Antonio Luis Gallardo Medina: «Cuando llega la vejez»

Dice un proverbio japonés que empezamos a envejecer cuando dejamos de aprender. Bueno, ayer, siempre ayer, escuché al profesor en clase decir que se es viejo cuando se empieza a decir «nunca me he sentido tan joven» y que cada etapa de la vida es maravillosa.
Y es cierto, de niño, solo piensas en jugar y tu mundo eres tú, para ti nada es malo, eres felizmente inocente; en la adolescencia descubres otro mundo, el de los amigos, el primer amor; luego posteriormente piensas que la vida aun es joven, terminaste la carrera, y empiezas a trabajar, te casas , tienes hijos, más o menos a los 40 empiezan de nuevo los cambios y tendrás que redescubrirte de nuevo, pero es hermoso, así cada vez sabes más sobe ti mismo; al envejecer, te das cuenta que la vida se te pasó en un rato, que a veces hiciste cosas que no debiste hacer, o que debiste hacer pero no hiciste, mas la vida te ha dado algo que nunca antes habías tenido, la experiencia, eso es lo hermoso de la vejez.

Mientras el profesor sigue con la clase, explicando los mecanismos fisiológicos y psíquicos que nos llevan a la vejez, mi mente va por otros caminos y pienso que la vejez hay que gozarla y vivirla de mil maneras, pero eso sí siempre con dignidad.

Si de joven fui rebelde, contestatario y luchador contra las dictaduras, las de espada y las económicas, que son peores, por tratar de abrir cabezas, explicando cómo es la vida; porque en la juventud, no se es sabio, y la sabiduría no se puede pasar de mano en mano. Ya desde niño intuía que los viejos, cuando son muy inteligentes, y ojo, son muy pocos, te pueden abrir el camino para que no tropieces con las piedras que tropezaron y cayeron ellos, eso me sirvió de mucho.

Tal vez porque mis abuelos fallecieron cuando yo tenía dos años y mi querido padre murió con 56 años, siendo yo aun un adolescente, siempre he tenido la necesidad imperiosa de acercarme a los viejos para tratar de aprovecharme cual esponja de sus sentencias y sapiencias.

Cuánto me hubiese gustado que hubieran conocido a mi mujer, mis hijas, mis nietos y, por supuesto, que hubiesen conocido cómo he llegado hasta este momento, con todas las dudas, inquietudes y ganas de seguir sabiendo todo lo que ellos no pudieron o no les dejaron mostrarme.

Ahora que soy abuelo, quisiera contar historias, cuentos, aventuras a mis nietos cuando están conmigo y tengo un problema porque jamás he memorizado los cuentos, lo mismo que las canciones, y cuando he tenido que hacerlo, es decir contarles cuentos o tararearles canciones, pues… nada que ver con el original.

Ahora que soy abuelo, quisiera contar historias, cuentos, aventuras a mis nietos cuando están conmigo y tengo un problema porque jamás he memorizado los cuentos, lo mismo que las canciones, y cuando he tenido que hacerlo, es decir contarles cuentos o tararearles canciones, pues… nada que ver con el original, y entonces me veo de continuo corregido por mi mujer y mis hijas; así que he optado por derivar hacia historias inventadas, total mis cuentos casi lo eran, o relatar acontecimientos de mi niñez y juventud pasados en Salobreña.

Nadie dijo que esto sería fácil, avanzar, madurar, cumplir con las metas, ser un hombre de verdad y llegado el momento de la vejez echar de menos aquellos rayos de sol cuando la penumbra empezaba a invadirlo todo en el silencio del atardecer, mientras mi padre sentado en el viejo banco de madera que había a la entrada de la cuadra donde se amarraban los caballos, liaba un cigarro.

Para terminar una frase… «Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado».

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