Antonio Luis Gallardo: «Un día de monda»

monda-1Hoy, en la cafetería he tenido una conversación con mi amigo Pepe sobre el tema del reciclaje y aprovechamiento integral de los pocos recursos que nos quedan. Me he acordado enseguida de la hermosa vega que teníamos en Salobreña, envidia de toda la comarca y punto de encuentro y trabajo para miles de personas, que venían de toda la provincia e incluso de Jaén, Málaga y Almería.

Tres, sí tres azucareras había en funcionamiento en el término municipal, pues a la de la Caleta y San Francisco, había que sumar la de Lobres; todas ellas eran un ejemplo de funcionamiento y rentabilidad, pues pocos negocios había y hay incluso hoy día, que con solo tres meses de funcionamiento, dieran trabajo para todo un año.

Muchas familias, la mía sobre todo, pues desde mi abuelo hasta todos mis tíos han dado el sudor y trabajo a la azucarera, haciendo que Salobreña tuviera vida propia y trabajadora y no como ahora, que depende de un turismo de tinto con casera y subsidios varios.

Recuerdo cuando avisaban el día anterior a los labradores para decirles que entraría la monda en el haza correspondiente; a primerísima hora de la mañana estaban todos los trabajadores en el campo para comenzar la cosecha. Entonces, afortunadamente no se quemaban las cañas, si no que se aprovechaba hasta la última brizna de la caña de azúcar.

monda-3Se comenzaba a cortar las cañas y apilarlas en filas, a continuación otro grupo de jornaleros cogían la fila y cortaban el cabo tirando la caña en la camada para poder ir atando los haces que retirarían después esos acarretos de burros o mulos que trabajaban a destajo hasta sacar las cañas al camino, que posteriormente venía el camión a cargarlas para llevarlas a la fábrica. El dicho, sangre, sudor y lágrimas, tuvo que inspirarse en estos forzados hombres, pues entonces los camiones no llevaban grúas y había que cargarlas en el camión a hombros, hasta hacer una impresionante pirámide de rica caña.

Cuando el haza estaba mal comunicada o era un pequeño minifundio, pues se transportaban en acarretos hasta la fábrica, cada acarreto estaba formado por un grupo de 8 a 12 hombres con jáquimas (bestias de carga) que iban precedidas por un mulo o burro con cencerro, que era el guía de la partida. Hermosa imagen ésta de las reatas entrando por la Pontanilla y toda la calle Cristo arriba hasta la fábrica.

Una vez cortadas, peladas y cargadas en el camión, entraban los hombres con las bestias para hacer las cabillas de cabos y cargar monumentales pilas de cabos para alimentar el ganado. Al mismo tiempo, el resto de animales comían en el campo mientras se preparaban las cargas.

A la semana de haber cortado la caña de azúcar, se entraba de nuevo en el haza, en esta ocasión para recoger y apilar toda la broza, que era la hojas secas de las cañas, se hacían unos brozeros impresionantes, casi de tres metros de altura que eran mi delicia cuando iba al campo y servían de cama para los animales, que a su vez lo convertían en estiércol y abono para el campo.

Todo un total aprovechamiento de un fruto que daba vida a todo un pueblo y que durante tres meses era la alegría, el jolgorio y la diversión de los chavales, que como yo disfrutábamos corriendo tras los burros cargados de cañas para intentar sacar una y chuparla allí mismo, sentados en el bordillo de la acera.

Con los años todo esto se ha perdido, por desidia, falta de rentabilidad, abandono y políticas equivocadas de empresarios, trabajadores y sociedad más volcada en un régimen estructural de vida más acorde con los tiempos modernos. No obstante, le comento a mi amigo Pepe, que aun tengo guardado no sé dónde ese olor a melaza y costra de azúcar que había en Salobreña durante la época de la monda.

Antonio Luis Gallardo Medina  

 

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