Blas López Ávila: «E la nave va»

 

Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión
y no quiere cambiar de tema.
W. Churchill

He tenido el atrevimiento de titular este artículo como el de la famosa cinta de mi admirado Fellini y creo que sabrán disculparme pues, al fin y al cabo, todos tenemos nuestros mitos. Pero hay más: la película en cuestión pasó en su momento, cierto es, sin el éxito de otras del maestro italiano, pero a la luz de la deriva que hoy toman los acontecimientos parece recobrar plena vigencia. Efectivamente, el director nos embarca, en compañía de altas personalidades de la época, en la nave que ha de llevar hasta una isla del Egeo los restos mortales de una diva de la ópera para esparcir en él sus cenizas. El hundimiento final del navío, como trasunto de la cinta, está cargado de todo el simbolismo que suponía el hundimiento de una época que daría paso a la primera gran guerra.
Los últimos atentados del terrorismo islámico en Londres y otras ciudades europeas ponen de manifiesto el declive de la sociedad occidental que, acobardada por tan sangrientos acontecimientos, apenas si sale de su estupor; no tanto por la crueldad de sus enemigos como por la mediocridad e incapacidad de sus políticos, cuya insolvencia a la hora de ofrecer soluciones mínimamente cohesionadas a sus ciudadanos ante tamaña monstruosidad resulta patética. Pero, claro está, que para solucionar un problema –y éste resulta de una complejidad extrema-, previamente es necesario identificarlo, y esto es lo que no se ha hecho hasta el momento. Los políticos y ciertos medios de comunicación, instalados en su mediocridad, se han limitado –como en tantos otros asuntos- a utilizar el buenismo cobarde e irresponsable, el relativismo mendaz y la corrección política como elementos de censura y represión ante cualquier crítica discrepante con esos principios.

Los últimos atentados del terrorismo islámico en Londres y otras ciudades europeas ponen de manifiesto el declive de la sociedad occidental que, acobardada por tan sangrientos acontecimientos, apenas si sale de su estupor; no tanto por la crueldad de sus enemigos como por la mediocridad e incapacidad de sus políticos.

Hasta tal punto esto es así que en la noche del pasado domingo oíamos a una periodista de televisión relatar cómo los terroristas habían sido asesinados por las fuerzas de seguridad o al gurú payasete, cuyo pasado es más que dudoso, de esa misma cadena y de las fuerzas de izquierda, simplificar tan grave asunto a la foto de las Azores y poco le faltó para ofrecerse a resolver el conflicto con unas cuantas latas de anchoas del Cantábrico. Una ignorancia tan supina del mundo musulmán que les lleva a ignorar que sunies y chiies llevan más de mil años en perpetua contienda y que de la guerra han hecho su modus vivendi. Digámoslo ya: es preciso reconocer y asumir que, por encima de una guerra religiosa, nos encontramos ante una contienda que trasciende lo espiritual para instalarse en una nueva forma de fascismo, el islamofascismo, que ha generado y sigue generando un holocausto del que nadie parece estar dispuesto a hablar.

Se pone un excesivo énfasis en los errores – numerosos y de bulto- que occidente ha cometido respecto al mundo árabe y musulmán, pero se suele soslayar que, no obstante, son millones de musulmanes y de otras religiones y etnias los que occidente ha acogido para ofrecerles una vida, si no siempre más digna, acaso más confortable . Su superioridad moral va muy por delante de la nuestra, porque han tenido el coraje ante cualquier tipo de adversidad o sufrimiento de no renunciar jamás a su pasado, a su cultura, a sus tradiciones, a sus creencias a sus leyes…, frente a un mundo occidental – instalado en la comodidad, la avaricia y la indignidad- que ha cometido la monstruosidad de haber renunciado a su pasado y a su herencia cultural. Ahí reside su imperdonable error, cuyo precio es la de tanta sangre derramada de los inocentes. Y es esa actitud cobarde la que impele a estos gurruminos y currutacas a que cualquier crítica contra esta nueva forma de fascismo la tilden de islamófoba, con el peregrino argumento de que no todos los musulmanes son iguales. Por supuesto que esto es así, pero con la misma argumentación podría hablarse de nazismofobia –sería de suponer que no todos los nazis eran iguales- cuando tan execrable ideología ha sido condenada por el mundo entero. Son los propios islamistas que no comparten esta forma de actuar los que podrían manifestarse multitudinariamente para mostrar su rechazo a estos grupos terroristas. No he visto ninguna. Y no me vale el miedo como excusa, todos tenemos miedo.

Hoy una luz potente ilumina este oscuro panorama: la de Ignacio Echevarría. Su sacrificio no ha sido baldío. Él sí que actuó con bondad y generosidad, la propia de un héroe, desmontando a todos los cobardes buenistas que jamás harían nada parecido por sus semejantes. Buenistas que, después del horror, nos flagelarán con la estulticia de que algo habremos hecho mal para no encarar tan dura realidad. Por eso, Ignacio, vaya desde aquí mi respeto y mi homenaje ¡Descansa en paz!

BLAS LÓPEZ ÁVILA

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