Aquellos inolvidables años,I: “Lo que he sido se lo debo a mi primer Maestro”

Antonio Ruiz Esperidón
Antonio Ruiz Esperidón
Lo que he sido se lo debo a mi primer Maestro

Por Antonio Ruiz Esperidón

Yo fui un escolar precoz de finales de los años 40, concretamente en septiembre del año 1949 empecé a ir a la escuela recién cumplidos los 4 años (cosa que no era normal, pero que el Maestro aceptó, posiblemente, por no decir que no a mi madre, que tenía dos hijos más en la escuela). La escuela estaba en un pueblecito pequeño de la extensa vega granadina llamado Brácana, perteneciente al municipio de Íllora. Había dos escuelas unitarias, una de niñas y otra de niños, donde acudíamos todos los niños y niñas del pueblo en edad escolar.

La Maestra de las niñas se llamaba Doña Concha, mi Maestro D. Antonio Pérez Adárvez, nombre que no podré olvidar mientras viva, porque influyó tanto en mí, que marcó mi vocación para enseñar.

Recuerdo que uno de los compañeros de aquel colegio era su hijo Antonio Pérez Casanova ( en la actualidad Maestro jubilado ), estaba en cursos superiores al mío. D. Antonio, era un hombre de mediana estatura, delgado, siempre con su guardapolvos gris puesto, serio, con grandes entradas y una voz penetrante, que imponía respeto al hablar, sobretodo cuando decía que nos calláramos, si no cesaba el murmullo, daba un reglazo sobre la mesa, que al instante se transformaba en un silencio sepulcral, pero enseñaba con un cariño y un amor tan especial, que dejaba huella en los más de 60 niños que íbamos diariamente a la escuela (era un Maestro digno de que alguien hubiera podido grabar sus clases, para la posteridad, pero no eran tiempos de medios audiovisuales, lastima). Nos tenía ordenados por edades, con un mobiliario dispar, mesas rectangulares con bancos de 6 asiento, para los más pequeños, que nos pasábamos el día garabateando, con pizarra y pizarrín, otras eran de 10 asientos, para los que estaban aprendiendo a leer, escribir y los números con las cartillas, para lo cual usaban lápiz y la goma de borrar, los mayores (algunos ya se preparaban para ingreso de Bachiller libre), en pupitres de 2 asientos con tinteros y plumas para escribir. Aún hoy recuerdo el olor de aquella vieja escuela, y el aroma añejo de sus mesas y pupitres, oscurecidos por el roce de tantos niños y preadolescentes, que aprendimos a leer, escribir, hacer cuentas y problemas, dejando nuestra huella sobre la gran solera aquel mobiliario. Con 6 años, ya llevaba dos en la escuela de D. Antonio, me pasó una anécdota que recuerdo siempre que evoco mi infancia. Un día paseaba cogido de la mano de mi padre y mi tío, nos cruzamos con un conocido, se saludaron, tras hacerme unas carantoñas me preguntó: – ¿Antoñito tu que quieres ser de mayor?- sin dudarlo le contesté; yo quiero ser hombre, él me dijo -ya eres hombre- volvió a preguntarme – ¿Tu, cuando seas mayor quieres ser; cómo tu padre o como tu tío?, le respondí – Cuando sea mayor yo quiero ser como D. Antonio – él me dijo: pero si Don Antonio es calvo – le dije, yo quiero ser calvo -. Con mi corta edad no entendí, que aquellas preguntas y respuestas pudieran producir risa entre ellos. Si tenía claro desde tan temprana edad, que conocer y aprender con mi primer Maestro, había calado tanto en mi, que de mayor yo quería ser como Él.
 
Recuerdos y anécdotas de estudiante en la Escuela Normal de Granada

Vista aérea de la Normal, tomada el 22 de marzo de 1938 (Facilitada por Manuel Titos)
Vista aérea de la Normal, tomada el 22 de marzo de 1938 (Facilitada por Manuel Titos)

A principios de octubre del 1965 empezaba mis estudios en la Normal, el primer día de clase iba con la inquietud lógica, de no saber con que me encontraría. Desde la cancela que estaba junto a la acera de la Gran vía, hasta la puerta de entrada, había que subir dos rampas de escaleras, podías escoger ir por las de la izquierda o las de la derecha por las que quisieras, que siempre llegabas al rellano de la puerta de entrada, allí nos fuimos juntando poco a poco un montón de estudiantes nuevos, entre ellos algún conocido, que hacía romper el hielo de aquellas miradas recelosas.

