Emilio Ballesteros presenta en ‘El Burlaero’ su obra ‘Rapsodia en negro y rojo’ en la que recrea las tertulias de la Generación del 27

emilio ballesteros-2Si la anterior obra de Emilio Ballesteros, la trilogía ‘Estirpe de Luna’, se recreaba la Granada del siglo XVI, ahora nos traslada al primer tercio del siglo XX, que el autor considera «época muy apasionante e intensa con muchas contradicciones, período de entre guerras durante el que se está gestando la guerra civil en España, y en la que las vanguardias están proponiendo una nueva manera de hacer arte».

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Personajes que aparecen en la portada junto a la cabeza de un astado y que además de los poetas ya citados están Rubén Darío, Ortega y Gasset, Unamuno y Valle-Inclán, junto al torero, asiduos a su tertulia y que dan pie al autor para reflexionar sobre la literatura, la política y la sociedad. Ballesteros dedica esta obra a su padre, camarero en un bar de Bibrambla y testigo en numerosas ocasiones de la tertulia a la que asistía García Lorca, y que le sirve de inspiración para esta nueva obra narrativa. Así lo reconoce Emilio, «en cierta manera la ‘culpa’ de la inspiración de esta novela viene de mi padre que era aficionado a la poesía y me contaba su experiencia como camarero cuando era joven en un bar donde se reunían los intelectuales de aquel tiempo. Incluso alguna vez un tertuliano le pidió que leyera sus poemas a Lorca. Yo he trasladado la acción a Madrid pues era donde estaban los intelectuales de aquel tiempo y el camarero, como mi padre, va a ser una persona autodidacta, muy aficionada a la poesía pero con poquitos estudios, como era él».

Definida por su propio autor como «obra de narrativa sin narrador en la que hablan dos personajes, el camarero e Ignacio Sánchez Mejías que van contando lo que han visto o de lo que han hablado. Son como dos monólogos que se suceden a modo de dos diarios entrecruzados», que en el libro se distinguen con distintas tipografías. También añade que la estructura de esta obra es casi teatral, de hecho se podría representar pues tiene las dimensiones aproximadas de una obra de teatro de una hora y media y bastaría poner de escenario un bar y dos buenos actores pues hay gran variedad de ritmos y emociones. Dos voces que se van alternando a lo largo del libro hasta que desaparece Sánchez Mejías. En este caso, los lectores saben cómo va a acabar la novela pues todo el mundo sabe que el torero murió en la plaza toreando, por lo que la sorpresa es lo que te vas encontrando en el camino y por la forma de exponerlo, una veces de forma cómica, otras dramática hasta el punto de reconocer que el autor en alguna ocasión llegó a llorar.

Novela que demuestra una lectura profunda de distintas fuentes y muchas horas de documentación, bien de libros «unos siete u ocho», bien de páginas webs que se relacionan al final y que le han servido para tener un conocimiento más profundo de los poetas y filósofos, así como de detalles históricos, políticos, filosóficos, pues además de los españoles se habla de Heidegger o de Nietzsche. «El trabajo de documentación me suele ocupar más tiempo que en el de escribir» aclara antes de explicar que el último capítulo tiene una especial carga emotiva pues va entremezclando versos de la Elegía de Ignacio Sánchez Mejías con los comentarios del camarero que va narrando cómo Lorca «leía ese poema a trancas y barrancas porque también se le corta la voz y se le saltan las lágrimas». Entre el público receptor de esta obra narrada con un estilo muy oral espera que haya desde aficionados a los toros a amantes de la poesía, de la generación del 27, de la filosofía o del teatro.

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