A Don Cristóbal Píñar, en el momento de su jubilación

 

Hoy se jubila Cristóbarl Píñar, profesor del Colegio Santo Tomás de Villanueva (Agustinos), después de 40 años dedicados a la enseñanza. Con tal motivo algunos de los que fueron sus alumnos (Benito Mirón, Manuel Ruiz Martínez-Cañavate y Javier Ríos Valverde) le dedican unas emotivas palabras, en las que ponen de  manifiesto hasta qué punto les ha marcado su magisterio.

Cristóbal Píñar, un profesor con personalidad y vocación, por Benito Mirón Pozo

Hay profesores que por personalidad y vocación impregnan totalmente el Colegio donde trabajan. Don Cristóbal es y será siempre Agustinos y generaciones y generaciones de alumnos cuando recuerden su colegio se acordarán siempre de su profesor de Lengua y Literatura. Cuando día a día intentas que tu trabajo sea algo más que eso, un simple trabajo y pasas esa delgada línea de lo convencional para hacer algo diferente, con la sana intención de que las cosas sean mejores, acabas dejando huella en tus alumnos.

Don Cristóbal no sólo era la elegancia en las explicaciones, el rigor y el gusto por las cosas bien hechas, el buscar permanentemente la excelencia en el mejor sentido de la palabra y el tratar de motivar hacia ella… es decir, no sólo era un profesor brillante en clase, en lo académico, si no que traspasó esa línea que lo ha inmortalizado para siempre en el cariño de los que tuvimos la suerte de ser sus alumnos.

Recuerdo su dedicación a la revista del colegio, un proyecto que germinó gracias a su ilusión y que seguirá, esperemos que para siempre, siendo ese primer escenario donde muchos alumnos estrenan su vocación periodística o al menos dan sus primeros pasos en eso de la comunicación. Recuerdo como consiguió montar un grupo de teatro entre Agustinos y Regina Mundi, embarcando a chicos y chicas de 16 años en una aventura con final en representación multitudinaria que se hacía fuera del horario de clase y que seguramente consigue que las palabras enseñar y motivar adquieran un significado pleno. Y recuerdo un viernes por la noche cerca de las diez, terminando de poner los textos a las carocas para la semana cultural del Colegio…

Ahora que el tiempo ha pasado y donde en muchos aspectos ves la vida con cierta distancia, valoras todas esas horas fuera del horario de aquel profesor de Lengua y toda la ilusión que ponía en conseguir que estudiar Lengua y Literatura tuviera ese mágico detalle de intentar algo diferente, y de llegar, llegar de verdad a sus alumnos. Lo que queda no son sólo lecciones de Literatura, son enseñanzas de vida. Muchas gracias Don Cristóbal por tanto y tan bueno.

A don Cristóbal, por Manuel Ruiz Martínez-Cañavate

Querido MAESTRO:

Estas líneas son fruto del recuerdo y la presencia vivos en el corazón y del agradecimiento eterno por tantas semillas sembradas. En tus clases -especiales, diferentes- aprendimos el gusto por la literatura. Nos sumergimos en los clásicos y reforzamos nuestra pasión por la lectura.

Dice San Agustín que “sólo se ama lo que se conoce” y tu modo de enseñanza es ejemplo del gran Padre y Doctor de la Iglesia. Y es que tu pasión por nuestra lengua y por los escritores que la han cultivado marca tu modo único de transmitir. Tu vocación evidente ha hecho de ti un gran maestro.

Antes de que fueras nuestro profesor, ansíamos llegar a 3º de BUP, sabiendo ya que nuestra opción era “letras”, en el deseo de “jugar a periodistas”. Tú nos mostraste el “espíritu” de esa pequeña gran redacción que formamos un año de nuestras vidas. Nos insuflaste el gusto por las reuniones preparatorias. Tú me convertiste en editorialista. Dejaste resquicio a nuestros primeros versos, entrevistas y reportajes. Un aliento que todavía perdura y, que inspira hoy nuestros trabajos y cometidos profesionales.

Por eso hoy, mis artículos y colaboraciones en diferentes revistas y en diferentes contextos -profesional, pastoral- beben de algún modo de aquellas primeras letras que comenzamos a trazar contigo.

Y mis informes orales buscan la precisión de la palabra y la expresión oportuna. Algo tiene que ver con esas primeras correcciones y aquellos incipientes alientos.

 El profesor que me entregó aquella hoja suelta, por  Juan Carlos Friebe

Señor, no sabe, pero quiero sepa
que usted apareció por mi colegio
hacia mil novecientos, tal vez, ochenta y cuatro
junto a, probablemente, un buen amigo,
con la sana intención de recitar sus versos
contra un nutrido grupo de bachilleres díscolos
francamente felices de perderse
una hora de clase en matemáticas.

