Bernardo Roa: «Cartas a Dulcinea: La anciana y sus semillas»

Querida Dulcinea:

¿A que algunas veces nos planteamos si vale la pena o no emprender determinada tarea porque a lo mejor es a muy largo plazo y es posible que no veamos sus frutos? ¿A que cuando nos hablan del cambio climático, ¡que ya está con nosotros!, y las medidas que hay que tomar en casa para ayudar a que se retrase, mas de uno piensa ¿y es que a mi ya me va a afectar? sin pensar en las consecuencias para los que nos siguen en la vida… Pues mira que bonita historia sobre el trabajo para los demás, ese que se hace sin esperar recoger sus frutos…
Un hombre cogía cada día el autobús para ir al trabajo. Una parada después, una anciana subía al autobús y se sentaba al lado de la ventana. La anciana abría una bolsa y durante todo el trayecto, iba tirando algo por la ventana. Siempre hacía lo mismo y un día, intrigado, el hombre le preguntó qué era lo que tiraba por la ventana.

– ¡Son semillas! – le dijo la anciana.
– ¿Semillas? ¿Semillas de qué?
– De flores, es que miro afuera y está todo vacío… Me gustaría poder viajar viendo flores durante todo el camino. ¿Verdad que sería bonito?
– Pero las semillas caen encima del asfalto, las aplastan los coches, se las comen los pájaros… ¿Cree que sus semillas germinarán al lado del camino?
– Seguro que sí. Aunque algunas se pierdan, algunas acabarán en la cuneta y, con el tiempo, brotarán.
– Pero… Tardarán en crecer, necesitan agua…
– Yo hago lo que puedo hacer. ¡Ya vendrán los días de lluvia!

La anciana siguió con su trabajo… Y el hombre bajó del autobús para ir a trabajar, pensando que la anciana había perdido un poco la cabeza.
Unos meses después… yendo al trabajo, el hombre, al mirar por la ventana, vio todo el camino lleno de flores… ¡Todo lo que veía era un colorido y florido paisaje! Se acordó de la anciana, pero hacía días que no la había visto. Preguntó al conductor:
– ¿Qué hay de la anciana de las semillas?
– Pues, ya hace un mes que murió.
El hombre volvió a su asiento y siguió mirando el paisaje.
– “Las flores han brotado, se dijo, pero ¿de qué le ha servido su trabajo?. No ha podido ver su obra”.

De repente, oyó la risa de una niña pequeña que señalaba entusiasmada las flores…
– ¡Mira papá! ¡Mira cuantas flores!

¿Verdad que no hace falta explicar mucho el sentido de esta historia? La anciana de nuestra historia había hecho su trabajo y dejó su herencia a todos los que la pudieran recibir, a todos los que pudieran contemplarla y ser más felices.

Dicen que aquel hombre, desde aquel día, hace el viaje de casa al trabajo con una bolsa de semillas.

Bernardo Roa y su esposa, Ángeles Hernández/A. ARENAS

Está reflexión está dedicada a todos aquellos maestros, educadores, profesionales de la enseñanza, que, hoy, más que nunca, no pueden ver cómo crecen las semillas plantadas, las esperanzas sembradas en el corazón, sobretodo, de los adolescentes que llenan sus clases. Y como los padres son, o deberían ser, los grandes educadores, también está dedicada a ellos. Porque… Educar es enseñar caminos.

Yo creo que sobran mas comentarios y, como maestro que he sido, me siento recompensado con este reconocimiento a una labor cuyo fruto no se recoge enseguida. ¡Cuántas veces nuestros alumnos se van del cole y se les pierde la pista; luego, con el paso de los años, algún día vuelves a ver a alguno y comprendes que lo que sembraste dio su fruto con creces y te aseguro que eso satisface… Tenemos que acostumbrarnos a sembrar no para esperar recoger sino para que la siembra quede hecha y fructifique cuando sea el momento, sea quien sea el que reciba el beneficio de los frutos.

Mis fotos de hoy han sido las mas madrugadoras que he tomado, las de antes del amanecer, con la llegada del ferry de Africa al cabo Sacratif y la otra de la luna ya menguante, en un cielo totalmente limpio. Feliz velada y dulces sueños.

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