Juan Santaella: «Gratuidad de los libros de texto»

Un año más, la Consejería de Educación pone en marcha una norma de gran contenido social, como es asegurar la gratuidad de los libros de texto en los niveles obligatorios de primaria y secundaria, para todos los centros mantenidos con fondos públicos. Estos libros, según recoge la normativa que los regula, tendrán una vigencia de cuatro años y tras esta fecha se repondrán de nuevo. Hasta aquí, solo merece alabanzas esta iniciativa que alivia tremendamente el bolsillo a tantas familias con carencias económicas como actualmente viven en Andalucía, y supone un regalo agradable a los que no lo necesitan.

Sin pretender abolir la bondad de esta iniciativa, sí que quisiera opinar sobre una medida que, entendiendo perfectamente el fondo, no comparto su mecánica de aplicación. Los que hemos hecho del estudio una manera de estar y vivir en el mundo, y un medio de comprenderlo y transformarlo, sabemos que el libro es una herramienta de trabajo intelectual, cada día menos exclusiva debido a la importancia que los medios tecnológicos están adquiriendo, tan necesaria para la actividad académica como pueden ser las pinturas para el artista o la partitura para el músico. Sabemos, también, que el libro para poder obtener de él toda la información que encierra, requiere un método de aplicación y una serie de pasos concatenados que lo desarrollen. Ese método, establecido por todos los expertos de manera prácticamente unánime, consiste en: lectura y comprensión del texto, verificando el significado de los términos de difícil entendimiento; subrayado de lo leído y comprendido, a ser posible con un lápiz rojo, para las ideas básicas, y azul para las ideas secundarias; y, por último, esquema o elaboración de fichas, a partir de lo subrayado, para poder tener una visión completa y homogénea de toda la materia.

Está claro que este método, el más racional que conozco, no puede aplicarse en un libro que va a rotar año tras año y que, por consiguiente, hay que devolverlo sin rayas ni anotaciones. Un libro subrayado, anotado y trabajado no es apto para su uso posterior. Yo, como muchos de mi generación, no sabríamos estudiar sin un lápiz en la mano, ni con libros que hay que dejar limpios e inmaculados, y en los que no pueden aplicarse las normas de comprensión escrita.

¿Por qué no se entregan libros nuevos cada año, a los diferentes estudiantes, para que puedan trabajar libremente con ellos, aunque eso suponga un esfuerzo presupuestario adicional o, si no es posible, habilitar una convocatoria generosa de becas de libros para los que los necesitan?

Creo que la medida que se sigue en Andalucía en esta materia, a pesar del afán de justicia social que encierra, puede afectar a uno de los principios básicos de una enseñanza racional y crítica, uno de cuyos pilares básicos es la comprensión escrita, tan valorada en las pruebas Pisa, la cual, con un sistema memorístico, el único aplicable con este modelo de uso de libros rotativos, se hace imposible. ¿Qué otro camino le queda al estudiante, sino aprenderse de memoria un libro que no puede trabajar subrayando y anotando? ¿Cómo puede obtener las ideas básicas y las subordinadas a ellas si le quitan un lápiz con el que desgranar contenidos? Es como si al cirujano le quitaran el bisturí para desentrañar el objetivo de su búsqueda.

(Nota: Este artículo de Juan Santaella se ha publicado en las ediciones de IDEAL de Almería, Granada y Jaén correspondientes al jueves, 15 de septiembre de 2016)

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