Wescenlao Carlos Lozano: «Nada me asegura que mi opción traductora sea la más apropiada»

«Fue una presentación estupenda de público y animación», indica el profesor Wenceslao-Carlos Lozano de la presentación de su último trabajo como traductor de ‘Ubu Rey‘, la obra de Alfred Jarry (1873-1907) estrenada el 10 de diciembre de 1896 en el Théâtre de L’Oeuvre de París. Como podría ser evidente la presentación se llevó a cabo en la librería granadina Ubú, de la calle Buensuceso, en cuyo acto el traductor estuvo acompañado el profesor emérito, crítico literario y ensayista español, Antonio Sánchez Trigueros y el escritor y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, Ángel Olgoso.

En su intervención Wescenlao explicó que «traducir a Jarry supone siempre un reto, y muy especialmente Ubú Rey al tratarse del texto más emblemático, y, por tanto, más representado y leído de un autor tan irrepetible en su unicidad y originalidad, acerca de cuya obra e influencia se han escrito miles de páginas a lo largo del siglo XX, y, sin duda, se seguirán escribiendo en el XXI».

También reconoció que cuando Alianza Editorial le propuso esta traducción aceptó «de inmediato, aunque consciente de lo aventurado del lance» y que para ello utilizó la edición de Maurice Saillet , a su vez basada en la original de Éditions du Mercure de France, 1896, y que, asimismo recurrió a las traducciones anteriores de Aymá Editora (1967); Ediciones Júcar (1976); Producciones Editoriales (1976); Bosch (1979), Bruguera (1980) y Cátedra, esta última con cinco reimpresiones entre 1997 y 2013. «No para plagiarlas sino para aprender de los aciertos ajenos y, de paso, asegurarme de lo que no debía hacer, contrastándolas a lo largo del primer acto para luego, ya sabedor de cómo me correspondía proceder, prescindir de ellas salvo para curiosear oportunamente sobre diferentes resoluciones de algunos de los muchos escollos que presenta el texto», aclaró.

En cualquier caso reconoce que «nada me asegura que mi ‘opción traductora’ sea la más apropiada ni tenga por qué ser del agrado de todos». También ha sido consciente de que «como toda obra que trasciende su contexto espacio-temporal de origen y que cada época reinterpreta a su manera por el hecho de ser adaptable y válida para todas, tanto en su idioma original como en sus traducciones y adaptaciones circunstanciales, Ubú Rey es un clásico de la literatura universal».

NOTA DEL TRADUCTOR

Traducir a Jarry supone siempre un reto, y muy especialmente Ubú Rey al tratarse del texto más emblemático, y por tanto más representado y leído de un autor tan irrepetible en su unicidad y originalidad, acerca de cuya obra e influencia se han escrito miles de páginas a lo largo del siglo XX, y sin duda se seguirán escribiendo en el XXI. Basta con un sondeo bibliográfico para comprobar que no hay autor relevante francés que no haya expresado en algún momento su asombro y admiración ante tamaño portento humano y literario.

Cuando se me propuso la empresa acepté de inmediato, aunque consciente de lo aventurado del lance. Señalo ya que todo lo traducido aquí procede de la edición de Maurice Saillet (Tout Ubu. Librairie Générale Française, 1962), a su vez basada en la original (Éditions du Mercure de France, 1896). De entrada, me hice con las traducciones anteriores que pude, en total cinco: Aymá Editora (1967); Ediciones Júcar (1976); Producciones Editoriales (1976); Bosch (1979) y la misma para Bruguera (1980) y Cátedra, esta última con cinco reimpresiones entre 1997 y 2013. Ello, no para plagiarlas sino para aprender de los aciertos ajenos y, de paso, asegurarme de lo que no debía hacer, contrastándolas a lo largo del primer acto para luego, ya sabedor de cómo me correspondía proceder, prescindir de ellas salvo para curiosear oportunamente sobre diferentes resoluciones de algunos de los muchos escollos que presenta el texto.

Desde luego, nada me asegura que mi «opción traductora» sea la más apropiada ni tenga por qué ser del agrado de todos. Así de riesgoso es el quehacer del traductor, a quien no solo corresponde garantizar la fidelidad al original, sino también mantener su nivel literario en otro idioma y otra época sin menoscabo de su intencionalidad ni de su aceptabilidad. Cierto es que el género teatral requiere a menudo, y por tanto permite una libertad de adaptación vetada, por ejemplo, a la prosa narrativa; como, sin ir más lejos, lo atestiguan estos distintos Ubú Rey, unas veces con tino, otras no tanto. Toda versión que se precie debe involucrar conjuntamente las funciones recreadora y recreativa de la obra, ya que tanto le incumbe divertir denunciando que denunciar divirtiendo si no quiere quedar en una plasta indigerible en vez de una sana incitación al regocijo crítico. Esto es algo que debe tener muy presente el traductor en el transcurso de su labor de reescritura, que no puede limitarse a un ejercicio de rescate pseudo-filológico de la letra en detrimento del espíritu que la anima. Dentro de esa lógica, las ocurrencias y provocaciones ―infracciones morfosintácticas y demás extravagancias idiomáticas― del texto original requieren de alguna adaptación ad hoc en la lengua de llegada, por lo que no es de recibo calcarlas mecánicamente pues la salvaguardia de su pertinencia obliga a menudo a aplicarlas, a modo de compensación, a otras palabras o secuencias textuales. Un principio que vale por igual, ya en otro nivel de actuación aunque al unísono, para el registro lingüístico, y por ende para la cohesión y coherencia del conjunto de la obra.

