Wenceslao-Carlos Lozano: «En busca de la memoria perdida»

Pese a lo que anuncia la solapa, esto no es una novela sino un libro de recuerdos de infancia. Su autor no habla solo de sí mismo, de modo que no es una autobiografía: un género cuya función básica es narrar el desarrollo de la propia personalidad del autor, sea cual sea su condición: un artista, un creador, un personaje importante o una persona corriente y moliente; a diferencia de las memorias, que tradicionalmente suelen ser escritas por personas cuya vida ha tenido relevancia pública y cuyos episodios, o anécdotas, tienen un interés histórico colectivo. Aquí no tenemos unas «memorias» a secas, sino unas «memorias de familia», lo cual cambia bastante las cosas.
    
El título de este libro tiene una innegable resonancia literaria, digamos que proustiana. Por lo demás, un título muy sugerente: En busca de la infancia perdida. Pero también significativo, pues no se nos propone la exposición sin más de algo sabido de antemano, sino una «busca», una indagación de algo que está perdido, y que por tanto se trata de recuperar. A menos, claro está, que el adjetivo «perdida» se refiera solo a que se trata de una infancia pasada y, por tanto, irrecuperable. Pero si sabemos de antemano que es irrecuperable, ¿para qué molestarse en ir en su busca?

No menos acertado es su subtítulo: Memorias de familia entre sonrisas y cierto regusto amargo. Entiendo que lo de «cierto regusto amargo» remite a las escasas manifestaciones de afecto por parte de los padres para con sus hijos, pero es al autor a quien corresponde confirmárnoslo. Yo diría (aunque puedo estar equivocado) que el título es un adelanto de este proyecto de indagación del pasado por parte del autor, y el subtítulo, más que su explicación, es su conclusión. El primero abre el proyecto y el segundo lo clausura.

El primer párrafo del libro contiene cuatro frases en apenas cinco líneas. La primera de ellas, muy bella, nos da cuenta del lugar de nacimiento y principal espacio geográfico en el que se va a mover su infancia. La leo tal cual: «Al abrigo del Torcal, del Castillo de Papa Bellotas y de la Peña de los Enamorados, la Antequera de mi niñez era tierra de pregones singulares y de gentes un tanto extrañas, entre otras cosas.»

La segunda frase ubica al autor en el presente desde el pasado, y es así de corta: «Una vez fui un niño.»
La tercera lo identifica por su apodo: «Todos me llamaban Queco por deformación de ‘muñeco’.»
Y la cuarta es todo lo programática que se puede ser: «Y esta es mi historia.» Fíjense bien: «Esta es mi historia». No se puede ser más conciso en cuanto a presentación de un proyecto. Si el autor se hubiese escorado hacia la autobiografía, hacia la narración del desarrollo de su personalidad, habría dicho: «Esta es mi vida». Pero no habla solo de sí mismo, sino de bastantes personajes más que han configurado el mundo de su infancia: desde luego, sus padres, sus hermanos (él es el sexto de doce) y la numerosa servidumbre que pululaba en el caserón familiar. Pero asimismo maestros, curas, tíos y tías, personajes pintorescos del pueblo, etc. También se explaya en la remembranza de situaciones vitales trascendentes a esas edades, de usos y costumbres y, con especial énfasis, de determinados espacios físicos, dentro y fuera del hogar. En este sentido, algunas de las sirvientas, como la Gorringo, y algunos de esos espacios (sobre todo patios y cuartos) fueron determinantes en la vida del niño, para su estado de ánimo, su afectividad y su entendimiento del mundo. El libro es relativamente corto (120 páginas) y se divide en 28 capítulos (algunos de una sola página, y otros, como el dedicado a la Gorringo, de hasta diez páginas), todos con su correspondiente título.

Juan Carlos Mantilla y Wescenlao-Carlos Lozano

No me ha parecido oportuno centrar mi intervención en el contenido propiamente narrativo de estas memorias, primero porque es algo que corresponde al lector descubrir por su cuenta; y, en todo caso, es el propio autor quien debe decidir lo que es previamente contable de sus memorias en una presentación. Por eso opto por elucubrar un poco sobre la actitud memorística que aquí se mantiene.

