Isidoro García: «Me gusta la crítica mordaz y no dejar títere con cabeza»

 

Si hace dos años, Isidoro García Sánchez, (1954), gaditano de Los Barrios, residente en Chauchina, profesor de Lengua y Literatura y liberado sindical, presentaba ‘El calvario de un apóstata’, ahora hará otro tanto con una voluminosa novela de 654 páginas a la que ha puesto por título ‘La tumba vacía’ (Ed. Esdrújula). El acto tendrá lugar en el Cuarto Real de Santo Domingo y como compañeros de mesa tendrá a Paco Espínola y Víctor Miguel Gallardo (18,30 h).

 

– ¿Qué tal te encuentras desde el punto de vista de la salud?
– Pues fíjate que cuando presenté, hace unos dos años, ‘El calvario de un apóstata’, ya entonces adolecía de una pequeña ronquera que, a la postre, vino a ser síntoma de un cáncer de laringe hasta el punto que la cosa desembocó en intervención quirúrgica para la extirpación total de esta, lo que conllevó que se me fueran al garete las cuerdas vocales y con ello el hablar como el común de los mortales. De todos modos, tras un año de aprendizaje, he vuelto a poder comunicarme y me defiendo mal que bien con mi habla erigmofónica, lo que espero demostrar interviniendo en público el próximo lunes por vez primera desde entonces. La verdad es que todo es ponerse. Hay amigos míos que, conociéndome, dicen que, si yo no hubiese vuelto a hablar, habría reventado.

– Afirma tu editor que tienes una «pluma cáustica» ¿estás de acuerdo con él?
– Pues estoy de acuerdo a medias con lo de “cáustico”, si es que nos atenemos a lo que la palabreja significa. En cuanto a que es irónica, sí que lo es. Me gusta la crítica mordaz y, como dicen ellos, no dejar títere con cabeza. Todo ello mezclado con tintes de humor, del que nunca se ve privada mi narrativa. Pero ´cáustico´ también suele significar ´malintencionado´ y yo no concibo ninguna ´mala intención´ en lo que escribo. Está todo muy bien intencionado, dirigido a desnudar muchas verdades que no son tales o mucha historia y muchos principios demasiado vestidos y reverenciados hasta hoy día.

– ¿Cuándo te planteas escribir esta novela y qué fue lo que te la inspiró?
– No sabría decirte en qué momento preciso me surgió la idea. Sí que lo fue en la vorágine informativa en torno al Valle de los Caídos allá sobre 2010, sobre la conveniencia o no de exhumar el cadáver del dictador Franco y trasladarlo a lugar menos ”provocador”. Me la inspiraron las noticias sobre la comisión de expertos que proponía dicho traslado con el objetivo de aliviar el agravio que suponía que el dicho cadáver permaneciese donde estaba con tanta gloria y pompa. También las noticias de las penosas andaduras de los familiares de las víctimas del franquismo en su afán por rescatar del anonimato sus cadáveres tan mal enterrados. Lo que, dicho sea de paso, siguen aún de candente y no resuelta actualidad.

Isidoro García, autor de ‘La tumba vacía’ (Esdrújula) :: ANTONIO ARENAS

– ¿Cuánto tiempo le ha dedicado a su redacción? 
– Nunca mejor dicho eso de que me alegra que me haga usted esa pregunta. Empleé más o menos el tiempo de una legislatura. Y me explico. Comencé a escribirla poco después del triunfo del PP en las elecciones generales de 2011 y acabé su redacción poco antes de las de 2015. Y ello con la salvedad de los meses en que suspendí su escritura para dedicarme a la de ‘El calvario de un apóstata´, que, como sabe, ya vio la luz hará unos dos años también en la Editorial Esdrújula. Ese largo período me ha servido para tomar de él noticias y anécdotas de su actualidad y reflejarlas en la redacción, tomándolas como motivo para trazar y desarrollar la historia que en ella se cuenta. En ese sentido es como no dejo títere con cabeza, sobre todo del partido y sentir gobernante que aún se pasea por nuestros lares. Fíjese que, entre tantas anécdotas, hasta me ha cabido entrar en el asunto catalán, hoy de tanta actualidad, y en la diatriba de las banderías. En este sentido, basta decir que uno de mis personajes, a sus ochenta y tantos años, y tras haber sido combatiente, preso luego y en trabajos forzados, en el presente no piensa sobre las banderas sino que son solo un trozo de trapo y nada más, por las que no merece apenas perder ni una sola caloría en su defensa.

– ¿Por qué se la ha dedicado a los 115 000 desaparecidos asesinados por los franquistas?
– Porque era de justicia. Y porque mi novela pretende ser un pequeño homenaje a ellas y un recordatorio de que ahí están, recordadas por pocos y olvidadas por muchos. Y me gusta que me haga la pregunta con las palabras que yo empleo en la dedicatoria: asesinados por los ´franquistas´ y no por el franquismo. El franquismo en abstracto es una pura entelequia que casi se vacía de contenido, que casi se dulcifica conforme el tiempo pasa. Los asesinatos los cometieron personas concretas a lo largo de toda nuestra geografía, pueblo a pueblo, casa a casa, en una escalada inconcebible. Y en muchas ocasiones sin concurrir ni siquiera motivos “políticos”, que tampoco los justificarían, sino por revanchas, rencillas antiguas o menos antiguas, o por pura codicia para apropiarse de los bienes de los ajusticiados, que de todo hubo.