Para muchos era la primera vez que nos veíamos, los alumnos de otros cursos se saludaban e iban pasando al interior, los novatos nos quedábamos junto a la balaustrada de cemento que delimitaba los límites del rellano de entrada, era un mirador con unas vistas privilegiadas, desde allí se veían los tranvías taxis y algún que otro coche, que iba y venía por la Gran Vía, pero lo más sorprendente de todo era ver la subida de las compañeras, que pasaban con su cabeza agachada por delante nuestra, hasta que cruzaban la puertecilla, para nosotros era una gran novedad, ya que nunca habíamos coincidido con alumnas en colegios, institutos, academias ni cualquier otro lugar de estudio.

Próximo a las 8:30 de la mañana, un bedel con uniforme gris abre las dos puertas y dice; recordarle a los nuevos, que los niños suban por las escaleras de la derecha y las niñas por las de la izquierda (curiosamente los veteranos y veteranas habían desaparecido), los niños y niñas de primero empezamos a subir tal como nos habían indicado por una misma escalinata, una bedel vestida con falda gris y rebeca azul, estaba pendiente de que nadie se equivocara de escaleras. De pronto se oye un ruido estruendoso simultáneo de voces masculinas y femeninas, eran los alumnos alumnas de segundo y tercero de magisterio, que con onomatopeyas borreguiles (beee, beeee) mientras otros gritaban borregos en nuestras propias caras, algunos tiraban tizas y papeles…(ahí entendimos, por que pasaban y no se quedaban en la puerta como nosotros) jamás me había pasado algo similar, no sabíamos que hacer ante aquel vocerío, que terminó después de un buen rato, cuando avisaron los profesores, que fuéramos entrando en las clases.

Con los alumnos de primero, se formaron tres grupos ( A B C ), a mi me tocó en el grupo “B”, el grupo “ C “ estaba formado por compañeros que tenían más de dos asignaturas suspensas del curso anterior. El ala derecha de la Normal estaba separado del ala izquierda, por un gran espejo con marco de madera y junto a el unos grandes maceteros, para evitar pasar de un sitio a otro, si en algún momento durante los recreos querías ver a las niñas, te encontrabas con el espejo, era preferible bajarse a la puerta a fumar un cigarrillo o al bar, que estaba en el semisótano que había junto a la entrada, para empezar a entablar conversaciones con los compañeros, que nos acercábamos, para tomar café, tostadas o zumos y al terminar fumar un cigarrillo.

Elección y nombramiento de delegado de curso. Habían pasado unos días, quizás la primera semana, cuando los profesores nos dijeron que teníamos que elegir delegado de curso. Quizás, porque durante aquellos primeros días de clase, manifestara mi carácter extravertido, tener un apellido raro (Esperidón), ser alto y mayor que el 95% de la clase, fueran motivos relevantes, para que la mayoría me votara, lo cierto es que me encontré con el cargo de delegado del grupo “B”.

Paradojas de la vida, sin tener la más remota idea de las funciones, ni cual era mi cometido, pero hay cosas en la vida que se aprenden con el paso del tiempo y las experiencias que surgen a diario, sin necesidad de estudiar un manual de instrucciones. Había profesores, que tenían la costumbre de preguntar en clase sobre el tema que se había dado el día anterior, si el ambiente era de nervios, porque se había estudiado poco, cuando iba a empezar la clase, yo le hacía preguntas a los profesores de alguna cuestión, que no se había entendido bien, esto daba lugar a ciertos comentarios del tema, que duraban más de media hora, con lo cual quedaba poco tiempo para preguntar, así nos librábamos ese día de una mala nota.

Al empezar las clases muchos profesores decían – delegado pase lista – esa norma tenía un inconveniente, la pérdida de unos 10 minutos de clase, pero también era una ventaja, al contestar los compañeros que iba nombrando, los profesores, se fijaban en nuestras caras, así iban asociando nombre y físico, para conocernos mejor. No tener faltas de clase o muy pocas, suponía poder aprobar un examen dudoso.

Una de las cosas más importantes del delegado, era cuando llegaban los exámenes, porque éramos los mediadores entre los compañeros y los profesores, para negociar los días de exámenes, con el fin de que no coincidieran en una misma semana las asignaturas más fuertes, como sucedía algunas veces, yo tenía que negociar con el profesor correspondiente a petición de mis compañeros, lo que habíamos decidido en clase, hay que tener en cuenta, que durante la carrera de Magisterio, teníamos 36 asignaturas: 11 en primero, 12 en segundo y 13 en tercero, en cada curso había 6 ó 7 que eran bastante duras.

