Juan Moya: «El escritor y el librero: el futuro del arquitecto

Estos libros los llevaba a un comerciante librero de la ciudad para que procediera a su venta. A éste, siempre le preocupaba el aspecto más profundo de los libros que el escritor le llevaba, asi que en muchas ocasiones le decía que eran demasiado extensos, que los versos que escribía eran muy complejos y no los comprendía, que la portada y contraportada no eran de colores que llamaran la suficiente atención, etc….

El amable escritor le explicaba al librero que sus versos no eran complejos, sino que el lenguaje que utilizaba no era coloquial, que eran libros extensos porque la historia de la sociedad que describía había sido larga en el tiempo, y que sus portadas y contraportadas no eran de cualquier color porque cada historia requería un tratamiento y color diferente que expresara la esencia de su contenido.

El librero obvió todos estos argumentos e inmerso en su ceguera decidió modificar algunas frases o partes literarias a su antojo para así hacer más simple su lectura creyendo que vendería mayor cantidad de libros. Los clientes de la librería empezaron a comprar en masa el libro como si de un poder liberalizador y atractor se tratara. El librero encargó nuevos libros al escritor y con el afán de vender aún más cantidad y tener mayor beneficio, eliminaba algunos capítulos para ahorrar gasto de imprenta, diseñaba portadas floreadas y coloridas sin criterio alguno. El librero sabía que existía un poder de seducción especial del escritor que atraía a los clientes, aunque no sabía muy bien que era.

Seguía encargando nuevos libros al escritor, pero llegó un día en que el escritor al recibir nuevos encargos dijo “NO”. No podía consentir que la sociedad se sintiera identificada con las historias que modificaba el librero, no soportaba que su libro fuese un adorno colorido en el salón de casa, en lugar de un espejo de la realidad. Su libro habia perdido la magia de soñar, de hacer sentir al lector. El escritor dijo “NO”. Tenía la obligación de evitar una sociedad superflua y deshumanizada, que usaba la literatura simple y exclusivamente como moneda de cambio. Era el fin de sus versos y de unos valores en la sociedad, y por encima de todo, entendió que tenía la obligación de hacerlo a cualquier precio como escritor que era. Supo decir un NO rotundo y evitar una catástrofe social.

Blog del autor  Laboratorio de Innovación Arquitectónica
 

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