Se me podría decir que hubo víctimas en los dos bandos. Y es verdad; pero no es menos verdad que las del bando sublevado y rebelde recibieron en su día su reconocimiento, sus homenajes, su sepultura digna. Son los asesinados por los franquistas los que aún yacen en fosas comunes y querer abrirlas y desenterrarlos no es querer reabrir viejas heridas, según suele decirse como una especie de catecismo, pues es obvio que es imposible abrir lo que no se ha cerrado nunca. Y especialmente me despierta repugnancia la desfachatez y el menosprecio con que se califica a los familiares de estas víctimas. Valgan de botón de muestra las palabras de un deslenguado (por muy diputado que sea) que afirmó en su día entre sonrisitas que el interés de dichos familiares lo era por pillar subvenciones. Imagino el dolor que les añadiría al que ya sienten por la pérdida y por no saber dónde están los restos de sus muertos. Hay que tener muy poca vergüenza para ponerse esas palabras en la boca. 

– ¿En quién se ha inspirado para sus protagonistas Facundo Pimentel y Secundino Valbuena? ¿Y el resto de familiares? 
– En realidad, son personajes de pura creación y especulación mías. No obstante, sí cabría decir que en ocasiones algunas peculiaridades de algún que otro personaje están tomadas de la realidad de personas que conozco o he conocido. Valga como ejemplo el caso de un personaje secundario del que se comenta que sufrió repetidas heridas en nuestra pasada guerra civil. Pues bien, mi padre resultó herido cinco veces en ella y anduvo por muy diversos hospitales. Por otro lado, sí que es verdad también que yo hablo muchas veces por boca de uno de los dos protagonistas principales. Mi pensamiento, mis posiciones políticas e ideológicas…, se dejan ver a veces, aunque no siempre, a través de sus comportamientos, vivencias y verbalizaciones.

– ¿A quiénes considera que puede gustar esta obra en la que se especula sobre el robo del cuerpo de Francisco Franco del mausoleo en el Valle de los Caídos?
– Mejor sería especular sobre a quienes no puede gustar mi novela. Creo que es lógico y fácil deducirlo: a los de su cuerda, que afortunadamente cada vez son menos en nuestro país. Aunque sospecho que también a algunos que, sin ser declaradamente franquistas, guardan nostalgias de su época y se niegan reiteradamente a condenar su figura y su régimen. Y se justifican de nuevo en lo de no reabrir viejas heridas. ¿No te fastidia?

– ¿Qué hay de cierto sobre si Franco era monórquido, o sea que le faltaba un testículo?
– Que esa es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Según tengo entendido, es tan cierto como que hay noche y día. La pérdida la sufrió en una de sus campañas africanistas. Y en esto se parecía a otro dictador de su tiempo al que parece ser que quería emular: Hitler. Al alemán le ocurrió igual percance siendo cabo en la primera guerra mundial. El caso es que la anécdota de esta carencia de Franco me ha dado pie para incluir una pequeña escena casi surrealista en mi novela.

– El final de la impresión finaliza con el aniversario del nacimiento de Luis Eduardo Aute, ¿es admirador de este cantautor? 
– Sí que lo soy. Me encanta su obra, su música, su modo de estar sobre el escenario, sus ironías y hasta diría que sus picardías y complicidades. Y su voz y sus letras. Creo que compartimos una misma visión del mundo. La última vez que tuve la ocasión de oírlo en directo fue hará unos pocos años en un concierto que dio aquí, en Atarfe, donde se pudo comprobar que la edad no ha afectado a su buena forma. Al menos esa fue la impresión que yo me llevé.

– ¿Qué nos puede decir de la portada?
– Que es muy original y muy provocadora. Franco en su sarcófago, a la usanza del antiguo Egipto y empuñando, en lugar de los símbolos del poder de aquel entonces, el yugo y las flechas en una mano y la cruz en la otra. Ahí es nada. Y la hemos considerado provocadora hasta el punto de que, si se leen los créditos en las primeras páginas, no se encuentra el nombre de la persona que la ha diseñado. La editorial ha preferido salvaguardar su anonimato en prevención de que a algún descerebrado de ya se puede adivinar de qué tendencia ideológica le dé por perpetrar algún desaguisado.

– ¿Cómo ha conseguido el texto de la contraportada del Gran Wyoming?
– Pues a través del periodista y escritor Paco Espínola, amigo de Wyoming, que ha tenido la deferencia además de prestarse a presentar el próximo lunes mi novela, lo que nunca dejaré de agradecerle.

– ¿Desea añadir algo más?
– Solo un pequeño deseo: que quienes lean mi novela, e independientemente del sesgo emotivo (¿ideológico?) que ella adopta y del transcurso y los vaivenes de la historia que se cuenta, disfruten con su lectura. Esa es la finalidad que siempre persigo al escribir. Por eso cuido mucho mi prosa. La lectura no debe ser un sacrificio, sino un gozo.

 

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