Antonio Luis Gallardo: «Memorias del abuelo (III)»

Bebíamos agua directamente del grifo, sin embotellar, y algunos incluso chupaban el grifo. Nos encantaba beber en los pilares que había en el Portichuelo, en la Puerta del Cura, en la calle Cristo, en el Albaicín. Íbamos a cazar lagartijas, ratas y pájaros con la “escopeta de perdigones”, antes de ser mayores de edad y sin adultos, ¡¡DIOS MÍO!!
En los juegos de la escuela, no todos participaban en los equipos y los que no lo hacían, tuvieron que aprender a lidiar con la decepción. Ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarles el culo, siempre con la regañina correspondiente de Doña Nati. Ningún prestigioso chef podrá superar la sensación de exquisitez que nos proporcionaba el cacho de bocadillo que cambiábamos con nuestro amigo, y cuando cogíamos un balate, los ombliguitos sabían a gloria bendita con ese sabor acido avinagrado. Esa caña de azúcar robada de un burro en el acarreto te sabía a puro néctar. Ni ninguna consola igualara el placer de jugar con chapas de refrescos que pedíamos en el Bar del Puga y en el Ambigú que poseían la virtud de mutar de ciclistas, a soldados, a futbolistas y tomar los filos de la acera como si fuera EL Tour de Francia con las chapas en fila.

Somos la última generación que hemos aprendido a jugar en la calle a las chapas, el trompo, las canicas, la comba, la goma, el rescate o el bote bote, la rayuela, los santos con las cajas de cerillas, la piola, el pilla pilla, adivina-adivinanza, al escondite,…

No teníamos Playstations, Nintendo 64, videojuegos, móviles, ordenador, internet, sin embargo, teníamos amigos, para jugar, para hablar, para enredar, para reír, en definitiva, para vivir cosas reales no virtuales.

No teníamos Playstations, Nintendo 64, videojuegos, móviles, ordenador, internet, sin embargo, teníamos amigos, para jugar, para hablar, para enredar, para reír, en definitiva, para vivir cosas reales no virtuales. Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. Sabías que se rifaba una hostia si vacilabas a un mayor. No había nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos, si trasgredíamos alguna ley, era inadmisible, si acaso nos soltaba un guantazo o un zapatillazo y te callabas. Tuvimos libertad, fracaso, respeto, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer con todo ello.

Mi madre tenía montones de cosas que hacer al cabo del día y cuando había algún altercado, repartía por igual. Frases que decíamos a nuestras madres…”por qué me pegas a mí si no he hecho nada” y la respuesta era siempre la misma…”para cuando lo hagas”. A quién no le ha dicho eso su madre.

¿Será que me estoy convirtiendo en un abuelo Cebolleta? Pero como decía el poeta Rainer María Rilke… “La verdadera patria del hombre es nuestra infancia” y en mi caso es cierto, pues con el tiempo Salobreña, mi infancia y adolescencia han creado un recuerdo imborrable y que perdura a través de los años. Hasta el punto de transmitir a mi mujer, hijas, nietos y amigos ese cariño tan exagerado a veces por este pueblo maravilloso.

Continuará, la próxima semana.

(P.D.: Foto del año 1960 hecha en Foto Valdivieso (Motril). El jerséis era de un rojo maravilloso).

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