La «memoria» se suele definir como una función del cerebro y, a la vez, un fenómeno de la mente que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información del pasado; algo que surge como resultado de las conexiones sinápticas repetitivas entre las neuronas, creando así unas redes neuronales capaces de estabilizarse a largo plazo. Pero es un concepto escurridizo y multiuso, que se subdivide en memoria a corto, a medio y a largo plazo. También hablamos de memoria personal, colectiva, histórica, de memoria emocional, memoria de trabajo. Y es algo que también podemos relacionar con los sentidos: así tenemos una memoria sensorial: o sea visual, gustativa, auditiva, olfativa y táctil, entre otras posibilidades. En definitiva, un espacio virtual en el que archivamos los recuerdos, que son como imágenes del pasado que de cuando en cuando devolvemos al presente, recuerdos de alguien o de algo anteriormente aprendido o vivido, o sea una información directamente vinculada con la experiencia.
    
Toda autobiografía está condicionada por un particular uso o rechazo de la memoria, de modo que son muchas, muy sutiles y cambiantes las  interrelaciones que se producen entre la vida que se imita o se relata en un texto autobiográfico y la facultad de la memoria que aprehende o reaprehende, construye o reconstruye esa vida. Y es que la memoria presenta esas manifestaciones contrarias, como son las facultades de recordar y de olvidar. Estas no son, por lo demás, sus únicas características. Incapaz, por lo general, de recomponer la realidad tal como ocurrió, suele transformar o deformar los hechos, o recordar más de lo que había. Al relatar un acontecimiento concreto de mi vida, yo puedo pensar que esta es exactamente la forma en que sucedió, o debería haber sucedido; y si sucedió de otra forma, si, por ejemplo, tal incidente no tuvo lugar, entonces he olvidado una cosa, recordado otra y creado una escena típica en mi imaginación.

Algunos de los asistentes al acto junto al autor

Esto es algo que, además, es difícilmente rebatible por terceras personas, a menos que hayan sido intervinientes o testigos directos de situaciones muy concretas, ya que otra característica de la memoria es su absoluta unicidad —es decir que cada cual tiene la suya, única e intransferible— pues lo que yo no veo pero puede que vea o haya visto, es observado por otro ser, o sea que forma parte de la sustancia de otro ser. Yo recuerdo lo que él ha olvidado y él recuerda lo que yo he olvidado. Recuerdo un caso, aunque desgraciadamente mi errática memoria no me permite concretarlo (o sea que recuerdo mal y espero no habérmelo imaginado): el de un autobiógrafo inglés que contó con pelos y señales cómo había vivido de niño un bombardeo de Londres durante la Segunda Guerra Mundial, y tuvo que intervenir un hermano suyo para recordarle que eso era imposible porque se pasaron toda la guerra refugiados en el campo, en casa de unos familiares. Pero no es que el autobiógrafo mintiera voluntariamente, sino que había acabado haciendo suyo un recuerdo imaginado. Le había dado tantas vueltas a un tema concreto que acabó creyéndoselo. Cuando decimos coloquialmente de alguien que miente tanto que acaba creyéndose sus propias mentiras, a veces no nos damos cuenta de que somos injustos porque en realidad ese alguien no miente adrede sino que se imagina tantas cosas que acaba tomando por verídicas algunas de ellas que no lo son.
    
Para mí, no se trata tanto de comprobar si tal autor dice o no la verdad y, en virtud de esas averiguaciones, denunciarlo o, por el contrario, alabar su sinceridad. De todos modos, hay que ser muy ingenuo para no saber que siempre se selecciona cuando se escribe sobre sí mismo, porque nos espanta exhibir nuestro yo real y, en consecuencia, tapamos en todo lo posible nuestras partes pudendas. No se trata pues de llevar a cabo una labor inquisitorial. Lo que sí se puede es intentar entender cómo y por qué el autor decidió utilizar un material vivido concreto, hasta qué punto y con qué fines le servían; y, del mismo modo, pero en sentido inverso, analizar las carencias de dicha experiencia que lo impulsaron a realizar un determinado tipo de recreación de su vida y sus sentimientos o, más concretamente, a mentir, a inventar o a omitir datos. Del acopio y análisis de todo este conjunto de datos se acabará desprendiendo, en última instancia, el retrato psicológico del autor.

Juan Carlos Mantilla muestra orgulloso la portada de su libro
    
Juan Carlos Mantilla no miente, no tiene por qué hacerlo. El material vivido no se presta a ello. Puede que tenga algo que ocultar (como todo el mundo), pero no decir algo no significa mentir, por importante y determinante que haya sido ese «algo» en su vida. Al menos aparentemente, no hay nada de lo que tenga que justificarse, no ha hecho nada malo ni ha perjudicado a terceros. Es un adulto que habla en nombre de un niño, aunque es cierto que hay bastantes interferencias del adulto en el niño, sobre todo en lo relativo a la conciencia política, decididamente de izquierdas, y a un no menos decidido anticlericalismo. No es que el adulto haga mentir al niño haciéndole opinar cosas que el niño no podía pensar por sí solo a su edad, pero lo que sí parece claro es que Juan Carlos Mantilla, en su estrategia de acercamiento a su propia personalidad, decide, o necesita interpretar su memoria más remota desde su actual yo histórico, social y cultural.
    
