Antonio Ubago: «Usos cambiantes en la recolección de la aceituna»

Un escudo heráldico es el más idóneo conjunto de símbolos para representar los rasgos distintivos de una colectividad. El emblema de Güevéjar ofrece, como elemento central y más significativo, el olivo, el árbol fundamental en nuestra cultura desde hace miles de años como base para la alimentación, como fuente de salud o como medicina, al tiempo que hace referencia a la tradicional riqueza del entorno, la economía basada en el olivar que siempre ha constituido la base fundamental de la actividad económica del pueblo y el absoluto predominio arbóreo del paisaje. A poco de introducirse el caminante en el campo, ejemplares centenarios o milenarios lo circundan y conforman en torno a él un marco de muestras antiquísimas que le hacen mirar con veneración estos testigos mudos de la historia.

Escudo de Güevéjar (Granada)

De niños, ayudábamos a nuestras familias en las tareas de la recogida de la aceituna los fines de semana y vacaciones de Navidad y de adolescentes y jóvenes, nos incorporábamos a las cuadrillas de los cortijos a ganar el jornal como adultos, con igual salario y consideración. La economía familiar se veía así complementada, algunas compras y adquisiciones podían hacerse con mayor facilidad, y los estudiantes, que no eran demasiados entonces, solían acumular una reserva económica significativa que prácticamente hacía poder terminar el curso escolar con cierto desahogo por ser austeros los estilos de vida de aquellos alumnos y comedidas sus costumbres consumistas.

Era tradicional que la recolección de la aceituna se iniciara por la Inmaculada y con posterioridad comenzara la campaña en los cortijos que circundaban Güevéjar; era razón importante que la variedad mayoritaria de la aceituna de estos era la hojiblanca, más tardía de cosecharla. Solía durar la temporada hasta marzo. Frente a las cada vez más cooperativas que apuestan por la recolección ultratemprana y temprana, otros olivareros siguen prefiriendo cosechar más tarde para obtener un mayor rendimiento graso. La rapidez en el transporte de la aceituna a la almazara, que ahora se valora como factor primordial, no se consideraba hace medio siglo de mayor trascendencia, ni la prontitud ni el estado de la conservación de la aceituna antes de entregarla al molino, pudiendo permanecer a la espera, al menos, hasta terminar la jornada y llevarla toda junta o guardarla en casa hasta que acababa la recolección, se llevaba toda a pesar. La situación extrema podía darse con los grandes productores que iban descargando a diario en la pila la aceituna recogida cada día durante dos o más meses hasta que al término de la campaña, se acarreaba toda entonces.

Generalmente no era admitida una mujer sola en el tajo, precisaba llevar un vareador. Las cuadrillas se componían de igual número de trabajadores de ambos sexos con tareas específicas. Cada una de ellas se encargaba de una hilera de árboles y, en cierto modo, se establecía rivalidad según el ritmo de avance de la faena. Las mujeres recogían los suelos y cambiaban las ‘mantas’ de olivo cuando ya se había vareado; la aceituna, entonces, contrario a la no necesidad de limpieza actual, con los tallos y hojas recogidos se cribaba en la zaranda o lanzando puñados al viento contra una manta sostenida por piquetas.

Los niños disponían de un recurso eficaz y al alcance de la mano, nunca mejor dicho, con el que satisfacer la necesidad de chucherías, dulces o pequeños caprichos: la rebusca, la búsqueda de la aceituna que quedaba en los campos después de recogida la cosecha. La astucia y la pillería facilitaban a veces la tarea con la realización de algún escondite, un hoyo en el campo aún con la cosecha que se llenaba de aceituna, se tapaba disimuladamente y cuando ya estaba recogido, se procedía a vaciarlo con toda calma.

“Ojalá siga siendo el olivo, el árbol central, el eje del mundo, el símbolo del hombre universal cuyo fruto, decimos con el clásico, sea lámpara para mis ojos, bálsamo para mis heridas y energía para mi cuerpo”.

La palabra mangurrino no está registrada en el Diccionario. Es de variado significado según distintas regiones, tratándose fundamentalmente de un insulto jocoso de la España rural con el que se hacía alusión a los trabajadores temporeros del campo, extremadamente pobres, forasteros, infelices, poco apreciados por competidores del trabajo y, por tanto, de muy escaso prestigio social. El recuerdo de estas personas me evoca ternura y he querido, por eso, recordarlos.

Un aspecto de la campañas de la aceituna, fuera la de verdeo a partir de septiembre o se tratara de la de invierno, se caracterizaban por la alegría que distinguía a los aceituneros en el tajo. Canciones, chascarrillos, piques, chismorreos y disputas graciosas, bailecillos, lances de amor cruzados y sugeridos, patrañas, cotilleos, búsqueda de novio…, todo surgía espontáneo y divertido o, en ocasiones, mordaz; para todo había tiempo y todo tenía su momento.

Está tan en boga la gastronomía, los cocineros famosos son personalidades de tanta relevancia, que se quiten ante ellos filósofos o antropólogos; el tema omnipresente y trivializado de los fogones ha entrado en dimensiones de tanta altura que este mundo superficial y frívolo ha llegado a ser pretexto de relación social sobre cualquier otro tema, y los concursos infantiles de televisión sobre cocina, que aborrezco, hacen que mis recuerdos de las comidas en la aceituna se magnifiquen, se hagan imborrables y continúen siendo referentes imperecederos en mis menús domésticos habituales.

El de la aceituna es ya en nuestro presente otro mundo; casi todo ha cambiado, la mecanización ha sustituido los usos manuales. Son ya empresas de mayor o menor envergadura las que se ocupan de toda la actividad. Pero de una u otra forma ojalá siga siendo el olivo, el árbol central, el eje del mundo, el símbolo del hombre universal cuyo fruto, decimos con el clásico, sea lámpara para mis ojos, bálsamo para mis heridas y energía para mi cuerpo.

Antonio Ubago, 01.XII.15

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