Baso el primer acaso en la hoja suelta
que nos proporcionara el profesor
al entrar en la sala de filminas,
que a dos columnas –una por autor-
reseñaba sucintamente vidas,
libros, premios, y algunos juicios críticos
sobre sus respectivas creaciones poéticas.

En ella observo –la conservo aún,
qué cosas- que Es cielo y es azul
se publicó aquel año, de manera
que puedo dar también por buena dicha fecha,
pues ninguna otra obra sucedía
a la obra susodicha en el listado.

Así comienza uno de los poemas de la sección La educación sentimental del que fue mi no del todo infame tercer libro, “Aria contra coral”. En el texto se habla de Miguel D´Ors y Vicente Sabido, los dos primeros poetas a quienes escuché recitar sus versos en nuestro colegio, los Agustinos. También se mencionan, de paso, Bécquer, Lorca, Alberti, Cernuda o Aleixandre, “El jardín extranjero” de Luis García Montero, e incluso a Ovidio. Y entre tantos nombres insignes en ese texto también aparece, aunque no se le mencione expresamente, quien en buena medida hizo posible que yo escribiera ese poema, D. Cristóbal: el profesor que me entrega en la entrada de la sala de proyección de diapositivas esa “hoja suelta” que aparece a partir del noveno verso, es él. Y él quien hizo posible aquel encuentro con las voces más jóvenes y vivas de la poesía de nuestra ciudad, que despertaron la búsqueda de la mía, como es público y notario, para desgracia de nuestras letras pasadas, presentes y futuras, pero no por demérito suyo.

Fui un pésimo alumno, en líneas generales, y estuve muy cerca de perderme en los laberintos de una infancia muy compleja, una pubertad errátil, y una adolescencia conflictiva en la que el Sol no anduvo lejos de salir por Antequera. Pero la lectura salvó mi vida gracias a todos los que me enseñaron, en mi juventud, lengua y literatura. Especialmente, sin conocerme siquiera, Don Cristóbal.

Él me publicó mi primer poema, cuando yo tenía doce años: un poema en el que tras asesinar a varias personas –a esa edad yo ya me había leído casi todos los libros de Agatha Christie- me suicidaba como Hércules Poirot en “Telón”. En casi cualquier otro centro educativo del planeta, me hubieran mandado al psiquiatra en lugar de publicarme en la “revista” del colegio, “Moaxaja”, un puñado de folios grapados con las mejores intenciones, en la que muchos amigos escribían, y escribieron, antes de llegar como –es solo un ejemplo- a ser finalistas del Premio Adonais: como Enrique Ortiz.

Fue mi hermano quien le hizo llegar aquel primer poema. Sin conocerme aún siquiera, lo publicó. Y a pesar de mi terrible fama adolescente, me hizo colaborar activamente en la redacción de su revista. Y de su revista aprendí a hacer todo lo que, en cuanto me fui del colegio, viví en la vida real de entonces: la creación de fanzines de música y literatura. No solo me dio armas de expresión, o de creación: también me enseñó los rudimentos de la producción. Sus alumnos podíamos crear nuestras propias revistas, articuladas alrededor de nuestros propios referentes: jamás, que yo sepa, se ejerció la censura en aquella publicación en un colegio, no lo olvidemos, gobernado por sacerdotes vascos y navarros, en su mayoría, en unos tiempos en los que nuestra joven democracia se sostenía, apenas, con muletas. Al menos yo, no sé otros, siempre escribí –en general solo regular- desde la libertad más absoluta.

Queriendo hablar de aquel profesor que me entregó aquella hoja suelta al entrar en la sala de filminas, queriendo hablar de ti, Cristóbal, ya se ve, ay, termino hablando más de mí que de cuanto aportaste a mi vida. Pero no me parece del todo desafortunado que haya sido, al final, así, por más que no haya dado en mi vida un paso que no me parezca errado: los buenos, los excelentes profesores, nos traspasan, sus enseñanzas nos calan hasta que, sin querer, las hacemos nuestras: después, cada cual se equivoca lo mejor que puede, o sabe, o le dejan. Ojalá te sientas, al leer estas líneas, tan orgulloso de mí como yo me siento de que me enseñaras, más allá de la literatura, a expresarme en libertad y a sentirme responsable de cada palabra que dejé escrita, para lo bueno o para lo malo, en cada poema.

Vaya en tu honor cuanto sea digno en mi poesía: en mi desdoro, cuando no lo fue.

