Antonio Luis Gallardo Medina: «Soñar en Salobreña»

Después de haber tenido la gran suerte de ser el pregonero de las fiestas de mi pueblo, he llegado nuevamente a este lugar, la misma calle me recibe, las mismas casas de toda una vida, los viejos adoquines en la calzada siempre llaman poderosamente mi atención. Algunos rincones por aquí, por allá, dando calidez al paisaje. Camino, observo, me detengo, busco con la mirada, recorriendo este lugar como si fuera mío. Me encuentro a gusto en este sitio, será porque nadie me ve ni percibe que he vuelto. Siento que sigo la huella, y estoy en el lugar donde siempre estuve.

 

Siempre digo lo mismo, cualquier día me vuelvo a vivir aquí, me encanta la libertad que disfruté cuando era niño, adolescente, cuando me sentía seguro.  La calle Cristo, el callejón de mi abuela Laura, la fuente de Andrés Díaz, el Portichuelo, la Fábrica Nueva, las excursiones al monte Hacho. Se me junta todo, grandes y chicos, niñas y niños que viven aventuras increíbles. Meriendas en cualquier casa, de alguna manera, cada madre es madre de todos y un pedazo de pan con chocolate o aceite con azúcar no se le niega a nadie. Yo disfrutaba un montón de mi pueblo, no quiero que mis nietos se lo pierdan.

Subiendo por la calle Cochera, la propia calle se deja ver desnuda ante mis ojos y contemplo todo sin perder detalle, calle antigua como mis sueños. Trato de imaginar cuantas veces haber pasado por aquí, cuantos pasos de un lado a otro quedaron registrados, esas carreras con la rosca de pan comprada en Casa Jesús simulando un volante, derrapajes, curvas, hasta llegar a mi calle Cristo. Calle de mis amores, de aceras anchas, cómodas, calle principal, de parada de Autobús y Taxi, la fragua de Marino, la tienda de Pepe Hernández, el bar del Puga, el Ambigú. Podría recorrer cada rincón de esta calle mía y la cámara de la memoria captaría momentos felices en blanco y negro. Siento hambre en el corazón y sed en el alma. La boca saborea miel hecha tristeza por todos aquellos seres queridos que ya no están conmigo. Termino de llegar a la plaza del Ayuntamiento, pues para mí siempre será la Plaza, lugar de mis raíces, donde viví y me he criado, donde di mis primeros pasos como niño siendo un mozuelo que apenas levantaba un palmo del suelo, con sus calles muy estrechas y empinadas, no aptas para circulación de vehículos, me dejan como un recuerdo inolvidable en mi memoria para siempre que con añoranza morirá el recuerdo de aquel niño tímido, travieso y que estudió en la escuela de doña Nati.

“He de ser valiente, aunque solo sea por una vez, quiero y debo cantar todas las bellezas que adornan mi Salobreña del alma, esa que me enamora y al mismo tiempo entristece”.

Aun retengo en mi memoria aquellos campos fértiles llenos de caña de azúcar, produciendo toda clase de hortalizas, aquellas higueras con aquellas brevas, riquísimas de comer, los almendros con una salud envidiable en un paraíso con aire puro sin contaminaciones. Recuerdo aquellas tardes de verano caluroso cuando bajaba a la playa con mi primo Pepe Luis, escoltado por las cañaveras, verdes y fuertes adornando el camino ambos lados, donde el agua de los balates estaba verde y el croar de las ranas era nuestra delicia. Y por las noches en esos tiempos veraniegos sentados en la puerta de mi casa o en la esquina de mi tía María o Teresica, los jóvenes en el suelo haciendo grupo con la familia o vecinos, escuchando los relatos de los mayores llenos de sabiduría, ningún ruido, ningún coche , la calle era toda nuestra y para nosotros.

Miro hacia el balcón del antiguo ayuntamiento y pienso qué podré decir yo desde allí en unos momentos, quizás me acobarde y eche a correr, tal vez me venga abajo abatido por tanto recuerdo, será muy difícil porque no encontraré ningún otro lugar o rincón del mundo que reúna todas las virtudes y bellezas que tiene mi pueblo. He de ser valiente, aunque solo sea por una vez, quiero y debo cantar todas las bellezas que adornan mi Salobreña del alma, esa que me enamora y al mismo tiempo entristece, esa Reina Mora que todo lo pide y todo lo da.

¡Bienvenidos a Salobreña! Invitamos a todos a descubrir uno de los pueblos más bonitos de Andalucía, un pueblo que no te dejará indiferente. Rincones y paisajes para deleitar al más exigente. Hay una copla de Camarón que dice… ¡Ay, pueblos de la tierra mía,  qué blancos y bonitos son, pueblos de la tierra mía, porque brillan más que el sol, ay, en ‘toita’ Andalucía!

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