El autor de estos recuerdos, junto a varios compañeros de estudios
El autor de estos recuerdos, junto a varios compañeros de estudios

Recuerdo varias anécdotas durante esos años, casi todas ellas estaban relacionadas con la profesora de Trabajos Manuales la Sta. Nené, era bajita, muy exigente, seria y a veces caprichosa, bastaba con que alguien hiciera un trabajo que a ella le gustara, para que mandara que lo hiciéramos toda la clase, pero no todos teníamos las mismas habilidades, con lo cual nos lo hacía pasar mal. Algunos me decían – delegado cómo te las arreglas para llevarte bien con ella con la mala sombra que tiene- yo de forma irónica les decía: es que algunos días de la semana la invito al cine, los mas maduros se reían, pero los más jovencitos me miraban con asombro diciendo ¡de verdad!.

Las clases eran ruidosas por naturaleza debido al uso del material, cosa que aprovechaban Fernando, Jesús y Andrés tres amigos muy bromistas, para provocar risas, quedando los tres totalmente serios mientras los demás reíamos, entonces ella amenazaba con dar castigo a toda la clase, o castigarme a mi solo como delegado de curso, si no averiguaba quienes habían sido los graciosas, al finalizar la clase tenía que decirle que yo estaba concentrado en el trabajo y no me di cuenta de nada. Recuerdo que cuando estábamos en clase de papiroflexia, mandó unos trabajos para casa, después de haber hecho algunas prácticas en clase, a unos cuantos compañeros se les ocurrió presentar en la siguiente clase de trabajos manuales, palomitas, barquitos y gorros en miniatura hechos con papel de fumar, los demás íbamos con las figuras hechas en cuartillas, cuando vio las miniaturas se puso contentísima y a renglón seguido, dijo: todo el mundo me tiene que presentar las figuras así de pequeñas, protestamos enérgicamente, pero ella en sus trece y amenazante, para aprobar tienen que hacer algunas miniaturas de estas, al salir algunos se enfadaron con los manitas que nos habían fastidiado a todos, otros usaron la amistad, para pedir que le ayudaran a hacer aquel trabajo y otros optaron por comprarlas.

La anécdota más delicada que me ocurrió durante la carrera, fue con la Sta. Quintana nuestra profesora de Francés, antes de Navidad, nos citó a todos los cursos en el Salón de Actos, para hacer un examen trimestral y el último día de clase dijo: no hace falta que lleven ustedes el libro, al finalizar la clase recalcó que el libro no hacía falta llevarlo, porque ella iba a prepara con la multicopiadora los ejercicios que teníamos que hacer. Llegó el día señalado para la prueba, cuando subida sobre la tribuna del Salón de Actos se dirige a todos los alumnos con las siguientes palabras: abran ustedes el libro por la página 42, como en todos los colectivos unos cuantos sacaron sus libros y abrieron por la página citada, empezamos a mirarnos unos a otros, porque la mayoría no llevábamos el libro de Francés, sin pensarlo me puse de pié para decirle a la profesora, que ella insistió en la última clase que no llevásemos el libro, porque iba a darnos folios multicopiados con los ejercicios a realizar, me mandó callar y me dijo que me sentara, como continuaba dando normas de lo que teníamos que hacer, volví a levantarme insistiendo que no podíamos hacer nada, porque no teníamos el libro, de nuevo subiendo el tono me mandó callar diciéndome que me sentara, le insistí en que no podíamos hacer nada sin libro, de nuevo me dijo- le ordeno que se siente, entonces cogí mis cosas y me salí del Salón de Actos, se puso histérica gritando, algunos compañeros me siguieron para no dejar a su delegado solo, ella preguntó por mi y nadie le dio mi nombre, entonces preguntó que si había en el salón algún delegado de curso dijeron que sí, le preguntó por mi nombre y no se lo dio, sus gritos se oían fuera, entonces optó por salirse del examen también y a continuación le siguieron el resto de alumnos que quedaban, dejándola sola gritando.

Aquella decisión que tomé pudo costarme muy cara si llega a averiguar, que era yo el que la dejó plantada en aquellos años tan críticos, antes de hacer un examen trimestral, pero éramos bastante buenos compañeros y a todos los que le preguntó, ¿Quién era el que se había salido?, decían que no me conocían.
 
Requisitos para ser Maestros
 
Una vez que se tenían aprobado los tres cursos de Magisterio, había que superar una REVÁLIDA. Previo al examen de reválida, había que matricularse y presentar la siguiente documentación: una solicitud, resguardo de haber pagado las tasas de la matrícula correspondiente, Certificado de Estudios otorgado por la Secretaría de la Escuela Normal, donde se hacía constar, que se tenían aprobadas todas las asignaturas de carrera y una copia del Título de Instructor Elemental.Para conseguir este título, tenías que tener hecho un Campamento de Verano, de 21 días de duración, se podía hacer en 2º o en 3º de carrera, la mayoría de los que estudiábamos en Granada elegíamos ir a “LA ALFAGUARA” (por cercanía), aunque podías ir a cualquier campamento del territorio español, bastaba con que lo solicitaras y que hubiera plaza, para que te lo concedieran.

