Las profundas raíces literarias de Leandro García Casanova

La Institución Libre de Enseñanza fue fundada en 1876 por un grupo de catedráticos (entre los que DESTACABA el malagueño de Ronda Francisco Giner de los Ríos), separados de la Universidad por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a los dogmas oficiales en materia religiosa, política o moral.

Las reformas científicas y educativas que llevaron a cabo dieron lugar a iniciativas pioneras: El Instituto Escuela, las pensiones para ampliar estudios en el extranjero, las colonias escolares de vacaciones, la Universidad Internacional de verano o las misiones pedagógicas, actuantes durante la Segunda República.

La Institución Libre de Enseñanza propugnó la convivencia entre lo tradicional (antiguo) y el progreso (moderno), de ahí que conocer el paisaje era conocer la historia. J. M. Ruiz: “… De Giner hemos aprendido a no desdeñarnos de viajar modestamente y a no sentir humillación por ello. Giner ha comenzado a suscitar el gusto por las viejas ciudades españolas, por la vida de los labriegos, por las cosas humildes y cotidianas que antes pasaban inadvertidas…” “…El espíritu de la Institución Libre -es decir, el espíritu de Giner- ha determinado al grupo de escritores de 1898; ese espíritu ha suscitado el amor a la Naturaleza y, consecuentemente, al paisaje y a las cosas españolas, castellanas…” Para Leandro García Casanova como para Azorín el paisaje (y sus habitantes) es el protagonista, es el conductor hacia la búsqueda de la PROPIA identidad quizá perdida en el ajetreo de su vida; esto está en total conexión con el concepto paisajista de Giner y el institucionismo.

Si algún componente del 98 conectó profundamente con Giner, este fue Antonio Machado (Sevilla 1875-Colliure 1939), que junto a su hermano Manuel, recibieron las enseñanzas como alumnos de Giner y otros maestros de la Institución Libre de Enseñanza. De su etapa en Soria, y con el ideario adquirido en la ILE, publica en 1912 “Campos de Castilla” donde recoge en sus versos cada elemento del paisaje.

La voluntad de estos escritores, regeneradores del país, consiste en meditar sobre la realidad española y ofrecer la perspectiva de una España mejor. Por supuesto, lo hacen recalcando el elemento crítico. Escribe Antonio Machado:

Castilla miserable, ayer dominadora;
envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.
El sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana
-ya irán a su rosario las enlutadas viejas-
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
de nuevo, ¡tan curiosas! … Los campos se oscurecen.
Hacia el camino blanco está el mesón abierto
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

Leandro-y-portada

El paisaje del alma de García Casanova se fija en las tierras del Altiplano de Granada, reflejo de algo suyo muy íntimo por eso lo recrea (lo crea de nuevo en su escritura) valiéndose del profundo pozo del recuerdo y de las entrañables fotografías viejas de su padre (Leandro García, ese personaje que parece sacado de “Cien años de soledad” y que posiblemente fuera mi tío, de la familia de los Chicos, con tierras en la Balunca) y todos nos podemos ver en estos retratos animados y humanizados porque la contemplación de lo de fuera es también autocontemplación. Esta dimensión profunda, íntima, no borra el compromiso social del autor, al contrario, lo enriquece, porque su ética no le permite cerrar los ojos a la dejadez con que históricamente ha sido tratada nuestra tierra.

Bajo la prosa sencilla de Leandro, hay un rico venero de cultura literaria y de lecturas asimiladas con una inteligencia sensible.

(*) Ángeles García-Fresneda Martínez es profesora de Lengua y Literatura en el IES Padre Suárez (Granada) y escritora

 

 

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