Leandro García Casanova: «Ocurrencias de Navidad»

Resulta que el número 79637 sale premiado en el citado sorteo, con 220 euros el décimo, y coinciden todas las cifras con el número de una papeleta. Se lo enseño a la cajera de la estación de servicio y me dice que no sólo tiene que coincidir la última cifra, sino todo el número. Después busca por Internet y me informa que el citado número no ha sido premiado, con todo el cinismo. Ante mi protesta, me aclara que mi número no está entre los cuatro primeros premios de la Lotería, que esto no es una participación y que la papeleta me la han regalado. Entonces, yo le leo los dos renglones finales: “A los poseedores de la papeleta cuyo número coincida con los de la Lotería Nacional-Sorteo de Navidad del día 22 de diciembre de 2014”. En fin, el caso es que nos liamos a discutir y le pedí el Libro de Reclamaciones, pasando un mal rato.

Sin duda están mal redactadas las papeletas y confunden al usuario, pues qué trabajo cuesta poner: “A los poseedores de la papeleta cuyo número coincida con los cuatro primeros premios de la Lotería…”. Y aquí no hay equívocos. El sello de la empresa que hace “los regalos” (el gancho) no es el de la estación de servicio, sino que es una empresa de Los Ogíjares. Pero habría que preguntarse: ¿Qué empresa se va a poner a regalar un crucero por el Mediterráneo para dos personas, con pensión completa y durante 8 días y 7 noches, al que le toque el primer premio de la Lotería? ¿O un viaje de cuatro días a una ciudad europea, para dos personas? Esto no lo hace nadie. Pero, primero confunden al prójimo para atraer al cliente y quitárselo así a la competencia. Ni más ni menos. Y el sello, que solo se ve la mitad, pues vaya usted a reclamar al maestro armero. Es el “timo de la papeleta premiada”, pues prometen lo que no van a cumplir, pero todo lo tienen calculado. Añadir que algunos clientes se pusieron de parte de la cajera. El Servicio de Consumo debería de prohibir estas prácticas engañosas.

También me ocurrió estos días lo siguiente. He ido varias veces a un peluquero a cortarme el pelo, y siempre andaba por la peluquería un pobre hombre de unos cincuenta y tantos años que ya ni razona. Ha sido un empresario, con bastantes trabajadores contratados, al que le iban bien las cosas. Algún problema gordo surgió –lo ignoro– y el caso es que ya no tiene conciencia de la realidad, pues se irrita por cualquier cosa que le dicen y deambula de un sitio para otro. Sin embargo, va bien vestido pero no toma medicación alguna y me dio pena verlo. El barbero lo deja que pase un rato en su peluquería, pero para tomarle el pelo y reírse, mientras que el pobre enfermo coge unos cabreos de miedo. La primera vez que vi cómo se reían de él, se lo comenté a un psiquiatra conocido y me recomendó que hablara con su familia, para que lo llevaran a su médico de cabecera, y este ya le pondría su medicación.

Le comenté esto al barbero, pero me dijo que su familia está harta del enfermo y no quiere saber nada de él. Después le dije que lo alteraba mucho con las bromas y que puede ser agresivo en un momento dado. “Es más, este hombre cualquier día terminará por hacer una locura, tirándose por una ventana porque no está en su sano juicio”, le advertí. El peluquero pareció comprenderlo y me informó que ha tenido varios juicios, pues amenaza a las personas… Al cabo de un tiempo fui a pelarme y, al poco, se presentó este enfermó crónico, tenía la cara descompuesta –propio del que no descansa ni lleva una vida normal– y el otro no desaprovechó la ocasión: “Juan, que la bicicleta no te la van a comprar, así que tú verás”. Acto seguido, Juan salió a la calle y sacó su móvil, y el otro extrañado le preguntó: “Pero, ¿a quién estás llamando?”. “A la Policía”. “Pero, ¿cómo vas a llamar a la Policía por una bicicleta…?”. Y así en este plan. El espectáculo era bochornoso, la cuestión era reírse de un pobre hombre que está completamente enajenado, que se molesta por lo más mínimo que le digan y que no tiene a nadie que se preocupe por su salud mental. Me resulta muy desagradable e indigno ver cómo se divierten de forma cruel de un ser indefenso, que reacciona como un niño de siete años. Pero el barbero se ve que se divierte con un enfermo mental, en vez de ayudarlo.

La familia no quiere saber nada de Juan, al barbero le encanta tomarle el pelo (se ve que le saca satisfacción, pero si esto se lo hicieran a su hijo seguro que no le gustaría), y del médico de cabecera ya me dirán su preocupación. Pero, bueno, ¿es que ya no hay sentimientos? Yo siento no poder hacer nada por este enfermo, pero ¿es que la familia (sus hermanos o padres) no se da cuenta de su estado deplorable, para decírselo a su médico de cabecera o para llevarlo a un psiquiatra y que lo traten en un centro? No me extrañaría que cualquier día ocurra una tragedia, porque se excita mucho y da unas voces tremendas. Las bromas le causan una tremenda agitación.

Conclusión: si las papeletas especificaran “los cuatro primeros premios de la Lotería”, y si este enfermo (posiblemente de esquizofrenia) tomara su tratamiento y recibiera un trato digno, es posible que fuéramos un poco más felices estos días. Pero, así andamos en este mundo cruel, unos engañando al usuario con las papeletas regaladas y otros riéndose y abandonando a un enfermo mental a su suerte. Por eso lo he llamado ocurrencias de Navidad.

 

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