No siendo esta una edición con pretensiones filológicas, y habiendo por ello soslayado casi toda nota a pie de página, me limito a aclarar en este ―por el mismo motivo breve― preámbulo algunas opciones llamativas por su discordancia semántica, empezando por el tratamiento dado a ciertos nombres propios. En las cinco traducciones consultadas, Père Ubu deviene en «Padre Ubú» en tres casos, en «el seor Ubú» y «Tío Ubú» en los otros dos. Yo opto por esto último ya que, además de «padre» en sentido estricto, père es en ámbitos populares y rurales el equivalente de «tío» tal como lo define el DRAE en su cuarta acepción: «tratamiento que se da a la persona casada o entrada en edad. Usado ante el nombre propio o el apodo.». Como Ubú no es padre de familia ni tampoco sacerdote, el apelativo de «padre» no le corresponde en puridad, tratándose sin más de un calco del francés. Por consiguiente, Mère Ubu será la «Tía Ubú».

Arriba: Wescenlao flanqueado por Ángel Olgoso y Sánchez Trigueros. Portada de ‘Ubu Rey’, traducido por Wescenlao-Carlos Lozano para Alianza Editorial ::A. ARENAS

De entre otros ejemplos dignos de comentario, retengo aquí dos exclamaciones recurrentes en Tío Ubú como son De par ma chandelle verte! y Cornegidouille! La primera ha tenido por traducciones lo siguiente: «¡De por mi candela verde!» (dos veces), «¡Por mi verde velón!», «¡Por mi chápiro verde!» y «¡Por la punta de mi nabo verde!». Chandelle significa candela, vela o velón, y hay en ello cierta alusión fálica, como ocurre con otras expresiones ubuescas, de ahí la quinta de las aquí señaladas. La cuarta es una expresión castellana de enfado o disgusto cuyo origen ―con variantes como «¡Por vida del chápiro verde!» y «¡Voto al chápiro verde!»― se presta a interpretaciones en las que no viene al caso detenerse, pero que Ubú no solo utiliza estando enojado, por ejemplo cuando dice acto seguido: «ya soy rey de este país» o «por supuesto que me alegro». Como chandelle también designa coloquialmente las «velas de mocos» de los críos, que muy bien pueden ser verdes, y que esta es una imagen acorde con la escatología ubuesca, he traducido por la un tanto repelente exclamación: «¡Por mi moco verde!».

De Cornegidouille! cabe señalar que la corne (cuerno) remite de nuevo a lo fálico y que la gidouille (barriga en argot) ubuesca es motivo de sesudas disertaciones en patafísica como «matriz biológica, fundamento fisiológico y sede metafísica que ofrecen el advenimiento ontológico de la conciencia de Ubú», según dicen por ahí. Esta exclamación se ha traducido como «¡Cuernoempanza!», «¡Panzachorra!», «¡Cuernobandullo!», «¡Cuernopanza!» y «¡Cuernosgidorcilla!», variantes para dar y tomar a las que no me he resistido a añadir «¡Pijabandullo!».

Así pues, lo que resuena en toda traducción literaria es la voz del traductor, una voz transmisora de un sentido previamente enunciado en el texto original, pero asimismo propia, vehiculada en otro idioma y época; es decir, desde una percepción distinta de una realidad a la postre no tan diferente en razón de las constantes psicológicas del ser humano. En esto, Ubú Rey es un caso paradigmático si nos atenemos al cúmulo de vicios de comportamiento que exhibe, en especial los emanados del poder abusivo para perpetuarse, como ha sabido recrear tan magistralmente Albert Boadella con Els Joglars en Operación Ubú (1981), Ubú President (1995) y Ubú President o los últimos días de Pompeya (2001), sucesivas actualizaciones de una situación histórica concreta con una clara intención de denuncia y crítica del ambiente cultural circundante, y con un lenguaje teatral altamente cáustico como principal ingrediente para la sátira política.

En definitiva, como toda obra que trasciende su contexto espacio-temporal de origen y que cada época reinterpreta a su manera por el hecho de ser adaptable y válida para todas, tanto en su idioma original como en sus traducciones y adaptaciones circunstanciales, Ubú Rey es un clásico de la literatura universal. Por si hubiera alguna duda, ¿acaso no acaba nuestro prototípico personaje, en los tiempos en que esto escribo, de volver a las andadas aupándose esta vez, en su delirante megalomanía, hasta la más alta instancia del poder mundial? ¿Y acaso no está esta nueva baladronada pidiendo a voces ser llevada cuanto antes al teatro bufo?

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