El eterno retorno y ¿Para qué han servido las siete leyes de Educación?


El eterno retorno

Eva Hannikainen, agregada cultural de la embajada de Finlandia en Madrid, decía en Granada hace unos años que el éxito educativo de su país descansaba sobre un sencillo secreto: La educación no se toca desde hace más de 50 años. El Estado ha marcado unas líneas generales y ha dejado hacer. Obviamente, detrás de ese silencio político (que no pacto), laten unos profesionales bien valorados y con una excelente preparación. No vamos a comparar, porque también ese magnífico sistema mantiene profundos interrogantes sin resolver, como por ejemplo, explicar las razones de las altas tasas de suicido. Cada país tiene su ‘modus operandi’, su idiosincrasia, sus elementos dorados y sus lagunas. Y el nuestro, que cuenta en su haber con una envidiable equidad, logrando la escolarización universal en tiempo récord, porque partía de un retraso vergonzoso, padece una profunda incapacidad para acordar lo importante sin que se deslice, parece que irremediablemente, la ideología: Uno de estos temas, aunque no el único, es la educación.

Nace una nueva ley educativa, la séptima de la democracia, amenazante como una plaga egipcia; nace con fecha de caducidad anunciada; nace sin consenso, como todas y cada una que han ido alumbrando nuestros gobernantes; nace, finalmente, con una profunda contestación social que también merece especial mención.

Viene a colación un escrito de monseñor Cañizares, por entonces arzobispo de Toledo y hoy príncipe de la Iglesia, en relación a la anterior ley educativa, la LOE: «Hoy, un número grande de ciudadanos va a manifestarse por algunas calles de Madrid defendiendo sus derechos en materia de enseñanza frente a la LOE. Serán miles de padres, miles de alumnos, miles de profesores, responsables de instituciones y asociaciones educativas libres. Una manifestación democrática con medios democráticos, que una sociedad democrática garantiza para defender unos derechos fundamentales, tutelados por la Constitución, que ven en peligro, no suficientemente recogidos, reconocidos, protegidos, ni salvaguardados, con la claridad y amplitud que merecen, en el Proyecto de nueva Ley Orgánica de Educación (LOE) la quinta en menos de cinco lustros».

Si hacemos el ejercicio de cambiar ‘LOE’ por todas y cada una de las leyes que se han ido sucediendo ahorraremos el esfuerzo inútil de repetir y caeremos en la cuenta que año tras año, ley tras ley, mantenemos la misma posición inamovible que imposibilita avanzar. Cualquier político de cualquier formación no tendría el menor pudor en firmar el escrito de nuestro antiguo pastor. Todas las organizaciones rechazamos la ley, y todas por separado podemos subscribir el texto anterior, aunque no hay una convocatoria unitaria para la huelga convocada el próximo 24, porque cada una hace la lectura que le interesa. El lenguaje ya no comunica y ha dejado de ser el arma cargada de sentido que bellamente expresaba Celaya.

Avanzar significa ceder, con el reconocimiento de que la verdad es fruto del consenso que se busca con honradez. ¡Tendríamos que dedicar más tiempo a Sócrates! Pero este es un país en el que todos llevamos dentro un Quijote, un seleccionador de fútbol, un ministro de Economía y, cómo no, un experto educativo. Creemos que nuestra solución es tan obvia que nos enoja no sea percibida por los demás y actuamos a modo de sofistas, entronizando nuestros conceptos y derribando, sin esperar contestación, los presupuestos del otro.

Hemos contado también con personalidades relevantes que han merecido aplauso. Es de justicia reconocer el enorme esfuerzo del ex ministro Gabilondo por alcanzar estabilidad en la educación. Seguramente nadie niega sus modos elegantes y su enorme capacidad negociadora, pareja a su excelente perfil profesional. Sin embargo, fue incapaz de lograr el entendimiento y desistió en su intento. El actual ministro, Wert, de formas menos pulidas, ha utilizado la mayoría parlamentaria para sacar adelante una Ley, la LOMCE, que no contenta a nadie. Amparado en informes internacionales se ve avalado para hacer una reforma profunda en solitario. Quizá parta del conocimiento, él es sociólogo, de la enorme dificultad de alcanzar acuerdos en un asunto tan relevante y ha querido ganar tiempo. Aquí en la educación hablan los obispos, quienes consideran que Ciudadanía suprime el papel educador de los padres; hablan las comunidades que encuentran lesionados sus derechos organizativos y, si tienen lengua propia, temen se postergue a favor de la lengua común; hablan los sindicatos de estudiantes, los sindicatos de docentes, de la pública y de la concertada, habla la Ceapa…, pero no sé si hacemos el ejercicio sereno de escuchar las propuestas del otro, huyendo de eslóganes fáciles de repetir, pero sin contenido. Nos instalamos con demasiada facilidad en el tópico.

JOSÉ A. FUNES ARJONA, IDEAL, (21.10.13)

¿Para qué han servido las siete leyes de Educación?

Sr. Director de IDEAL: Publicaba su periódico hace unos días un artículo firmado por José A. Funes Arjona titulado ‘El Eterno retorno’ que se iniciaba con el siguiente párrafo: «Eva Hannikainen, agregada cultural de la embajada de Finlandia en Madrid, decía en Granada hace unos años que el éxito educativo de su país descansaba sobre un sencillo secreto: la educación no se toca desde hace más de 50 años». Cuesta creer que desde que se instauró la democracia en nuestro país hace treinta años se hayan promulgado siete leyes de Educación que, al parecer, han servido de poco por el bajo nivel de nuestros estudiantes, según se ha puesto de manifiesto por los informes PISA año tras año.

Muchos recordamos que en la enseñanza Primaria de hace 50 o 60 años solo existían tres libros: el Catón, el Grado Elemental y el Grado Medio, junto a una libreta de caligrafía y otra para los dictados y cuentas, así como un pizarrín y un lápiz Johann Sindel más una goma Milán para borrar. Cuando no tenías goma recurrías a la socorrida miga de pan que hacía el apaño. Para escribir con tinta las madres rellenaban los tinteros con tinta de jibia. Todo este material se metía en carteras de cartón y los días de lluvia tenías que resguardarla del agua si no querías llegar a tu casa con el libro, las libretas y el pizarrín en la mano y el lápiz en la boca.

Para saber en qué periodo de todos estos años fue mejor la enseñanza habría que preguntárselo a los maestros y profesores que la impartieron. Su opinión sería fundamental para saber dónde estamos. Por que dónde queremos ir, sí que lo tengo claro: Finlandia. Hasta allí mandaría una comisión de expertos para que sus colegas les expliquen cuál es el secreto de la pócima para que su sistema se mantenga más de 50 años y tengan un nivel de educacional de los más altos de Europa. Puede ocurrir lo mismo que con la solución del carné por puntos. En parte, gracias a ese sistema seguimos viviendo una media de 2.000 personas al año. Esta medida está funcionando desde hace varios lustros en algunos países de Europa y en particular en el Reino Unido y nuestras autoridades sin enterarse hasta hace unos años. Pues igual puede ocurrirnos con la educación en Finlandia.

ANTONIO CAPARRÓS CARMONA GRANADA (04.11.13)

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