Julio Grosso Mesa: «El buen maestro»

 

El niño tenía tan solo diez años. Su padre, un campesino que vendía sus productos en un puesto del mercado de abastos, empezaba a tirar de él para que lo ayudase en la huerta. “Ni se te ocurra sacar al niño del colegio porque a Antonio lo que le gusta es el saber y el día de mañana podrá ser lo que él quiera”, le repetía el maestro al padre cada sábado delante de los cestos de hortalizas.

Antonio, aquel chico brillante nacido en la calle Fuente de las Risas, siguió el consejo de su maestro. Acabó la escuela y luego paso al Instituto. Comenzó a estudiar Periodismo en Madrid y se trasladó después a Granada, en donde se licenció en Historia del Arte. Allí vivió durante casi veinte años y trabajó como funcionario. “El trabajo que yo habría querido era el de profesor de instituto, pero se trataba de una aspiración estadísticamente inalcanzable”, recuerda muchos años después.

En realidad, su trabajo administrativo era un tanto especial. Consistía en programar conciertos, exposiciones y funciones teatrales. Así conoció a grandes músicos de jazz como Dizzy Gillespie o Tete Montoliú. También a un grandísimo pintor, José Guerrero, del que después escribió una biografía. Escribir era su auténtica vocación y a ello dedicaba cada una de las tardes que le dejaba libre el trabajo. Con total naturalidad y una pizca de suerte, comenzó a colaborar en los diarios de la ciudad.

En Granada nacieron dos de sus hijos y se publicó su primer libro, una recopilación  artesanal de aquellos primeros artículos. El periódico le enseñó a escribir con regularidad y disciplina, con límites fijos. En 1986 publicó su primera novela. Con la segunda ganó el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa. Luego llegaron, casi de corrido, el Premio Planeta y muchos otros. Entonces trasladó su casa a Madrid y comenzó a viajar con frecuencia por los Estados Unidos, impartiendo clases en varias universidades norteamericanas. Como cualquier otro escritor de éxito, pronto fue traducido al alemán, francés, inglés, italiano y portugués. Y finalmente, ingresó en la Real Academia Española.

“Don Luis Molina, que ahora es amigo mío, sembró en mí el deseo consciente de seguir estudiando, y convenció a mi padre de que lo permitiera. En esa época, y en las familias trabajadoras, lo normal era que los niños dejaran la escuela hacia los doce años para ponerse a trabajar” ha dejado escrito Antonio Muñoz Molina de su maestro, para que no quede duda alguna en el futuro.

Esa misma tarde de octubre, cumplidos ya los 57, el veterano escritor recogió el último reconocimiento a su trayectoria, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. El penúltimo en realidad, porque siempre quedará alguno más por llegar. El académico aprovechó su discurso de agradecimiento para reivindicar, de nuevo, la importancia de la educación pública y para reconocer su querido oficio de escritor. “Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje” confesó al comienzo de su intervención.

Y continuó leyendo, tímidamente, sin permitir que la emoción le hiciera perder la compostura: “Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando la soledad y agradeciendo el entramado de otros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios del mundo (…) el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que transmite en un aula el amor por la literatura”.

Con el paso de los años, las obras y los premios, aquel niño “inteligente, aplicado y bueno” se ha ido convirtiendo en un escritor consagrado y ha llegado a ser el intelectual que muchos admiramos hoy. Sin embargo, esa tarde en Oviedo el verdadero protagonista no fue el brillante alumno, sino el viejo maestro, que tras volver a las antiguas escuelas de Úbeda, vio por fin culminado su trabajo.

“Don Luis Molina, que ahora es amigo mío, sembró en mí el deseo consciente de seguir estudiando, y convenció a mi padre de que lo permitiera. En esa época, y en las familias trabajadoras, lo normal era que los niños dejaran la escuela hacia los doce años para ponerse a trabajar” ha dejado escrito Antonio Muñoz Molina de su maestro, para que no quede duda alguna en el futuro.

Todos hemos tenido alguna vez un buen maestro -en la escuela, el instituto o la universidad-, que además de enseñarnos algunos conocimientos útiles y varias lecciones morales, nos ha sabido comprender y orientar en la vida. Maestros que han luchado por sacarnos adelante cada día, a pesar de las dificultades y las incertidumbres, en contra de la inercia social y por encima incluso de la opinión de nuestros padres. Buenos maestros a los que debemos gran parte de lo que somos. Gracias por todo.

JULIO GROSSO MESA

(Este artículo de opinión  se ha publicado en la edición impresa de IDEAL del  08/11/2013) 

 


 

 

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