Julio Grosso Mesa: «Match Point»

A continuación, durante algo menos de una hora, mis vecinos van apareciendo por sus ventanas de forma aleatoria. La mayoría está aún en ropa de cama o en bañador. Todos se asoman al jardín y se desperezan mirando al cielo. La clave de su felicidad parece estar por encima de sus cabezas, al menos, un par de semanas al año. Soleado. Nuboso. Poniente. Levante. Playa o piscina. Siempre a la misma hora, los tenistas interrumpen su sueño vacacional. Ping. Pang. Ping. Pang. El tenis siempre ha sido un deporte muy distinguido.

Por un instante, el olor a café recién hecho inunda los largos pasillos de los apartamentos y llega a colarse en la pista cercana, bien pintada de rojo y verde. El peloteo cesa unos segundos y la urbanización queda en silencio inesperadamente. Los vecinos se acomodan entonces en sus butacas de jardín detrás de unos grandes toldos verdes. Las terrazas son amplias y permiten mirar de soslayo entre tostada y tostada. La escena recuerda aquellas imágenes insuperables de La ventana indiscreta. Suenan los primeros gritos infantiles. Los niños ya están despiertos y los tenistas toman  consciencia enseguida de su efímero juego. Un set a cero.

Antes de que suenen las once, la piscina está llena, a partes iguales, de pieles bronceadas y niños consentidos. Una mayoría de tiernos infantes ocupa el verano en hacer cumplir a padres y abuelos un completo catálogo de caprichos acumulados todo el año y de sortear, una tras otra, las pequeñas obligaciones propias de su edad. Muchos niños de esta generación destacan por estar perfectamente mimados y manejar igual de bien a sus mayores y las videoconsolas.

Bajo el mismo sol y el mismo cloro, jóvenes adolescentes y algunos veinteañeros desocupados se preocupan ahora de encontrar la inclinación óptima ante los rayos solares y de responder los últimos mensajes recibidos en sus móviles inteligentes. La moda para ellas dicta pelo largo recogido en cola de caballo, pendientes de perla y uñas decoradas. Los chicos llevan bañadores caídos, cresta o barba de varios días, a elegir. En realidad, nunca ha hecho falta visitar un bar de moda para conocer la tendencia juvenil. Una piscina comunitaria es un buen lugar para analizar, tumbado a la sombra, el rico comportamiento humano.

He observado también estos días una curiosa imagen: una joven pareja retozaba en la oscuridad de un parque y, entre beso y beso, los amantes quedaban abducidos por las pantallas brillantes de sus dispositivos móviles. Imagino el placer que debe proporcionar declararse por whatsapp amor eterno. Y sobre todo, twitearlo enseguida a tu propia comunidad de followers. Doble falta.

El jardinero lleva media mañana de trabajo. Fue el primero en aparecer por aquí mucho antes del amanecer. Antes, incluso, de que los tenistas comenzarán sus estiramientos y de que algunos viejos (jóvenes) cumpliesen con su paseo diario junto al mar. El jardinero, cuyo nombre aún desconozco pero al que saludo cortésmente cada día, tiene a su cargo un jardín mediterráneo con especies tropicales: enormes palmeras, trompetas del Perú, vistosas araucarias, hibiscus, rosales, olivos. Una parcela alquilada del Paraíso. Sentado junto a un parterre, el hombre hace un descanso leve antes de recoger las briznas del césped recién cortado. “Respeten el césped y las plantas. Prohibido perros” reza un cartel antiguo, símbolo de una época anterior.    

Al mediodía, mis vecinos se reparten entre las terrazas propias y un restaurante familiar donde bajan a almorzar algunos abuelos con sus familias. Pescado fresco del día, a la plancha y sin espinas. Es el reclamo de un establecimiento humilde, que conserva la estética de los 60 y un ambiente de confianza total con la clientela. Uno puede imaginar fácilmente los años gloriosos del turismo de sol y playa. También el esplendor perdido de dos señoras octogenarias que comen despacio en la mesa de al lado. La carta y el menú es tan reducido como necesario: ensalada, pescado, fruta y café. 

Un golpe de muñeca cada dos segundos. Ping. Pang. Ping. Pang. Los tenistas interrumpen ahora la siesta de los niños. Los televisores están encendidos y después del telediario los hombres acostumbran a ver el Tour. En 1964, cuando aún no había televisión en todos los hogares, Bahamontes y Anquetil pugnaban por ganar en el Tourmalet. La etapa la televisaban en directo. Los españoles se reunían en los bares y en los escaparates de las tiendas. Bahamontes entró ganador, pero la vuelta se la llevó el francés. Hay pocas cosas que no cambien de una generación a otra.

A media tarde, una familia se queda en la calle con la puerta cerrada. Otra celebra un cumpleaños infantil en el jardín. Un viejo se afeita delante de la ventana y un extranjero saborea al atardecer su gin tonic habitual. El tenista más veterano imparte clases a los niños de la urbanización. Desde la terraza oigo nítidamente los golpes secos contra el cordaje. Ping. Pang. Ping. Pang. Un sonido rítmico, como el de un reloj. Un golpe de muñeca cada dos segundos. Match point. El sol acaba de esconderse.

Julio Grosso Mesa 

 (Este artículo de opinión de Julio Grosso Mesa se ha publicado en la edición impresa de IDEAL del 25/07/2013)  

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