Esta foto es de una tienda de campaña instalada en el Campamento de la Alfaguara, cada tienda tenía un nombre, que era elegido por consenso entre los 6 moradores que la habitaban, la nuestra creo recordar que le pusimos “LOS INSUPERABLES”, un jefe de tienda, que me tocó a mi. Con vuestro permiso voy a hacer la presentación de los compañeros que convivimos en ella durante 21 días: empezando por la derecha, de pie, Eduardo Lara, Jesús Montes, yo (Antonio Ruiz), Cipriano Bonilla, Fernando Torres y Antonio Guerrero.
Me veis con unos papeles en la mano, esos papeles eran modelos de “capillas” al aire libre, es que a nuestra tienda nos dieron el encargo de hacer una capilla, para oficiar misa los domingos y festivos.

Hacer el campamento suponía que aceptabas los Principios del Movimiento, al final del mismo, se obtenía el título de INSTRUCTOR ELEMENTAL, condición indispensable, para poderse presentar a La Reválida de Magisterio, una vez aprobaba ya se era Maestro.

Ésta misma documentación, más el Certificado de haber Aprobado la Reválida, tenías que presentar cuando te matriculabas para hacer las Oposiciones. Cuando se aprobaban las oposiciones pasábamos a   ser Maestro Nacional.

En esa foto estamos todo el campamento durante la celebración de la santa misa, al fondo estaba el altar, detrás una cruz hecha de troncos de pinos, que se unía con hilo de pita a dos columnas de pinos clavados en los laterales, así quedó el retablo de la capilla que encargaron a nuestra tienda, era una obra rústica, pero bastante vistosa, la foto está tomada desde lejos y es difícil apreciar los detalles que describo.

Mi primer nombramiento de Maestro fue una sustitución
 
El día 15 de septiembre del 1968, fui contratado, para hacer una sustitución por enfermedad, que duró hasta finales de Mayo del 1969. Casualidades de la vida, me enteré de esta sustitución, porque me encontré con mi primer Maestro D. Antonio Pérez Adárvez en la Delegación de Educación, cuando lo vi, fui con gran alegría a saludarlo, me dio la enhorabuena por haber terminado Magisterio y me dijo: que había una sustitución por enfermedad, que si me interesaba, le dije que si, entró a hablar con el Delegado y al poco rato un funcionario me trajo un nombramiento para que lo firmara, al día siguiente tomé posesión de la escuela.

Era una escuela de patronato, cuyo presidente era el hermano del maestro accidentado al que yo sustituí, estaba situada en un barrio marginal alejado del centro del pueblo, tenía una matrícula de 64 niños, cuando llegué a la escuela y me encontré con tanto niño de edades tan dispares, se me cayó el mundo encima.

Para que el patronato pudiera funcionar, había que tener una matrícula de alumnos por encima de la media, y esa lo superaba con creces, había alumnos de 5,6,7,8,9,10 y 11 años, de ellos 18 eran gitanos, eso implicaba una problemática, porque a los padres como que no les gustaba mucho, una de las causas de aquel rechazo, era el descuido en la higiene personal, algunos venían a clase muy desaliñados, cosa que mejoró mucho a partir del primer mes de clase.

Al segundo día de clase tuve la visita del inspector, me pidió la lista de alumnos y me dijo, haga usted tres grupos de alumnos: los de 6 y 7 años en primero, los de 8 y 9 años en segundo,  los de 10 y 11 años en tercero, sin más objetivos ni contenidos que los que yo tuve que buscar, preguntando y pidiendo ayuda a los compañeros de otros Centros del pueblo, que tenían material disponible. Así fueron mis comienzos.

Todos los Planes Educativos que he conocido, han salido adelante, porque el material humano por lo general ha sido muy bueno y comprometido con los alumnus, que eran los que verdaderamente necesitaban que diéramos lo major de nosotros mismos, para educarlos  en valores humanos, además de los contenidos correspondientes.

He tenido la gran suerte de trabajar y formar  parte de claustros, donde había grandes maestros, que me han enriquecido como persona. Durante  mi  vida profesional, he dado clase en PT, todos los cursos de la EGB, me habilité  por  oposición  en  Educación  Infantil,  Educación  de  Adultos  y  me  llegó  la jubilación, dando clase de español para extranjeros en un Centro de Granada.

Antonio Ruiz Esperidón ( aesperidon@hotmail.com

 

PROXIMAMENTE:

LA PRIMERA AVENTURA DE ALGUNOS ESTUDIANTES DE MAGISTERIO

 

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