Una persona importante en mi vida, por Javier Ríos Valverde

Te deseo siempre lo mejor porque eres una persona que ha sido importante en mi vida. No sólo me enseñaste como profesor sino que me hiciste valorarme como persona. En una adolescencia en la que uno anda sin saber cual será su camino y en la que cosecha más fracasos que aciertos, tus consejos, tu valoración de mis inquietudes literarias, de los poemas que por entonces escribía, de mis ansias por leer supusieron un refuerzo muy grande en mí. Me ayudaste a crecer como hombre, como persona inquieta y crítica, como estudioso que aspiro a ser de cualquier materia de humanidades e incluso de otras ramas . En fin, quiero darte las gracias por haber sido mi Maestro (uso esta palabra porque para mi es la más grande) y quiero dejar mi testimonio para que sepas que lo que sembraste como profesor hace muchas décadas encontró tierra fértil y dio sus frutos. La labor de un docente tiene dos vertientes. A corto plazo los resultados serán mejores o peores. Eso depende sobre todo del alumno, porque aunque un buen profesor saque agua del desierto, si el alumno no quiere…

Pero a largo plazo, en lo que es la vida con mayúsculas, el trabajo de un buen profesor germina y florece. Y ahí también te doy las gracias porque tu labor docente se ha proyectado en el futuro y ha dado frutos. Te debo una buena parte de lo que soy como persona. Quiero que sea para ti una celebración muy especial. Pero aunque te jubiles de derecho seguirás siendo nuestro profe de facto. Un abrazo.

«Ser maestro es de las profesiones más completas, trascendentes y serias que hay»

por Antonio Arenas

Cristóbal Píñar, montejiqueño de nacimiento, con diez años sus padres le llevaron a un campamento de la Alfaguara, y al no tener medios lo metieron en los Redentoristas de Santa Fe, donde estaría cuatro cursos. Luego dio el salto a San Lorenzo del Escorial donde permanecería otros dos años y posteriormente a Astorga (León) donde realizaría COU. Después regresaría a Granada. Aquí estudiaría primero de Teología y en segundo, coincidiendo con el ‘calendario juliano’ impulsado por el ministro armillero Julio Rodríguez Martínez, hizo que comenzara el curso universitario en enero. Se salió de la orden y comenzó a estudiar Filología Hispánica, primero en el Hospital Real y luego en el Palacio de las Columnas. Quinto de Filología lo realizó en la nueva Facultad del Campus de Cartuja. Mientras su novia, Mª Carmen Pérez Soria, había sacado oposiciones por lo que se plantearon casarse y el mismo día de la boda un compañero le preguntó si quería trabajar en el centro en el que ha estado 40 años, el Santo Tomás de Villanueva. Casado y con tres hijos, Ruth María, Miguel Ángel y Esther.

Los recuerdos de los primeros años son «un poco agobiantes y duros» por la intensidad con la que se trabajaba y que le faltaban horas para preparar las clases. Impartía clases en 8º de EGB, 2º y 3º de BUP. Con el paso del tiempo te das cuenta que la formación de la Facultad no era suficiente y a pesar de haber realizado el CAP no era suficiente. «He tenido la oportunidad de poder impartir, Lengua y Literatura, la asignatura afín para la que me había preparado», de la que comenzó dando 29 horas semanales de clase. Muchísimas vivencias se acumulan en su memoria, para quien la palabra maestro es algo muy importante y exige estar muy preparado en todo. Humilde donde los haya pues «no somos dioses, somos personas de carne y hueso que nos equivocamos como todo el mundo». Cuando le pedimos que cuente alguna vivencia que le haya aportado el desempeño de su profesión nos comenta la de Javier Ríos, en la actualidad notario de Linares por la facilidad para escribir muy bien y al que se ganó con la lectura pública de uno de sus poemas.

Una de sus «criaturas» es la revista en el colegio, ‘Moaxaja’ fundada en 1979, cuyo primer número saldría por Navidad. Gracias a su equipo de redacción, primero de periodicidad bimensual, luego trimestral, y en la actualidad anual, pasando de la primera impresión a multicopista, luego a un DIN A 5, gracias a la Asociación de Padres se introdujo la portada en color y ahora todo en color. Ha escrito mucha gente, como el periodista Fernando Díaz de la Guardia y se ha dado difusión a muchas de las otras actividades que también ha organizado Cristóbal en su centro: escenificaciones teatrales, certámenes poéticos, encuentros con autores, carocas,…

En cuatro década Cristóbal ha visto la evolución la educación que considera «ha cambiado bastante». Y por eso en la mañana que le hacemos la entrevista que ha dedicado a recogiendo cosas y tirar papeles, no puede evitar que le invada «una nostalgia enorme, pues romper un papel que tanto trabajo me ha costado me ha hecho sentido muy mal. Son jirones del alma, pero eso ya no sirve, lo releo y me voy a aquella época, es un flash-back continuo y cuesta mucho». Ahora comienza una nueva etapa en la que no tendrá que guiarse por una programación, ni madrugar para estar a las 8 a pie de aula. Se dedicará a ver crecer a sus nietos y también le gustaría viajar más. A quien desee ser maestro les dice que «es de las profesiones más completas, trascendentes y serias que hay».

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