Encarnita Pérez Prados: «Tres cuentos travestidos: Cenicienta, Blancanieves y Caperucita»

Érase una vez… una Cenicienta de familia afroamericana, maltratada por su propio padre, no por su madrastra, sin príncipe ni baile en palacio sino con concurso de baile, `Got Talent´, donde Cenicienta quedó ganadora. Blancanieves tenía referencias asiáticas y cuando la madrastra la quiso matar y se refugió en el bosque, encontró una casa donde vivían `siete personas sabias´, hombres y mujeres, que tras ser engañada por la reina con caramelos, no con una manzana, estos prepararon una pócima que la volvió a la vida; nada de príncipe ni beso de amor para despertarla. Caperucita tiene un padre de origen latino, que es el que le prepara el hatillo para llevárselo al abuelito. La mamá de Caperucita, que era veterinaria, operó al lobo para sacarle a la niña y al abuelo de la barriga y, una vez curado de sus heridas, lo dejaron en libertad.

Estos son los cuentos que, aprovechando la universalidad de los clásicos, han plagiado sin el menor bochorno Manuel Calvente y Kike de los Reyes, `genios´ de la narrativa infantil, y Ocala editó el año pasado. Estos originales genios creadores de la narrativa infantil pretenden con esta descarada transgresión `que las niñas y niños´ de hoy aprendan valores como la igualdad de `género´, la lucha contra los `micromachismos´ que son, por si queda alguien que aún no lo sepa, la base de las demás formas de la ´violencia de género´, la xenofobia, y la consabida retahíla que sigue. Para ello, han travestido, adulterado y destrozado tres prodigiosos cuentos clásicos que cuando sus autores originales, Perrault o los hermanos Grimm, recopilaron y escribieron, esta intencionalidad de comunicar valores como la generosidad, bondad, prudencia o afán de superación fue la nota distintiva con que marcaron estas joyas literarias en que por encima de las vicisitudes y los problemas que nos presentan, la vida, la verdad, el trabajo o la bondad siempre triunfan.

Me considero una buena contadora de cuentos pero, como dice Arthur Rowshan en su libro “Cómo contar cuentos”, para hacerlo adecuadamente, es necesario haber leído muchos y para mí ha constituido gozosa actividad relacionada con mi profesión y mi afortunada vocación. Recuerdo que en mi infancia lo mejor que podía caer en mis manos eran los cuentos de los hermanos Grimm, H. C. Andersen, Charles Perrault… sin olvidar las joyas de nuestro Saturnino Calleja. De más mayor, hice otros descubrimientos como mi admiradísimo Charles Dikens. Esta pasión por los cuentos clásicos, leídos y contados, creo habérsela transmitido a mis hijas, a mis alumnos y ahora intento contagiársela a mis nietas, en desleal competencia con Peppa Pig, Patrulla Canina, etc.

“Más honrado es escribir cuentos nuevos con otros personajes y situaciones, y puede que hasta más eficaz para la transmisión de los peculiares valores que propugnan, que profanar el sacrosanto acervo común”

Estoy firmemente convencida de los beneficios que los cuentos aportan a los niños. Según Bruno Bettelheim en su obra “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, la forma y la estructura de los cuentos sugieren al niño imágenes que le servirán para ordenar sus propios sueños y encauzar con más eficacia las situaciones personales de sus vida; la lucha contra las dificultades que esta plantea es inevitable, es parte intrínseca de la naturaleza humana y los cuentos enfrentan con naturalidad al niño con los conflictos básicos. Cuando en 1994, Bruno Bettelheim publicó esta mencionada obra cumbre sobre los cuentos clásicos, ya aseveró que “la mayoría de los niños de ahora se tropiezan con versiones insulsamente embellecidas y simplificadas que alteran su sentido y le quitan su significado profundo”. ¿Hubiera tolerado el plagio descarado y el bodrio que hoy comentamos?

Una elemental indicación me permitiría hacerles a estos autores de las adaptaciones más caricaturescas que pudieran pensarse de tres de los por excelencia cuentos clásicos universales que al principio citábamos y a la condescendiente editorial, que más honrado es escribir cuentos nuevos con otros personajes y situaciones, y puede que hasta más eficaz para la transmisión de los peculiares valores que propugnan, que profanar el sacrosanto acervo común. Es osadía monumental y ridícula.

Los niños deben, a su debido tiempo y modo, conocer estas situaciones diferentes y aprender a respetarlas. Pero los cuentos son absolutamente otra cosa.

Encarnita Pérez Prados

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