Ángeles García-Fresneda: «La misma gente viviendo en el mismo sitio»

foto libros joyce

Un mes largo en el campo. Regreso a Granada y, tras poner la casa a punto, me instalo los cascos antirruido, los filtros nasales de partículas, las gafas negras y camuflo todo bajo un gorro a juego con el rojo del carmín. Como voy sorda, cabe la posibilidad de que me atropelle alguna cosa de las que ruedan por las aceras de la Gran Vía; no obstante, me aventuro. La mañana está radiante y fría, miro complacida una variada muestra de cabezas de turista que mira a noroeste, esperando el autobús frente a la catedral. Cómo ha debido de estar de gente diversa todo este centro en los días señalados de Navidad, de bote en bote, recalcado hasta el último rincón, saledizo o rama de ginkgo biloba. 

Me viene a la memoria una escena del hilarante capítulo 12 del Ulises -donde Joyce se mofa del nacionalismo irlandés-: J. Wyse le pregunta a Leopold Bloom “si sabe lo que quiere decir una nación” a lo que el judío responde que “una nación es la misma gente viviendo en el mismo sitio”; “entonces yo soy una nación porque llevo cinco años viviendo en el mismo sitio”, le apostrofa Ned muerto de risa…ja, ja. (Espero que ningún amigo mío catalán lea estas líneas; tengo muy claro que con ellos se puede bromear sobre cualquier tema, excepto sobre este. Ciertamente lo pasan mal, con el problema de la nación y la identidad). Por el paseo de los Tristes, los camareros al sol teclean absortos en sus móviles.

El individuo es lo que la ideología dominante le dice que es en cada momento histórico -nos enseñó Juan Carlos Rodríguez (que no creía en el espíritu humano eterno e inmutable)- y el “yo” supuestamente libre que fue durante siglos el eje sobre el que se asentaron las bases de la economía capitalista hoy, con el mercado-mundo, ha quebrado. Nuestra identidad se está diluyendo en el ser masa que nos devuelve a la Edad Media. De ello se deriva, quizá, este aferrarse agónico al estrépito porque -como afirma el profesor en una extraordinaria entrevista de Eva Santamaría que ha tenido la amabilidad de enviarme Pablo Aparicio Durán- estamos solos, tanto que incluso “cuando dos personas se unen saben que van a unir dos soledades”.

Descubro mis sentidos al rumor del agua y al olor de las hierbas a mitad de la cuesta de los Chinos; me adhiero a la tela metálica que sujeta la pared de conglomerado Alhambra para dejar paso a unos ciclistas que bajan desenfrenados (suerte que no es el tren, me río yo misma la malafollá de la macabra asociación). Frente a la torre de las Infantas, una joven pareja se come a besos y se tienta con una mano, mientras con la otra se hacen fotos para que el planeta entero sepa que existen y que se aman.

Ángeles García-Fresneda. GRANADA

(NOTA: Este texto se publicó en la sección de CARTAS AL DIRECTOR, del diario IDEAL del 11 de enero de 2017)

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