Aquellos inolvidables años, VII: ‘Carta abierta a los Maestros de la promoción 1965-1968’ y trabajo sobre la escuela de niñas

Carmen Jiménez Fernández
Carmen Jiménez Fernández
Magisterio era la carrera femenina por antonomasia y la estudiaban tanto las hijas de las clases acomodadas como las de la clase media que aspiraban a labrarse un porvenir. La diversidad social, tan visible entonces, florecía en sus aulas. Ser maestra era ser mucho; ser maestro era ser mucho pero menos pues los varones podían aspirar a un diapasón profesional más amplio. Además, las profesiones feminizadas se devaluaban para los varones. La sociedad patriarcal tenía mil manifestaciones. Nosotros estudiábamos con la vitalidad de la juventud sin entrar en disquisiciones y estereotipos.

Nos tocó vivir la separación de sexos. Alumnos y alumnas subíamos más o menos juntos la escalinata de la Normal si bien los chicos giraban a la derecha y las chicas a la izquierda. En el rellano de la planta noble nos separaba una labrada celosía de hierro que permitía cierta relación entre los más decididos. No recuerdo que entonces viviéramos como carencia dicha separación, que ciertamente lo era. Sí recuerdo que en el cuadro de profesores había bastantes mujeres, sobre todo si tenemos en cuenta que la visibilidad profesional de la mujer era escasa excepto en Magisterio.

En ese cuadro de profesores tres mujeres se convirtieron en iconos que influirían en mi decisión de ir a la universidad tras terminar Magisterio: Doña Luisa Prero y Costa (creo, escribo de memoria) profesora de Lengua Española, Doña María Rivera profesora de Geografía e Historia y Doña María Luisa Calvo profesora de Música. De edades distintas, tenían en común ser buenas profesoras, dominar su materia y el aula sin aparente esfuerzo, creer y disfrutar con su trabajo conscientes de la función social que desempeñaban, ser exigentes con las alumnas, ser mujeres autónomas y tener cada una su propio estilo personal y profesional, entre otros. Sin saberlo, empecé a vislumbrar que podía llegar a parecerme a ellas. Podría esbozar datos que alimentaban el atractivo que despertaban en algunas de nosotras dado que las tres tenían toques inusuales, infrecuentes pero controlados, que captaban nuestra atención. Los cotilleos sobre su supuesta vida privada coloreaban lo esbozado.

Tengo buen recuerdo de todos los profesores si bien algunos eran simplemente inefables. Una de las profesoras se esforzaba en mejorar el obligado aprendizaje en la escuela primaria y en bachillerato de las denominadas “labores y hogar”. Asignatura sólo femenina, en Magisterio adquiría variantes prácticas que resultaban difíciles de aprender en el limitado horario de clase. Algunas traían cierto bagaje en labores por haber asistido en el pueblo a las enseñanzas de la Cátedra Ambulante de la Sección Femenina, la única educación extraescolar existente para las mujeres, aparte de que coser y cantar ocupaba prácticamente el horario de tarde en la escuela de nuestra infancia.

Carátula diseñada por Bernardo Roa para el cederrón compilatorio de imágenes y textos
Carátula diseñada por Bernardo Roa para el cederrón compilatorio de imágenes y textos

 

Al evocar el Servicio Social obligatorio, que realizamos internadas en la Abadía del Sacromonte, vislumbro la diferencia que existía en el enfoque de la Escuela Normal y en el de la Sección Femenina, responsable de dicho Servicio. Disfruté con los juegos y canciones que nos enseñaban pensando en nuestra función de futuras maestras y que han significado un haber en mi vida. En los años de estudiante universitaria en Madrid pertenecí a una coral, otra forma de alimentar el interés por la música cuya semilla sembraban las maestras en los pueblos. Por otra parte, en Magisterio conté con clases particulares de solfeo a cargo de un miembro de la Banda Municipal de Granada, padre de una compañera, y, juntas, aprendimos desde la a a la z las partituras obligatorias de Música. Doña María Luisa sospechaba algo anómalo en tan cabal aprendizaje y, en los exámenes orales, nos observaba a ambas incisivamente y nos hacía saltar pentagramas en las diversas lecciones. Nuestra memoria locativa y el sobreaprendizaje ganaban a sus afinadas armas.

