Juan Antonio Díaz Sánchez: «El secreto de la laguna»

 

Para María Castaño Jiménez,
que es pianista de los secretos.

Los últimos rayos de sol iluminaban la vieja ciudad. Una suave brisa de otoño acariciaba las caducas hojas de los árboles, que se vestían de oro y grana, en la alameda de Cervantes. Como cada tarde, María, así se llamaba la muchacha, atravesaba dicho parque rumbo al conservatorio de música. Ella estudiaba piano, el último curso de la carrera. Sin lugar a dudas, Dios la había bendecido con un don especial para la música, sabía escuchar más allá de las notas y el pentagrama. Es como si ella fuera descendiente de Euterpe, la musa de la música en la mitología clásica. La música era su vida, pasión, ilusión…

 

María era una bella zagala, de pelo azabache y oscuro como la noche cerrada, y ondulado como el anillo de Zeus. Sus ojos eran acaramelados como la miel más dulce de la colmena. Esbelta, grácil y de mediana estatura, una bella muchacha que siempre tenía una sonrisa dibujada en su cara. Tenía veinte años, el corazón por escribir y toda una vida por vivir. A pesar de su juventud, María tenía unas profundas creencias, era una persona de principios y defendía a ultranza los antiguos valores cristianos y humanos.

Una tarde de otoño, cuando el manto estrellado de la noche cubría a la ciudad de la Dama, ella se dirigía al conservatorio y, justamente, cuando cruzaba por la alameda se tropezó con él, sus libros de partituras cayeron al suelo y las notas musicales sirvieron de alfombra para que el amor caminara entre los dos.

−¡Perdona! –exclamó el muchacho todo apurado.
−No pasa nada, −respondió ella.
−¿Estás bien? –preguntó él, interesándose por ella.
−Sí, −respondió María muy educadamente.

De pronto, le dio un vuelco el corazón, sería difícil explicarlo con palabras, pero en ese instante es como si el tiempo se hubiera detenido, las manecillas del reloj se pararon, la imagen quedó congelada en sus retinas y los dos muchachos quedaron mirándose fijamente a los ojos, frente por frente a su faz, las palabras sobraban, no eran necesarias. La flecha de Cupido había atravesado sus corazones y el astrolabio del tiempo quedó paralizado.

−¿Estudias música?, −preguntó el muchacho
−Sí, −respondió María con un hilo de voz que delataba su emoción.
−¿Cómo te llamas?
−María, −contestó ella.
−Encantado, −contestó el muchacho. –Espero que nos volvamos a ver.

El muchacho inició su marcha sin volver la mirada atrás, caminando hacia el horizonte, rumbo a su destino. María quedó totalmente desconcertada, pensativa e intrigada, aquel muchacho no le dijo su nombre y su cara no le sonaba. La ciudad era pequeña, por lo que no hubiese sido extraño de haber coincidido con él. Pero no, nunca lo había visto antes, y ello hacía que más le picara la curiosidad e intrigara. Ella supuso que no era de allí.

Aquella tarde, como todos los viernes, María fue a clase. La verdad sea dicha, es que ella no estaba muy centrada, el encontronazo con aquel misterioso muchacho, la había dejado totalmente desconcertada. Al terminar la clase, Tania, su mejor amiga y compañera de fatigas, le preguntó: −María ¿te ocurre algo?, no es normal que tú estés tan inquieta. –No es nada, −repuso la muchacha. La conversación quedó ahí. Las dos zagalas regresaron a casa, puesto que eran vecinas, la noche ya estaba bien entrada y había ganas de reponer fuerzas después de un duro día de trabajo.

María cenó con sus padres y hermano. No tardó en retirarse a descansar. Sin embargo, no podía quitarse al muchacho de la cabeza. Su imagen se había quedado grabada en su corazón a hierro ardiendo, como hierran a los toros de lidia. Recordaba perfectamente su cara, que era más bien redonda, su pelo moreno con brillantina y el color de sus ojos caoba. Esa noche, a María le costó mucho trabajo conciliar el sueño, no sabía muy bien por qué, pero no podía dormir. Tenía un cosquilleo en el estómago, como si unas arañas caminaran sobre su barriga, una sensación de inquietud que nunca antes había tenido, uno sentimientos que sólo podían tener un nombre: amor.