Sería interesante que nos comentara algo sobre la motivación de estas memorias, que nos dijera si se trataba de una necesidad de reencontrar una unidad existencial, o un conocimiento de sí mismo, que quizá jamás existió como tal unidad en su «realidad vivida», o bien de revivir mediante un uso específico de la memoria una experiencia que quizás ahora considera más auténtica que la propia experiencia original por el hecho de que parte de la conciencia de una antes inexistente unicidad de su yo.
    
De todos modos, también estamos hablando —también y sobre todo— de literatura. Este texto no es una novela, porque su estructura no es propiamente novelesca, y su contenido no es ficcional, sino testimonial; pero estamos hablando de literatura por su intencionalidad estilística, por su recreación estética del idioma y por su estrategia narrativa. Por eso yo no estoy aquí, ni como lector ni como crítico, para hacer una indagación detectivesca sobre la verdad objetiva de lo que cuenta el autor. Lo más que puedo pedir al autor es que lo que cuente esté bien contado, y que su lectura me emocione, que me reconcilie con el presente y con el pasado, y que me ofrezca una visión del mundo veraz. O sea que, más que verdad, lo que busco es veracidad. Y estas memorias rebosan de veracidad. El mundo que describe, y tal como lo describe, esa España de los años cuarenta era así, al menos en el mejor de los casos, porque nos movemos en el ámbito de una familia pudiente, privilegiada por su situación histórica y por su nivel económico y cultural.
    
No creo que el autor haya escrito estas páginas solo para contar unas cuantas anécdotas llamativas de su vida, por muy sinceras y auténticas que sean. Me parece que también pretende hacer un balance de esa vida, pues no es posible recrear objetivamente el pasado sin hacer a la vez una lectura de la experiencia, que a su vez implica una conciencia de esa experiencia. De ahí quizás su tendencia a enjuiciarla desde su ideología actual. En cualquier caso, es imposible recoger en 120 páginas tantos años de existencia. Por tanto, el autor ha hecho irremediablemente una selección de su experiencia vital, una selección que no tengo por qué prejuzgar como tendenciosa o inconfesablemente interesada. Al contrario, creo que ha hecho un uso activo, consciente y sincero de su memoria. Otra cosa es que, desde mi exigencia o escepticismo crítico, no pueda dejar de preguntarme cómo es posible hacer revivir algo ya transcurrido, cómo es posible devolver la vida a algo que ocurrió hace ya mucho. Y esto no lo digo pensando especialmente en su texto, sino en el género memorístico en general. De poder realmente sumergirse el presente en el pasado, solo podrá recuperarse dicho pasado dentro de un orden totalmente distinto al que conforma el presente. Y aquí —y esto lo digo en su favor—, no podemos obviar el factor emocional, que es fundamental y prioritario en la memoria de Juan Carlos Mantilla.

Resumiendo, para mí la memoria es una reconstrucción de un pasado que no pasa de ser una ilusión creada por la actividad simbolizadora de la mente. En ese sentido, la memoria escrita es efectivamente un relato retrospectivo (y más o menos fiel) de la propia historia, pero también es un impulso vital transformado por la propia configuración psíquica.

Dicho esto, pasamos a lo importante, que es escuchar a Juan Carlos Mantilla, la persona más apta para hablarnos de su propia memoria, de su memoria histórica, de su memoria experiencial, y, claro está, de estas estupendas memorias escritas «entre sonrisas y cierto regusto amargo» cuya lectura recomiendo a todos, porque estoy seguro de que los reconciliará, al menos durante su lectura y un tiempo después, con el presente y con el pasado, como me ha ocurrido a mí. Muchas gracias por su paciencia.

(NOTA: El libro ‘‘En busca de la infancia perdida’ de Juan Carlos Mantilla fue presentado el 19 de marzo de2014 en la Biblioteca de Andalucía en un acto en el que el autor estuvo acompañado por la editora Mariana Lozano y Wescenlao Carlos Lozano, miembro de la Academia de las Buenas Letras de Granada)

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