Estudiar Magisterio era una experiencia excepcional que te sumergía en el estudio más formalizado y en la sociedad más amplia. La Escuela Normal no era un internado o un Instituto, si bien los Institutos de Bachillerato eran entonces santa sanctorum del saber y gozaban de enorme prestigio social. Sin embargo, por sus propias características, no dejaban en manos de los alumnos la administración plena de la propia libertad. Nuestros estudios abocaban a una profesión terminal, ejercer como Maestros; los estudios de bachillerato eran prerrequisito para otros estudios y no disponían de nichos profesionales específicos. Percibíamos como niños a los alumnos del Instituto mientras que los compañeros de la Escuela Normal eran posibles candidatos para encontrar pareja. El Instituto masculíno Padre Suárez, situado frente a la Normal en un espléndido edificio, daba empaque al entorno y contribuía a modular al alza nuestro autoconcepto y a sembrar expectativas dentro del limitado mundo que nos rodeaba.

Al fin y al cabo la Gran Vía era y es una de las calles más señoriales y transitadas de la ciudad y en ella viví mi primera experiencia de (dudosa) educación multicultural. Vivía en la Residencia María Inmaculada, en Gran Vía 30. Una mañana yendo a clase con otras compañeras vimos a una pareja joven sentarse en una mesa de la terraza de la cafetería situada en la manzana anterior a la Escuela Normal y darse un beso en los labios. Los mirábamos sorprendidas aminorando el paso cuando un camarero les dijo algo en voz baja. Al instante abandonaron la mesa. Ella era blanca y él negro y la doble transgresión no podía quedar impune. Para nosotras fue el primer beso en los labios y el primer negro en persona que veíamos. En aquellos años sabíamos de la existencia de personas de “raza” negra a través de los folletos de la Santa Infancia y de las estampas que nos daban en la catequesis y poco más. Si acaso, de niñas, a través de la parroquia habíamos apadrinado el bautizo de un negrito.

Poco después conocí otras experiencias multiculturales a través del matrimonio de algunas compañeras con jóvenes árabes que habían estudiado en la Universidad de Granada. Huir del país árabe del cónyuge fue el objetivo central de una compañera de la promoción, incapaz de sobrevivir con las funciones asignadas a hombres y a mujeres en dicho país. Había sido una compañera inteligente, coherente y amable. Al reencontrarnos tras su ruptura matrimonial parecía una anciana, si bien dispuesta a rehacer su vida. Los patrones y estereotipos culturales, sociales y de género tardan en hacerse más equitativos y en ello estamos todos, y especialmente los maestros, dado el mundo global que nos está tocando vivir y la realidad de los centros multiétnicos.

Estudié Magisterio atraída por los maestros de mi infancia, auténticos foros culturales para los chicos y chicas del medio rural. Los párrocos enviaban a los niños al Seminario, e independientemente de que floreciera o no en ellos la vocación sacerdotal, vivían la experiencia directa de la socialización cultural lo que les daba ventaja sobre los que quedaban en el pueblo. No había seminario para las niñas. Fueron los maestros y las maestras, forjadores de personas merced a la autoridad serena que merecían a los alumnos y a su entorno, los que impulsaron el vuelo de algunos chicos y chicas que no se atrevían entonces a desplegar las alas. Así sigue siendo con nuevos matices formales.

En homenaje a los Maestros y Maestras debo decir que juegan un papel básico en la configuración de la personalidad de cada educando y que su acción imprime carácter porque tratan con material extremadamente sensible y moldeable, el alma humana

En homenaje a los Maestros y Maestras debo decir que juegan un papel básico en la configuración de la personalidad de cada educando y que su acción imprime carácter porque tratan con material extremadamente sensible y moldeable, el alma humana. Y han jugado un papel primordial en la promoción de las mujeres contribuyendo a hacer realidad la igualdad a través de la formación, herramienta imprescindible para administrar la propia autonomía.