Al día siguiente, bien temprano, al alba de la mañana, cuando la torre de la iglesia campaneaba y con su tañer el día se anunciaba, María desayunó con su familia, como era de costumbre. –Princesa, ¡qué buen color tienes esta mañana!, −le dijo su padre. María contestó con una generosa sonrisa que era mucho más gratificante que cualquier palabra de agradecimiento que la zagala hubiera podido expresar. –Sí que es verdad, −confirmó su madre. María tenía un aspecto radiante esa mañana, sus ojos brillaban, su pelo olía a las fragancias de la montaña, simplemente, ella estaba enamorada.

Al término del desayuno, cada cual se fue a sus quehaceres. Juanfe, el hermano de María, marchó para el Instituto, estudiaba Bachillerato de Humanidades y su pasión eran los idiomas, pero el Latín lo “traía de cabeza”. A él le gustaba jugar con las letras, pero estaba ya un poquito empachado del puzle en que, en ciertas ocasiones, se podía convertir la lengua de Plutarco. María, le dio un beso a su padre para desearle un muy bonito día en la escuela puesto que él era maestro y otro beso a su madre, que siempre le respondía con un fuerte abrazo. Se fue a estudiar la lección que tenía que llevar preparada para clase. La verdad sea dicha, oír estudiar a María era como estar viviendo perenne en el Palau de la música de Barcelona, cada obra que estudiaba María era más bonita que la anterior y la música de Chopin, Mozart, Beethoven, Albéniz, Falla, Händel, Wagner…, nacía en su bello corazón y brotaba en sus delicadas manos de pianista.

A media mañana, el cartero pasó por la calle donde vivía María y dejó una carta en el buzón de la entrada de su casa. El sobre llevaba escrito su nombre y dirección, pero sorprendentemente, no llevaba remitente, lo que sorprendió a la zagala. Cuando la abrió vio una nota junto a un cabello negro que decía:

“María, quizás no me recuerdes, han pasado ya muchos años desde la última vez que nos vimos cuando éramos niños, pero nunca te he olvidado. El tiempo es algo muy relativo y, como escribió M. Ende, todos somos dueños de él y éste no conoce amo. Te espero en la cafetería «Manila» a las cuatro de la tarde. Por favor, no faltes. Te quiero muchísimo, desde antes, desde siempre, ahora y para siempre”.

María no daba crédito a lo que estaba pasando. Se sentó en la banqueta del piano y pensó un buen rato. Intentó recordar su infancia mas tenía ciertas lagunas que le eran imposible salvar. De pronto, María llamó a Tania para contarle lo que había sucedido.

−Tania, ¡no vas a creer lo que ha pasado!, le dijo María por teléfono a su amiga.
−¿Qué ha pasado?, −preguntó Tania.
−Me ha citado un admirador secreto de la infancia.
−¡Cómo!, −exclamó su amiga toda sorprendida. −¡Qué romántico!, parece “grandes relatos”. ¿Vas a ir?
−Pues la verdad es que no sé, −respondió María. –Me parece todo tan extraño y, a la vez, raro.
−Mujer, ¡no te lo pienses! No tienes nada que perder y si es alguien que te ama de verdad… ¡Cuándo no tienes nada, no tienes nada que perder!, −le dijo Tania.
−No sé, no sé. –Musitó dubitativamente María. –Ya veremos.

La tarde comenzaba a nacer en la ciudad de la Dama, el astrolabio del tiempo se acercaba a la hora señalada, las cuatro de la tarde, y, María pensaba y pensaba. Al final, decidió ir. Cuando entró en la cafetería, el corazón le dio un vuelco, allí estaba sentado el muchacho con el que había tropezado el día pasado. María no entendía nada de lo que estaba viviendo, lo único que sabía es que tenía plena confianza en él y no alcanzaba a averiguar las razones.

−¿Quién eres?, −preguntó la zagala “ni corta, ni perezosa” y sin hacer ningún tipo de aspavientos.
−¿No me recuerdas María?, −le respondió el muchacho.
−No, −respondió fríamente María, un poco mosqueada ya por la situación.
−¿No recuerdas cuando jugábamos en la alameda aquellas tardes de verano de hace ya no sé cuántos años?
−Pues la verdad es que no, lo siento mucho, −respondió María.
−Es normal, han pasado ya muchos años, demasiados diría yo, −le contestó el muchacho de pelo negro y ojos caoba. –Soy Fernando, el hijo de don Celso el médico que hubo en esta ciudad hace ya muchos años.

María no podía creer lo que estaba viviendo. Era Fernando, su amigo de la infancia. Ellos jugaban en el parque de la alameda cuando tenían dos y tres años. Fernando hacía muchos años que se había marchado de la ciudad porque a su padre lo destinaron en otro sitio y ya nunca más el uno supo del otro. A partir de ese día, comenzó a nacer una bonita historia de amor entre los dos muchachos. Fernando regresó a la ciudad de la Dama porque había ganado por oposición una plaza de bibliotecario en la recién estrenada biblioteca municipal. Los años pasaron, María terminó la carrera de música y se convirtió en una gran maestra de música.

