Ángeles García-Fresneda: «Manresa, 1979»

Aunque la actualidad no me concierne, reconozco que ni bajo el cimborrio de la catedral de Burgos, ante la tumba del Cid Campeador y de doña Jimena, se puede una evadir del ‹‹procés››. A finales del verano, en Hontoria de Valdearados (Ribera del Duero, Burgos) con Pilar Charles, mi maestra, que vino a Granada en 1967 pero conserva allí la casa de sus padres con su ermita románica y su bodega (pocos lugares habrá en Europa tan hermosos y acogedores, tan densos en arte, sugerencias literarias e históricas como estas comarcas despobladas de Castilla), una colega de Motril iba todo el viaje hablando de “los catalanes” con la terminología hostil de Jiménez Losantos, con cuya minerva se satisface los despertares. Una señora mayor, hija de madre de Covarrubias y de padre de Pont de Suert, que compartió con ella el asiento de atrás para ir a la Laguna Negra, llegó a pedir disculpas por responder una llamada en catalán. Una tensión primitiva y feroz se mascaba en el aire cerrado del habitáculo. 

“Nos confortábamos del desencanto político con las delicias del amor y estudiando oposiciones, algunos trabajando, y cogiendo tomillo por el campo para digerir nuestra ira contra los acomodaticios del PSOE y PC que habíamos dejado en Granada, en el Cebollas, posicionándose”.

Hace unos días, mirando unas escrituras, apareció el nombre del que fue mi domicilio durante un par de años en Cataluña. No conservo fotografías de aquella casa, ni he querido preguntar a los que vivieron en ella, pues quería recordar a solas con el Google Maps: una casa grande en la última calle de la ciudad, adosada a un montículo y, quizá, un mirador sobre huertos. Ahí está. Casi intacto todo. No recordaba el nombre de Pica d´Estats, la calle por donde bajábamos al centro. Un grupo de veinteañeros en la calle Montalegre, en Manresa, el centro —el ‹‹cor››— de Catalunya; era muy estimulante llegar a una ciudad donde se hablaba otra lengua y donde todo nos parecía exótico. El Òmnium Cultural nos ofrecía amablemente clases de catalán, no obligatorio todavía; antes de que la derecha nacionalista se apoderara de cultura y lengua para normalizarlas y —de paso— medrar. Nos confortábamos del desencanto político con las delicias del amor y estudiando oposiciones, algunos trabajando, y cogiendo tomillo por el campo para digerir nuestra ira contra los acomodaticios del PSOE y PC que habíamos dejado en Granada, en el Cebollas, posicionándose. Manresa era, y es, una ciudad espléndida, con su Seu gótica del maestro Berenguer de Montagut y su pasado industrial textil, que pobló la ciudad y las riberas del río Cardener de arquitectura modernista.

Íbamos en bicicleta a visitar los pueblos de la comarca del Bages y hacíamos paradas en los altozanos para mirar la silueta del macizo de Montserrat. En Sallent comíamos caracoles; en este pueblo estaría dando entonces sus primeros pasos Anna Gabriel, que me recuerda a mí antes de sentar cabeza: ‹‹épater le buorgeois››, tocar las narices (especialmente al patriarcado machista); así, mi matrimonio fue —creo— el primer matrimonio civil que se celebró en Manresa y el juez nos dijo de todo, porque ni vio familiar alguno ni iba yo vestida para la ocasión y el contrayente y dos o tres amigos suyos que ejercieron de testigos, menos.

Jóvenes soñadores del mundo, seguid perturbando; seguid buscando, aunque sea desatinadamente, un ‹‹nosotros›› en este tiempo donde el ‹‹yo›› se desvanece. Y que no se rompan los secretos hilos entre las generaciones. La vieja Wislawa Szymborska escribió en su poema Utopía: A pesar de tantos atractivos la isla está despoblada,/ y las pequeñas huellas de los pies, reconocibles/ en la orilla, se dirigen todas, sin excepción, al mar…

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ÁNGELES GARCÍA-FRESNEDA 

 

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