Las colegas de mi generación o próxima a ella han pagado un alto precio para acceder y rentabilizar posiciones influyentes, y han debido luchar con el hecho de ser minoría y de tener que hacerse visibles en la tradicional sociedad patriarcal. Y entre nosotras surge cierta complicidad de fondo, independientemente del punto de partida y de la carrera elegida, pues como grupo hemos debido pagar un precio bastante mayor para obtener lo mismo que nuestros colegas varones. Un Maestro o una Maestra fueron en muchos casos los que sembraron en estas mujeres la semilla de la superación, impulsándolas a plantearse retos sin más cortapisa que la propia prudencia sabiamente informada. Maestros y maestras alentaban a los padres a que estudiaran las hijas y no solo los hijos promoviendo la igualdad real de sus pupilas y pupilos.
Termino compartiendo con vosotros que en el curso 1969-1970 ejercí tres meses como Maestra. Saqué la oposición y pude haber solicitado plaza en Granada capital. Sin embargo pedí plaza en un pueblecito cercano al mío pues solo quería disfrutar de mi progenitora, tempranamente viuda, y darle la satisfacción de verme ejercer como Maestra. Estudié los dos cursos comunes en la Universidad de Granada (¡querida calle Puentezuelas!) y en el segundo trimestre del curso 1969-1970 llegué a Madrid tras haber obtenido la excedencia en el Magisterio. Los hados quisieron que en Madrid me casara y formara una familia, motor de mi vida.

Todos los compañeros de promoción éramos modelos entre nosotros y de cada uno aprendíamos algo y nos atraía algo. Con algunas compañeras surgió la amistad, don inestimable. En esos tres años crecimos hacia dentro y hacia fuera y éramos bastante sólidos pese a nuestra juventud. El trato entre compañeros y compañeras fue más bien reducido aunque sabíamos encontrar puntos de encuentro y, juntos, gozamos del privilegio de estudiar una carrera que se ha ido y debe seguir revalorizando. Los maestros y las maestras son imprescindibles y siempre se me encontrará en todo lo que signifique reconocer su trabajo. Por ello me sentí honrada al participar en mi pueblo alpujarreño, Cádiar, en el homenaje a uno de mis maestros.
Estimados todos, gracias por invitarme a participar y seguro que disfrutaremos con el reencuentro. Hasta entonces, un fuerte abrazo,

 

Carmen Jiménez
Catedrática de Pedagogía Diferencial. UNED.

 

APUNTES DE ROSI JIMÉNEZ:

 

 

 

TEXTOS PUBLICADOS:

‘Lo que he sido se lo debo a mi primer Maestro’, por Antonio Ruiz Esperidón
‘Primera aventura de algunos alumnos de Magisterio de la promoción 1965-68, en el barrio del Albayzín’ ,
por Manuel García Plazas

‘El espíritu de la promoción de Magisterio 1965-68’, por Francisco García Espínola

‘Yo fui maestro’, por Bernardo Roa Guzmán

‘Las maestras de la promoción 1965-68 toman la palabra’ por Asunción Villena, Carmen Martínez, Valentina Serrano, Mercedes Liñán, Elena Alonso, Carmen Blanco, Rosi Jiménez, Carmina Cueto y Virtudes Hernández.

‘Tres anécdotas y un emotivo recordartorio’, por Enrique Mateos Alarcón

‘Carta abierta a los Maestros de la promoción 1965-1968’ y apuntes de la escuela de niñas ‘ por Carmen Jiménez y Rosi Jiménez

 

 

PROXIMAMENTE:

‘Maestro del 68’, por Manuel Titos Martínez

‘Riadas de sentimientos’ por José Pinteño Gea

‘Maestros y maestras, juntos en el 45 aniversario’ por Antonio Luis García Ruiz

INFORMACIÓN RELACIONADA Y GALERÍAS DE IMÁGENES:

Más de 150 maestros y maestras de la promoción 1965/68 preparan su primer reencuentro a principios del otoño

– El 5 de octubre, fecha elegida para el reencuentro de maestros y maestras de la promoción 1965/68

Maestros buscan a sus compañeros y compañeras de la promoción 1965-68

– Encuentro de maestros de la Normal de la promoción 1965-68

 

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