Blas López Ávila: «El hombre y la poesía»

 

“Con nadie yo luché; no fue preciso;
Natura fue mi amor, el Arte luego,…”
Walter Savage Landor

En estos días de tanto ruido, de tanta ponzoña y de tanto cretino, llega a mis manos “Umbral de invierno”, el último poemario de Enrique Morón: un oasis. Nada extraño para los que venimos siguiendo desde siempre la obra literaria del autor de “Cementerio de Narila”. Soy consciente de que de lo que les voy a hablar en este artículo sonará a algo que proviene de gente extraña, gente perdida sin remedio, gente estrafalaria y estrambótica. Hasta tal punto la poesía en particular y la literatura en general han quedado sepultadas en las catacumbas de la ignorancia y del desprecio.

Pero vayamos al grano: “Umbral de invierno”, a pesar de su división en cuatro partes, constituye –a mi juicio- un todo, que exhala el perfume de la buena poesía y en la que encontramos los temas que siempre han preocupado a los buenos poetas: el amor –en sus distintas variantes, incluida la amistad- el paso del tiempo, la naturaleza y la incertidumbre ante el destino final del hombre. En algún poema, no obstante, aparece algún asunto de lo que se denomina poesía social: “Mar Mediterráneo”. Con un dominio extraordinario de los recursos técnicos y estilísticos –no es este el lugar de entrar en tales detalles-, el poemario, tras su aparente sencillez, oculta un lirismo y una profundidad de pensamiento, de los que sólo son capaces los grandes. Y toda esa emoción lírica expresada a través de los símbolos. Como dice otro grande con voz propia, Manuel Ruiz Amezcua, “El pensar simbólico…es consustancial al ser humano: precede al lenguaje y a la razón discursiva. El símbolo revela ciertos aspectos de la realidad –los más profundos- que se niegan a cualquier otro medio de conocimiento”.

“A mis años me he dejado atrás cualquier tipo de academicismo. Ya he dejado de creer en géneros literarios, escuelas, tendencias… para distinguir sólo dos tipos de obras y autores: los que tienen algo que decir frente a los que no dicen nada”.

Con influencias más que evidentes de los mejores poetas de nuestra historia literaria –Bécquer, Machado…-, sin embargo Morón jamás se dejará influir por escuelas, tendencias o modas; siempre alejado de entrar en guerras literarias o conflictos poéticos con otros autores. Bastante tiene cada uno con lo suyo, pensará. De ahí que algunos pudieran pensar en la falta de modernidad de este “Umbral de invierno” –y de su obra en general. Nada mejor que recurrir a Juan Ramón para desmontar tal falacia: “La Poesía no puede nunca, aunque lo quiera, estar a la moda, porque la Poesía es la verdad y la moda la mentira.” Y es que las preocupaciones de la obra van por otros derroteros, que como muy bien señaló con suma sagacidad Pedro López, en su brillante presentación del poemario, ponen al descubierto “la fragilidad del hombre y del poeta”. A mis años me he dejado atrás cualquier tipo de academicismo. Ya he dejado de creer en géneros literarios, escuelas, tendencias… para distinguir sólo dos tipos de obras y autores: los que tienen algo que decir frente a los que no dicen nada. Y “Umbral de invierno” tiene mucho que decir, y dice. Es el conflicto entre la conciencia de ser frente a la consciencia de no ser, de ahí la angustia por el paso del tiempo que nos consume, como bien queda reflejado en los poemas “Tras los cristales” o “¿Adónde voy?” y que hablan muy a las claras no sólo de la “fragilidad” a la que Pedro López se refería sino, y lo que es peor, al desvalimiento del hombre ante su destino.

Enrique Morón con un ejemplar de su poemario ‘Umbral de invierno’ ::A.ARENAS

Raras veces Hombre y Poesía pueden desvincularse el uno de la otra sin mutilar al uno y a la otra. El caso de Enrique es paradigmático. Porque Enrique siempre ha sido un viajero, jamás un turista. Es lo que llamo un artesano del tiempo y de la vida –“Cada uno es hijo de sus obras”, que diría don Quijote- como artesanal, en el sentido más noble del término, es su poesía o, cuando menos, lo esencial de su poesía. De ahí que la Naturaleza juegue ese papel trascendental en este poemario: una fuerza telúrica que no sólo lo vincula al paisaje -a su paisaje- sino de la que brota un intenso lirismo fugitivo que tiende al aislamiento, a la soledad y al silencio al mejor estilo luisiano: “para vivir la paz de los senderos”, dirá en uno de sus versos. En palabras de Francisco Umbral estaríamos ante un lirismo subjetivo que “va de dentro a más adentro”.

He de reconocer que siempre que me enfrento a una buena obra, no digamos de poesía, son muchas más las dudas que me asaltan que las certezas que sedimento. Pero esto no excluye en absoluto el disfrute de la obra bien hecha y esta, sin duda, lo es. Disfruten intensamente, como yo lo he hecho, de este “Umbral de invierno”. Y piensen que esta Andalucía nuestra y esta Granada nuestra, tan madrastras, jamás rendirán tributo a aquellos que no estén de moda. Ya saben…

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