Antonio Luis Gallardo Medina: «Pueblo blanco»

Cantaba Joan Manuel Serrat… “Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco, bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar, se olvidó de llorar” y creo no describe en nada a Salobreña, pues en lo único que se podría parecer es colgado en lo alto de una peña, pero en cuanto al mar lo inunda todo hasta hacerle desbordar.
Cuando se pasa junto a Salobreña, aunque sea por la vetusta y desvencijada carretera N-340, el viajero no puede dejar de asombrarse ante la blancura de su paisaje. En la provincia hay tierras de muchos colores: es verde el Valle de Lecrín, es roja por la Alpujarra, es sepia fuerte por Guadix y Baza, y gris por Huéscar. Pero es blanco, inmaculado, por Salobreña. La tierra es fértil, las plantas se deslizan sobre la tierra, como a punto de salir, con todas sus flores.

Tiene Salobreña un aura de santidad y lentitud. Mucha historia, a pesar de haber estado fuera de cualquier camino. Y muchas leyendas, muchos sueños que brotan, como fuentes, en el corazón sensible de sus gentes. Ese castillo recuerdo de Reinas Moras prisioneras y de amor lejano. Como mimetizado entre los campos que le rodean, el pueblo de Salobreña, también es de color blanco. Encaladas las fachadas de sus casas, corrales y monumentos. Es blanco el aire, blanco el cielo a fuerza de luz que de él cae, blanco el pavimento de sus empedrados.

Pero aún me cuentan en Salobreña otra leyenda, que algunos dan por buena, aunque tenga visos de ser un disparate, sin pies ni cabeza, como el protagonista del relato.

“Manuel, el señor que me la contaba, me prevenía que me proteja más de los tontos que de los malvados. Porque a estos se les ve venir, y al final siempre acaban perdiendo, mientras que los primeros pueden llegar a convencer con sus beatíficas propuestas, pero al cabo se despeñan y con ellos van detrás todos los que se confiaron”.

Manuel, el señor que me la contaba, me prevenía que me proteja más de los tontos que de los malvados. Porque a estos se les ve venir, y al final siempre acaban perdiendo, mientras que los primeros pueden llegar a convencer con sus beatíficas propuestas, pero al cabo se despeñan y con ellos van detrás todos los que se confiaron. Algo así pasó en lo alto del Castillo de Salobreña, que era un lugar poderoso y altivo, poblado de guerreros musulmanes, que llegaron a España muchos siglos atrás, desde el África.

Reinaba en Granada un rey moro que se llamaba Mohamed y al cual sus súbditos apodaban “El Hayzari”, que significa “El Zurdo”. Algunos cronistas opinan que ese apodo se debía a que era, en realidad, zurdo, es decir, mucho más diestro con su mano izquierda que con la derecha; pero otros, en cambio, afirman que se lo habían adjudicado porque jamás conseguía hacer nada a derechas y su reinado fue un cúmulo de desastres y contrariedades.

El rey tuvo tres hijas y a las tres encerró. Siguió pasando el tiempo. Hasta que, un día, el monarca recordó las palabras de los astrólogos y a pesar de que las princesas eran todavía niñas, se dijo que era mejor prevenir con tiempo los acontecimientos y decidió enviarlas a un castillo alejado de la corte. Su nombre era el castillo real de Salobreña y estaba situado en el interior de una fortaleza mora, casi totalmente inexpugnable.

La mayor (habían nacido con tres minutos de diferencia la una de la otra) se llamaba Zaida y era muy inquieta e intrépida, así como también sumamente curiosa y amiga de conocer hasta el fondo todas las cosas.

La segunda se llamaba Zoraida y era amante de la belleza. Por eso, sin duda, sabiéndose hermosa, gustaba de contemplarse durante largos ratos en el espejo de su habitación, o en las tranquilas aguas de los estanques que adornaban los jardines del palacio.

La pequeña, llamada Zorahaida, era extraordinariamente tímida y dulce.

Pasó el tiempo y un buen día mirando por las almenas del Castillo, vieron como tres jóvenes cristianos morenos de tez y apuestos a más no poder hacían lo posible por escalar la ladera del castillo y poder observar tanta belleza allí encerrada.

La historia continúa por otros derroteros más de película, pero a mí me la contaron con un final muy triste, ya que las tres princesas mueren de amor por aquellos tres cristianos, que para más señas eran hijos de Salobreña. A partir de ahí se inicia una relación en que todos los vecinos han tenido la oportunidad de ser protagonistas. Los sueños se hacen realidad y se cumplen, solo hay que desearlos de verdad.

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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