Consolación López Fernández: «Quien ríe el último…»

 

QUIEN RÍE EL ÚLTIMO

Consolación López Fernández

Primer Premio – 2008

Siempre han llamado mi atención las cosas “raras”, fuera de lo normal y, sobre todo, las que no tienen explicación lógica.

Dicen que cuando hay una muerte violenta, el espíritu o espíritus de esas personas permanecen como atados a este mundo, sin poderse ir a donde les corresponde…

Tengo 43 años, una cultura media y una inteligencia inexistente, ya que si no, no estaría entre rejas. El motivo es lo de menos, y más teniendo en cuenta la importancia de los acontecimientos que me propongo narrarles.

Ingresé en la cárcel de Alhaurín de la Torre, en Málaga, donde, por cierto, conocía a la mitad de las reclusas. Para mí fue como un mal sueño, ya que nunca había estado en prisión. Tuvieron que pasar varias semanas hasta que mi mente fue capaz de asimilar la situación, pero una vez integrada los días se sucedían uno tras otro, iguales, miméticos, como una danza macabra.

A una de mis compañeras de celda la conocía de la calle, Lola.

A la otra, Carmen, no. Pero la convivencia de las tres, la verdad es que me supuso grandes dolores de cabeza. Lola o, más bien, Loly era pequeña, una larga melena negra enmarcaba su rostro; en verdad resultona, aunque la droga había dejado su huella implacable. Venía de Los Palomares, un barrio muy conocido en Málaga, donde la compra-venta de droga era el pan de cada día, como también, por desgracia, lo era que los niños a la hora escolar correteaban por las calles. En definitiva, el barrio era como un barco a la deriva.

Loly, desde muy joven, tuvo que hacerse cargo de la manutención de sus hermanos más pequeños, con lo cual tampoco había hueco para su propia educación. Su vida fue dura. Un hombre la llevó a la droga, y entre papelina y papelina la cárcel era el fin más seguro de su existencia.

Parece mentira que una mujer con tanto “corrido” tuviera creencias casi infantiles. La superstición, que en ella era exagerada, la hacía diana de otras presas que se reían de “sus cosas”. La sal, el barrerte los pies, el número 13, un espejo roto…, ella se las creía todas a pies juntillas.

Loly y Carmen no se parecían en nada, y si en el físico eran polos opuestos, ni tiene que decir en su manera de ser y creencias. Carmen venía de Madrid, inteligente y guapa aunque tampoco pudo huir de las garras de la droga, cosa que no le impidió terminar sus estudios y ejercer de enfermera. Para ella las supersticiones eran tonterías y para lo único que servían era para reírse a costa de los demás.

Un buen día alguien hizo el comentario de que hacía años una presa se había ahorcado en una celda. Por supuesto, no faltaron las conversaciones acerca de aquel suceso. Con la mala suerte de que la celda donde se había ahorcado aquella mujer, era la celda donde nosotras estábamos viviendo. Y digo mala suerte ya que a partir de ese día, Carmen tenía un motivo más para poder
divertirse a costa de Loly.

Por las noches, cuando ya habíamos apagado la luz, le gastaba bromas como provocar ruidos que rápidamente transformaba en movimientos que hacía el espíritu de la malograda suicida.

Todavía recuerdo las desencajadas caras con las que amanecía Loly, la cual deseaba que terminara el desayuno para poder contar a las demás lo claramente que había escuchado y visto al espíritu la noche anterior.

Yo pensaba que aquello no pasaría de ser una más de las bromas de Carmen, pero con el paso de los días iba en aumento.

Como en aumento iban las ojeras y los miedos de Loly, la cual a duras penas dormía tres o cuatro horas. Se iba a la ventana y cuando yo me despertaba me decía cómo había podido ver el espíritu paseándose por el patio de la cárcel.

Aquello empezaba a preocuparme, pero nunca me imaginé hasta qué punto mi preocupación era correcta.

Las conversaciones de Loly se limitaban al espíritu, no sabía hablar de otra cosa. Creo que llegó al punto de desear que llegara  la noche para así encontrarse con el espíritu de la ahorcada.

Pero lo que haría explotar aquella situación fue un día en que Carmen estaba muy enfadada por algo que le había pasado en un vis a vis. Recuerdo muy bien cómo Carmen, que estaba hablando con Loly, de repente y a voz en grito le dijo: “… si es que más imbécil que tú no se puede ser. Tu amiguita la fantasma era yo, idiota, todos esos ruidos los hacía yo”. Y terminó riendo a carcajadas.
Loly se quedó de piedra, pero no dijo nada. Eso sí, se puso a llorar.

Habían pasado tres días desde esa conversación. Ellas seguían sin hablarse y yo seguía mi vida, aunque más tranquila por mí y, sobretodo, por Loly, aunque seguía sin pegar ojo. Yo, sin darle más importancia, lo atribuí al enfado que tenía con Carmen…

Una noche, cuando acabé el trabajo de mi destino, subí a la celda. Esperaba encontrarme lo de todas las noches: la televisión puesta y cada una en su cama, en silencio.

Cuando las funcionarias abrieron la puerta, me quedé de piedra. No sabía cómo reaccionar, si entrar o salir corriendo. Mi mente me jugó una mala pasada, y me quedé plantada en el umbral.

Vi a Loly bañada en sangre. Ella ni se inmutó, y como si nada hubiera ocurrido me miró a los ojos y me dijo: “Hola Mary, Carmen está en su cama”. Luego se levantó y acercándose, dijo: “ahora sí que habrá, para siempre, un espíritu vagando preso. Ya nunca más volveré a estar sola”.

Consolación López Fernández
Módulo 9.

 

 

Otros textos premiados:

Rocío Marchante Camas: «Regálame una sonrisa»  (2012)

– Consolación López Fernández: «Quien ríe el último…» (2008)

Francisco Campos Berenguer: «Recordando» (2007)

Ángeles Sánchez Martínez: «Preso mi cuerpo, libre mi alma» (2006)  

Antonia Álvarez Jiménez: «Y de nuevo… mañana será un nuevo día para empezar a vivir» (2006)

 

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