Antonio Luis Gallardo: «La playa del Peñón»

Días entrañables y maravillosos, siempre tirados en los chinorros, sin sombrilla, sin toalla, sin estorbos, solo el mar y tú. Aquellos días de poniente, donde las olas te daban una y otra vuelta hasta darte una paliza de escándalo. Días de levante, donde el agua iba poco a poco calentándose y suavizando su caricia sobre tu piel.

playa-penon-2Cuando iba con mi madre y mis hermanos, guardábamos la sombrilla en el chiringuito de María, siempre el bueno de Pepe Almendros, buscaba un rincón para así no tener que cargar con la sombrilla para el pueblo. Mi madre siempre intentaba ponerme crema Nivea, sí, la de la tapa azul, pero nunca soporté el tacto del mejunje sobre mi piel.

A la hora del Ángelus más o menos, siempre estábamos pendientes del horizonte, pues aparecían las avionetas soltando balones playeros de plástico con la publicidad de la dichosa crema. Carreras por toda la orilla para ver donde caían los balones e ir a por ellos, más de uno tuvimos que ir al haza de cañas para rebuscar el baloncito.

Y aquellos días de merienda, esos bocadillos de carne empanada, de sobrasada derretida, de tiras de tocinillo de jamón de la tienda de Pepe Hernández, juro que nunca he olvidado esos sabores que dejaron en mi boca aquellos bocadillos o tal vez fueran las manos, esas dulces manos de mi querida madre.

Los mayores se quedaban a la sombra de la sombrilla charlando de sus cosas y comiendo pipas o cacahuetes o la sandía fresquita que habían enterrado en la arena de la orilla; siempre esperabas el grito de guerra… “niño ten cuidado que aún no has hecho la digestión del bocadillo y no te metas tan jondo”.

Cuando ya caía la tarde, mi padre venía a recogernos con el 850 y siempre con prisa, tanta, que me iba mojado de los pies a la cabeza, con el consabido cabreo de que mojaba la tapicería.

Y allí a lo lejos, aun tenías tiempo para echar una última mirada al picachillo y decir para tus adentros, mañana volveré a tirarme de cabeza; de este año no pasa, tengo que conseguirlo.

Y sabéis una cosa, lo más triste de todo es saber que la realidad no coincide con los sueños. Decía el dramaturgo francés Ionesco… “El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá.

 

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