Antonio Luis Gallardo Medina: «El sueño de un yayo flauta»

Érase una vez un hombre Jubilosamente Jubilado, que entre otras muchas cosas le dio por hacer; al tener tanto tiempo libre, ponerse a escribir, bueno escribir es algo muy fuerte, diríamos que se puso a juntar letras para intentar recopilar todos sus recuerdos, memorias y sentimientos, antes que el tiempo o la enfermedad, se los llevará al lugar de nunca jamás.

 

Con el paso de los años, algunos de estos relatos fueron tomando forma y se recopilaron en un carpetón llamado “Relatos de mis entretelas”, después vinieron “Comentarios veraniegos” y así poco a poco, este pobre hombre intentaba expresar todo aquello que recordaba y veía de su pueblo, de sus gentes, de su vida en general.

Pasó el tiempo y sin saber cómo ni porqué, un día apareció una carta suya en el periódico de su ciudad y ¡oh sorpresa!, todo el mundo se alegró, bueno no todos. El caso es que siguieron apareciendo cartas y colaboraciones suyas en el mismo periódico; casi todo el mundo las comentaba, algunas semanas llegaron incluso a publicar tres en una sola semana. Después vinieron entrevistas y otro tipo de colaboraciones.

Comentarios para todos los gustos, que por qué no tienes una sección fija, que pronto te harán del periódico, etc., etc. Sin saber nadie, excepto su familia y círculo más cercano, que a este buen jubilado le importaba tres pepinos y un rábano todo ese jolgorio. Él solo quería seguir juntando letras y contando a los cuatro vientos lo que pensaba y sentía.

“Qué equivocados están, si al menos se hubiesen molestado en saber qué piensa, cómo siente y qué padece, se hubiesen llevado una gran sorpresa.”

Hay que reconocer, que es un poco raro, pues le gustan las cosas muy sencillas, le gusta su familia, sus amigos, la taberna, el vino y el comer. Fíjate si es raro, que a sus años, se apuntó hace ya seis la Universidad para Mayores y eso sí, su escala de valores es totalmente distinta a la que se estila hoy día.

Pues bien, a lo que iba, sin comerlo ni beberlo, se vio envuelto en un argumento de película de género truculento, pues de ninguna otra manera se puede catalogar este género. Ya que ante tanto alboroto había formado, que se creó “el comando caballa”, que no confundir con canalla, pero que se dedicaron a entablar relaciones con personas de la redacción del periódico para boicotear y ver cómo parar tal avalancha de participación del pobre diablo.

Artistas, escritores, políticos, decidieron aunar esfuerzos para callar a este viejo ruiseñor. Pobres míseros y miserables, sin saber el bien que le hacían, pero claro ellos nunca vendían una obra, un libro ni siquiera convencían a sus correligionarios. Mientras el Jubilosamente Jubilado sin saber cómo ni porqué llegaba a más gente que ellos con todo su fatuo prestigio.

La historia está inacabada, pues “el comando caballa”, que no canalla, sigue apostando fuerte por callar y maniatar a este yayo flauta; pero qué equivocados están, si al menos se hubiesen molestado en saber qué piensa, cómo siente y qué padece, se hubiesen llevado una gran sorpresa.

Mientras el senil anciano sigue con sus cosas, con su gente y por supuesto sin saber juntar palabras, pero al menos es feliz intentándolo.

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