Ángeles García-Fresneda: «Ya éramos así hace mil años»

«La ciudad de Elvira, situada en una llanura, se hallaba poblada por gentes que no podían sufrirse unas a otras, hasta el punto que había persona que se hacía construir delante de su casa un oratorio y unos baños para no tropezarse con su vecino. Por un lado, no querían someterse a nadie ni aceptar las decisiones de un gobernador; pero, de otra parte, eran las gentes más cobardes del mundo, y temían por la suerte de su ciudad ya que eran incapaces de hacer la guerra a nadie, aunque fuese a las moscas, de no ser asistidos por milicias extranjeras».

José Juan López Ródenas

La cita es de un libro conocido, hoy descatalogado (hay que dejar espacio en las librerías para tanta joya novedosa), “El S. XI en 1ª persona. Las memorias de Abd Allah, el último rey zirí de Granada, destronado por los almorávides (1090) traducidas por Lévi-Provençal y García Gómez”; su precio por internet puede alcanzar hasta los 350 euros, aunque yo no vendería el mío por nada, pues es una obra sin parangón en la literatura de las primeras taifas. Además me ilustra sobre el fascinante sustrato que nuestros antepasados de hace mil años han dejado en la idiosincrasia del granadino (no así en el atarfeño actual, pues sabido es que los ziríes se trajeron a esas gentes pendencieras con ellos a todo lo alto del Albaicín).

Creo que con la cita está acabado el artículo. No obstante, quisiera preguntar aquí por qué a Juan Carlos Rodríguez esta ciudad no le ha concedido aunque solo sea una medalla a título póstumo por su inmensa obra inigualable y otra a Luis Castellón, antes que se muera, después de habernos legado esa filigrana de la pasión y el trabajo que es el Museo de Ciencias del Padre Suárez. Para algunos conciudadanos ilustrados, Muñoz Molina —tan ligado a Granada en su juventud—debe su éxito poco menos que al azar (largo azar: por eso debe de ser, junto a Javier Marías, el mejor novelista actual de las literaturas en lengua castellana).

Saramago pasó por aquí y tampoco nos pusimos de acuerdo en qué hacer con lo que nos ofrecía y en cómo corresponderle. En Castril se sentaba en el Cantón y miraba la sierra más allá de los tejados y la línea verde del río. Yo nunca me atreví a saludarlo aunque me hubiera gustado preguntarle por el narrador-autor de sus novelas; pero no olvidaré nunca que en la plaza del Árbol Gordo, Paco Ibáñez cantó para nosotros y que mi madre leyó las Pequeñas Memorias después de mucho tiempo sin leer. José Juan López Ródenas era el alcalde y se entregó de manera absoluta a hacer del pequeño pueblo una plasmación de sus sueños. Me cuenta que el Nobel portugués al principio era escéptico, pero que se fue animando según salían adelante proyectos concretos, como la recuperación del vidrio.

Y así estamos. Dan ganas a veces de dejar de lado lo público y retirarse al baño privado; eso sí, con el concubino y una almarraja de almizcle y rosa mosqueta para olvidarse de que siempre estamos igual.

Ángeles García-Fresneda

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