan en su país de haber llevado a cabo la mayor y más sofisticada operación de dopaje de ciclismo. Y hace unos días, la Unión Ciclista Internacional (UCI) le quitó sus siete triunfos en el Tour de Francia y le sancionó de por vida, después de aceptar las pruebas presentadas contra él en un extenso informe de la USADA.

Sin embargo, Canal Plus no montó esta vez los títeres de cachiporra sobre Armstrong dopándose y los franceses tampoco gastan bromas con la corrupción de Karabatic y las alegrías de sus compañeros, pues se trata de “les enfants de la patrie”. La organización del Tour decía que no se iba a pronunciar sobre el dopaje del americano hasta que lo haga la UCI, mientras que no dudó en humillar todo lo que quiso a Contador, sin esperar el fallo del jurado. El silencio los delata: no es lo mismo reírse de un español que de un americano o de un francés.

La “grandeur”

Felipe González contaba que un día le dijo a su amigo, el presidente François Mitterrand, para que comprendiera el problema del terrorismo: “Imagínate que los terroristas de ETA matan en Francia y se refugian en España”. La respuesta del gabacho fue fulminante, por aquello de la ‘grandeur’: “Entonces, invadiría España”. Pues, claro, François: si matan allí y se refugian aquí, ‘très bien’. Pero que no se les ocurra hacer lo contrario. Parecida explicación me daba, hace unos meses, un funcionario español que está casado con una francesa: “Mis suegros  opinan de España todo lo que quieren y más. Pero no admiten que yo les diga lo más mínimo de Francia”.

Francia fue siempre un país de acogida para los exiliados españoles (y para cualquier exiliado), se puede ver a Nadal anunciando móviles en la tele francesa, a Bardem anunciando una película en las estaciones del metro de París o la foto de Piqué luciendo en un autobús. En algunas estaciones de metro y de tren dan información en español, hay franceses y sudamericanos que te oyen hablar y te dan conversación o se ofrecen a orientarte por las calles, en fin, que tengo motivos para hablar bien de ellos. Aunque también te encuentras malafollás. Sin embargo, muchos franceses no soportan que España les gane en los deportes, pues hemos sido el pariente pobre o el emigrante que iba a trabajar a sus viñedos o a sus fábricas, viviendo en barracones. Siempre habrá estúpidos que no soportan el triunfo ajeno y encima se consuelan difamando. En esto consiste la envidia. En el caso de Canal Plus, la difamación o la broma le sale gratis y encima gana audiencia, aunque pierde credibilidad. Nunca viene mal tener un vecino pobre al lado para echarle la culpa de los fracasos y las frustraciones.

 

 

 

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