Antonio Bolívar: «Volver a políticas educativas fracasadas»

    La cuestión debiera ser: ¿cómo transformar el sistema educativo de modo que pueda preparar mejor a nuestros jóvenes para un mundo impredecible y, al tiempo, garantizar a todos una buena educación? Se pueden adoptar políticas de inyectar mecanismos de orientación mercantil, de incrementar los tiempos y contenidos dedicados a las destrezas básicas, de presionar por pruebas externas, entre otras, como propone la LOMCE. El problema es que han fracasado. Al menos, los países mejor situados en las pruebas PISA no las han seguido. Si los dirigentes educativos quisieran ilustrarse al respecto se les puede proponer el excelente libro de Pasi Sahlberg (Finnish Lessons: ¿Qué puede aprender el mundo del cambio educativo en Finlandia?), que está alcanzando una difusión mundial. La terapia de choque que ahora se pretende aplicar aquí no conduce a lo que se pretende. Justamente quieren ahora, comenta Ravistch, conseguir la mejora de la educación con estrategias similares (competencia, desregulación, gestión basada en resultados) a las que, en el mundo económico, nos han conducido a la graves crisis que padecemos. Otra política educativa aboga justamente por lo contrario.

    La lectura del libro de Sahlberg muestra cómo Finlandia refuta cada una de las estrategias que propone la LOMCE. Si  quieren llegar imitar a Finlandia, ésta ha seguido una vía alternativa donde, en su lugar, se incide en la colaboración (en lugar de la competición), en la personalización de la enseñanza (versus una enseñanza y currículum estandarizado), en la responsabilidad de las escuelas y profesores profesionalmente bien cualificados (frente a un rendimiento de cuentas y ranking por pruebas externas). Como dice Sahlberg (2011) del caso finlandés, en esta política educativa alternativa se pretende: “mejorar al profesorado, limitando las pruebas de los estudiantes al mínimo necesario, primando la responsabilidad y la confianza al rendimiento de cuentas, dejando a los profesionales de la educación que ejerzan el liderazgo de cada escuela” (p. 5). Por ejemplo, no hay ninguna prueba externa hasta el final de la Secundaria, pues los centros educativos no están hechos para hacer test sino para aprender y educarse. Basta contar con buenos profesionales que tienen un alto sentido de responsabilidad.

    Frente a la ilusión de los cambios para producir mejoras inmediatas, también el caso finlandés muestra que es fruto de un largo proceso de más de 30 años, con distintas fases, con coherencia entre ellas. La desgracia de nuestro sistema, que lo acerca a tragedia, es tejer y destejer, como si la educación se pudiera mejorar destruyendo lo que previamente se había hecho. Como dice una de las autoridades mundiales sobre el cambio educativo (Michael Fullan) el problema no son las reformas, sino más bien la presencia de tantos cambios fragmentados, ad hoc, sin conexión ni sostenibilidad entre sí, necesarias en cualquier esfuerzo continuado de mejora.

    Si tiene que haber una cierta presión del sistema sobre las escuelas para la mejora (y yo lo creo), esta presión ha de ser equilibrada, de modo que genere sinergias positivas que puedan promover la motivación y el compromiso, en lugar de penalizar a centros y docentes con bajos puntajes. Ocultando los recursos y apoyos de la escuela, estas políticas conservadoras estigmatizan al profesorado. Como si la calidad de una escuela o de un docente pudiera medirse por los resultados de un test de opción múltiple a los estudiantes en un día del año. Cuando sólo los resultados finales alcanzados son los que marcan la calidad educativa, entonces la compensación de desigualdades o la equidad –como indicadores de calidad–  no cuentan. Si queremos comprometer al personal docente en la mejora, la presión “bruta” y los “recortes” tienen efectos perversos. Un profesional es responsable y ejerce bien su oficio cuando no es amenazado por presiones externas. Sin confiar en los docentes y proporcionales las mejores herramientas para desarrollar su trabajo poco lejos se puede ir. Eso es lo que caracteriza, precisamente, al sistema finlandés, al que –repito, fuera de tiempo y lugar– se dice querer imitar. Aquí volvemos a lo contrario, a infectarnos del mismo virus que ha hecho fracasar otras reformas conservadoras, como muestra Diane Ravitch (antigua asesora de Bush, ahora desengañada).

(*) ANTONIO BOLIVAR. Catedrático de Didáctica y Organización Escolar. Universidad de Granada

– Descargar PDF de este artículo publicado en la revista ESCUELA, Nº 3972 (14/02/2013)

 

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