Los meses invernales habían pasado, las flores regalaban sus pétalos con la generosidad de una sonrisa, la primavera había llegado. Una tarde próxima a la canícula, los dos enamorados habían quedado en el banco que había bajo el viejo tilo. Sorprendentemente, y por vez primera, Fernando no acudió a su cita. María comenzó a preocuparse, era muy raro, él nunca faltaba a su cita. −¿Qué le habría podido ocurrir?, −se preguntaba María. Viendo que el muchacho no llegaba, María decidió marcharse para casa y llamarlo por teléfono. Cuando llegó a casa, ésta no podía disimular la cara de preocupación que tenía, sus padres se lo notaron.

−María, ¿qué te ocurre?, −le peguntó su madre.
−Pues que había quedado con Fernando y no se ha presentado. Eso es impropio de él, algo ha debido de ocurrirle, a mí no me entra en la sesera que no haya venido.
−Chiquilla, no te preocupes, le habrá surgido algún contratiempo. –Le dijo su madre para intentar calmarla.
−No sé, mamá, no sé. No me termina a mí de convencer eso.
−¡Desde luego!, mira que eres alarmista. –Le advirtió su madre cariñosamente mientras que acariciaba su delicado pelo.
−Bueno María es mejor que te vayas a la cama a descansar que hoy el día ha sido ya demasiado agotador. Mañana por la mañana verás las cosas con más claridad. –Le aconsejó su madre. −Dentro de un rato te llevo un vaso de leche caliente con miel y galletas, ¿de acuerdo?
−Vale mamá, como tú quieras. –Contestó María obedientemente y extenuada por el cansancio.

Al día siguiente el cartero dejó una carta en el buzón, era de Fernando y decía lo siguiente:

“María, siento mucho el haberme ido sin despedirme de ti pero las viejas cuentas pendientes que tengo con mi pasado me reclaman. Me hubiera gustado convertirte en mi esposa pero no te merezco. Tú mereces alguien mucho mejor que yo, que te cuide y te quiera. Te ruego que me perdones y, por favor te lo pido, no intentes buscarme, no me hallarás, es mejor para ti que no me encuentres. Te ruego que me olvides y que rehagas tu vida, el mundo está lleno de hombres buenos que serán merecedores de ti porque yo no te merezco. Un beso muy fuerte y que Dios te bendiga. Siempre tuyo: Fernando”.

“Tania le dijo: −María puedes quedarte encerrada en tu alcoba llorando días y días hasta que se te sequen las lágrimas o puedes ir a buscar información sobre el paradero de Fernando, tú decides”.

María lloró desconsoladamente. No tenía palabras para expresar lo que sentía, por eso, en aquel preciso instante la compañía de Tania, su mejor amiga, se hizo más que necesaria, indispensable. María lloraba y lloraba, no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Entonces, en ese preciso instante, Tania le dijo: −María puedes quedarte encerrada en tu alcoba llorando días y días hasta que se te sequen las lágrimas o puedes ir a buscar información sobre el paradero de Fernando, tú decides.

Sin lugar a dudas, Tania le dio el mejor consejo que le podía dar su mejor amiga, llorando no se consigue nada, actuando puede que la zagala de los cabellos rizados encontrara respuestas para un elenco de preguntas que era infinito. Sin demora alguna, María se aseó y acicaló, y fue a la biblioteca municipal donde trabajaba Fernando. Allí preguntó por él y lo único que le dijeron es que había tenido que marcharse, por cuestiones familiares, una semana fuera de la ciudad. María preguntó cuáles eran esas cuestiones familiares pero nadie supo darle información al respecto. Cuando la muchacha salía por la puerta oyó una voz que la llamaba:

−Muchacha, muchacha, −la llamó el conserje de la biblioteca.
−Dígame, −respondió María.
−Fernando, tu novio, ha tenido que marcharse porque hace pocos días recibió una carta en la que se le informaba del fallecimiento de su padre y de algo más que no pude llegar a saber pero que dejó al muchacho muy preocupado y costernado.
−¿Será posible? –Preguntó la muchacha.
−Sí, como te lo estoy contando. –Respondió el bedel.
−Muchas gracias. –Dijo María muy educadamente.

