Ángeles García-Fresneda: «Ciudades»

Con el propósito de que el tándem bares de debajo de mi casa-policía local de Granada descanse de mi persona, me siento al volante y me dispongo a atravesar España. Pongo “La carretera” de Julio Iglesias y digo adiós a la blancura de la sierra que se refleja en el retrovisor. Como ha llovido, los olivos brillan alfombrados de verde y los tajos en la tierra –tan impactantes cuando desmontan para hacer las autovías- se han convertido en jardines verticales de bojas, romeros, tomillos y pinatos.

Como el jardín del CaixaFórum de Madrid pero sin gastarse un céntimo. Quizá debería entrar en Jaén, a darme un baño de atraso, a ver si logro reponerme del que me di de frívola modernidad en Málaga; pero es temprano para ir de tascas a comprobar si resisten los mostradores antiguos. Vendré a Jaén con amigas y pasaremos por Baeza y Úbeda para leer los poemas de nostalgia de la esposa muerta de Antonio Machado y aquel fragmento de “Sefarad” de Muñoz Molina sobre Casa Cristina, lugar de encuentro de los aceituneros al amanecer, demolida para construir edificios de ladrillo. Como el poeta sevillano, el novelista ubetense deja también para el final la sugerencia del tema: para calentar las manos del pequeño jornalero la madre (no recuerdo si propia o de un personaje)”me echaba en las yemas de los dedos el vaho de la respiración”.

La espléndida cubierta de carbonilla y gases tóxicos de la capital de España se ve ya desde Pinto; pero aquí, en la Residencia de Estudiantes de la ILE, no se nota. Este es uno de los lugares claros lorquianos, la oscuridad es el Nueva York del crack del 29:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un vendaval de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

Lorca –como Salinger- es un genio por muchos motivos, también porque intuyó el futuro de las ciudades del capitalismo más irracional. De todas formas, la ciudad ideal de Urbino, tan limpia y serena, tan hecha a la medida del hombre del Renacimiento estaría rodeada de los barrios pestilentes de los carniceros y los curtidores.

He acercado la mesa desde la que escribo a la ventana del hotel más antiguo del mundo, sobre la plaza del Obradoiro; como es muy tarde está desierta y llueve sobre la vieja catedral. Lugares como este, noches así deberían ser eternas. Pero no lo serán porque el tiempo y el espacio están en nosotros, no en las piedras.

Ángeles García-Fresneda Martínez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *