Ángel Olgoso: «Siempre ha habido en mí una predisposición natural hacia las formas breves y sintéticas»

– ¿Qué tal suenan sus haikus en la lengua de Dante?
– En italiano todo suena de maravilla. Y el efecto de su sonido e imagen es primordial en el haiku. Un buen haiku es un guijarro arrojado al estanque de la mente del lector para despertar sus sentidos, para traer asociaciones a su memoria; es la expresión de una iluminación temporal que permite penetrar en la vida de las cosas, en su esencia. Su reflejo en el espejo enriquecedor de otro idioma crea un contrapunto casi arquitectónico, un diálogo lingüístico, fonético y estético que potencia de manera inmejorable cada verso y cada composición. En realidad, con el haiku no pensamos acerca del poema sino que realmente sentimos la sensación que el poema evoca; accedemos al sentido de las palabras, a su verdadera raíz, a través de la magia de su sonido.

– Desde el punto de vista de la creación ¿qué tienen en común y en qué se diferencia el microrrelato y el haiku? ¿Con qué género se siente más cómodo?
– Siempre ha habido en mí una predisposición natural hacia las formas breves y sintéticas,  por lo que resultaba lógico que acabara cultivándolo, incluso en una época -1992- en la que no era común un género tan frágil, tan volátil. Con su aparente y engañosa facilidad,  con su gran fuerza expresiva, con su invitación al lector para que participe, con su brevedad intrínseca, pues dejan el tema casi en el momento de tomarlo, los dos están claramente emparentados. Aunque sean géneros dispares en antigüedad, ambos están sometidos a ciertas reglas (los haikus deben prestar atención a elementos de la estación del año y el poeta quedar ausente y ponerse al servicio de la naturaleza; los microrrelatos deben tener sustancia narrativa, movimiento interno y resonancia final), pero al mismo tiempo conceden una enorme libertad. En el caso del haiku, su fin puede ser la belleza fugaz, los ecos del pasado sin nostalgia, la quietud conmovedora, el misterio del universo, la impresión de evanescencia de la vida o la gozosa y concreta notación de cualquier fenómeno menudo.

– Esta selección de haikus fueron escritos casi al inicio de su producción literaria, es decir a principio de los 90 ¿cuál es el motivo de que se haya demorado su publicación más de una década?
– Quizá permaneció inédito más de dos décadas por lo anómalo del género en aquella época y por la sobreabundancia posterior. Tras quince años escribiendo relatos, sentí la urgencia de experimentar con esa forma de 17 sílabas, con ese molde ideal para el despojamiento, para la humilde celebración de la existencia, de las fugitivas ilusiones del mundo. Recuerdo que me apliqué a ello de una manera absorbente, con fruición, mientras me preguntaba si podría lograr alguna clase de fusión entre Oriente y Occidente, trabajar con palabras sencillas, estar con la conciencia alerta ante lo inmediato, ante lo instantáneo, ante los diminutos asombros de la naturaleza. Por suerte o por desgracia, este fue mi único interludio poético y yo regresé, para siempre, a mis ficciones singulares e inquietudes.

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– Para el título como para cada una de los tres grupos en que se divide la obra ha elegido palabras en japonés: Kaoru (aroma), Akashi (gema) y Utsusemi (caparazón de cigarra) ¿Exotismo, esnobismo, homenaje a la lengua original de este tipo de composición? ¿Por qué ‘Ukigumo’?
– “Ukigumo” significa nubes pasajeras y hace referencia a la atmósfera serena, exquisita y silenciosa del ukiyo o mundo flotante, donde se busca la iluminación y el peso de los días parece aligerarse, ese fluir de aconteceres naturales del que formamos parte.  Estructuré la colección en tres secciones para escapar de la homogeneidad de la forma: la primera de medida libre; la segunda de métrica estricta, que recoge los haikus propiamente dichos y son el núcleo del libro; y la tercera de dísticos: si las dos primeras aparecen impregnadas de elementos terrestres y de la unión del mundo visible con el invisible de las emociones, la tercera lo hace de reflexiones filosóficas al modo del Zen, semejantes a los kōan o acertijos budistas. Dejar los nombres japoneses fue consecuencia de mi viejo gusto por el acervo poético y cultural japonés, un homenaje a los principios de dicha cultura y, también, a la creencia de que su sonoridad hace reverberar el libro de una forma especial. Sin embargo, los que nos hemos acercado con respeto al haiku y lo hemos cultivado alguna vez en castellano, nos encontramos con un escollo doloroso: la imposibilidad de pureza, de cumplir hasta el final con los requisitos de esta refinadísima tradición literaria, esa contrariedad insalvable de no poder escribirlos en japonés.

– ¿Alguna sugerencia para su lectura? Lo decimos porque se pueden leer muy rápido pero su “digestión intelectual” requiere de concentración, reflexión y experiencia. ¿Considera que requiere más de una lectura?
– Esa relectura sería lo ideal. Quizá más que ningún otro género, el haiku requiere un estado de calma propicio, una lentitud activa, una predisposición mental para poder apreciar, deleitarse o interpretar esta forma poética, tan inefable que trata de suscitar la armonía interior y exterior para rodearla a continuación de concéntricas olas de silencio.

– ¿Desea añadir algo más?
– En “Ukigumo” no sólo intenté dejar constancia de los cuatro estados de ánimo del Zen (Sabi, Wabi, Aware y Yugen) sino también sugerir impresiones humorísticas, amorosas, ingeniosas, éticas, pintorescas e incluso fantásticas. Creo que es una vuelta a la pura percepción de la naturaleza, una constatación del milagro cotidiano de las cosas corrientes, un intento de desintoxicación estética, de capturar la realidad con simplicidad e inocencia, con materiales elementales y espontáneos pero hondamente concebidos.

Título: Ukigumu.

Autor: Ángel Olgoso

Editorial: Nazarí

Páginas: 146

Precio: 10 euros

Presentación: Jueves, 24 de abril, en Sala Cultural Nueva Gala. Estará acompañado por el poeta Juan Carlos Friebe y su editor y traductor, Paolo Romerini (20:30 h)

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