Fernando hubo de irse apresuradamente de la ciudad porque recibió una carta avisándole del fallecimiento de su padre, pero ello no era escusa para que éste le hubiera escrito las duras palabras que le escribió a su novia. María, que era una niña muy lista, sabía que esa muerte encerraba algo más que la triste pérdida de un padre. Y, efectivamente, María estaba en lo cierto, había algo más, pero el qué.

María sabía que el padre de Fernando, don Celso el médico, vivía ya jubilado en Canarias, que era el lugar donde más tiempo había estado ejerciendo su profesión. La muchacha, aconsejada y acompañada por Tania, decidió viajar a las islas para ver a Fernando y que le dijera, cara a cara, en persona, lo que le había dejado escrito en aquella triste misiva. Ni corto, ni perezoso, las dos muchachas viajaron a Canarias, no sin antes haber tenido algunos “debates” con sus respectivas familias, pero el caso es que al final se presentaron en Canarias.

No fue fácil que María encontrase a Fernando pero, como reza un viejo refrán castellano: “preguntando se llega a Roma”, las muchachas logaron dar con el zagal.

−¡Fernando!, −llamó María al muchacho cuando lo vio sentado en el banco de un parque cercano a la casa familiar. Éste quedó sin palabras, no pudo decir nada, lo único que pudo hacer en ese momento fue llorar, llorar y llorar. Ambos muchachos se fundieron en un cálido abrazo que fue el prólogo de un apasionado beso.
−María, por favor, perdóname. No merezco el amor que me regalas, no soy digno de ti.
−No digas eso, ¿por qué piensas que no me mereces? Eres un buen hombre y una extraordinaria persona. –Fernando agachó la cabeza, no era capaz de mirar a los ojos de María.
−Fernando, ¡mírame a la cara cuando te habló! –Le reprochó la muchacha.
−María, no me llames así, ni siquiera es mi nombre. –Le dijo el zagal avergonzado.
−¿Qué estás diciendo?, no digas estupideces.
−Me llamo Moisés. –Dijo el muchacho, entre lágrimas y sollozos.

María no daba crédito a lo que estaba escuchando. Todo tenía una explicación bastante sorprendente, se podría decir que “de novela”. Resulta que Fernando era adoptado y que don Celso, el médico, no era su verdadero padre. Éste lo compró, como quien compra un paquete de tabaco en un estanco, en el orfanato canario de “La Laguna”. Don Celso trabajó allí muchos años de médico y cuando pudo hacerse con el niño se marchó de allí por una buena temporada, hasta que tuviera cuatro o cinco años, los mismos que el médico estuvo ejerciendo en la ciudad de la Dama. La cara de María era todo un poema, no dejaba de salir de su asombro y Tania no terminaba de creerse lo que estaba viendo y viviendo. Todo parecía un sueño, algo irreal.

−Pero Fernando, perdón, Moisés.
−Llámame como tú quieras. –Le dijo el muchacho.
−Tú no tienes por qué avergonzarte de eso, tú no tienes culpa de lo que tu padre hiciera. –Le dijo María con un tono muy tranquilizador.
−Pero mi amor, no sé quién soy. Ni siquiera sé si mis verdaderos padres están vivos o muertos. Lo único que tengo es un millón de preguntas en mi cabeza y ninguna respuesta.
−Fernando, mi vida, no te preocupes por ello, porque si tú quieres, las encontraremos juntos con la ayuda de Dios, de nuestros mejores amigos y de las personas que realmente nos quieren como Tania. Te ruego que regreses a casa conmigo y que desde allí retomemos nuestro amor en el punto exacto donde lo dejamos. Esto no lo olvidaremos jamás pero juntos intentaremos encontrar las respuestas a tantos interrogantes ¿de acuerdo?

Fernando no pudo contener más su emoción, se hincó de rodillas a los pies de María, llorando amargamente, y le suplicó perdón.
−Por favor, Fernando, yo no tengo nada que perdonarte. La reacción que tuviste, aunque no fue la más normal del mundo, es perfectamente comprensible. Pero te repito, una vez más, no tienes nada de qué avergonzarte.
−Muchas gracias mi amor. –Le contestó el muchacho.

Los dos enamorados se fundieron en un apasionado beso que fue el sello de un amor eterno con el aplauso festivo de fondo que emitió Tania, la cual había sido testigo ocular de todo lo acontecido en aquellas jornadas. A los pocos días, los muchachos regresaron a casa donde siguieron cultivando su amor, amistades, vidas y buscando esas respuestas a tantas preguntas. No sabemos si las llegaron a encontrar pero, al menos, lo intentaron.

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Juan Antonio Díaz Sánchez 

Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino

 

 

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