José Lobato: «Adolescentes»

Si bien la adolescencia ha sido siempre una etapa marcada por las dificultades asociadas a cualquier transición, nunca han estado los adolescentes más sometidos que ahora al escrutinio de los observatorios sociales. La llegada de las nuevas tecnologías y el asentamiento de la cultura millennial han cambiado drásticamente el paisaje de esta época de cambio y definición personal, dotándola de una serie de herramientas que en las manos equivocadas pueden multiplicar las posibilidades de acoso, depreciación de valores fundamentales y aislamiento social. 

 

El acoso escolar ha adquirido una dimensión virtual que prolonga el hostigamiento fuera de las escuelas y genera una mentalidad pandillera a la que es difícil oponer resistencia en una edad en la que la aprobación del grupo es fundamental. Hiela la sangre recordar casos recientes de suicidios de chicos que fueron víctimas de estas cacerías multitudinarias en las aulas y, sobre todo, en las redes. Nuestra perseverancia a la hora de poner el foco sobre la víctima de manera casi exclusiva, nos priva de ofrecer soluciones preventivas que sean realmente eficaces. Para la implementación proactiva de estos proyectos es preciso establecer protocolos que garanticen la total implicación de los docentes, así como evangelizar entre el alumnado una cultura de denuncia del depredador. ¿Cómo explicar que la mayoría de centros donde se detectaron episodios fatales de bullying contaban con programas de prevención del acoso escolar?

Algo parecido ocurre con la cultura del porno, en la que muchos tutores han delegado el embrollo de proveer una verdadera educación sexual. Las consecuencias de establecer el porno como un atajo hacia la sexualidad son graves, pues la industria pornográfica ha insistido en la cosificación de la mujer, consolidando el paradigma patriarcal, alimentando la violencia machista y fomentando el efecto Manada. En un mundo de pornonativos, resulta difícil concebir el sexo como un espacio de libertad personal y creatividad conjunta fundamentada en el respeto mutuo y el consenso. Una vez más, es necesario proyectar en las aulas y en los hogares la sexualidad como un territorio de encuentro e intercambio donde todo debe ser pactado.

“Aprender a vivir sin filtros que oculten nuestras imperfecciones fuera de la realidad virtual parece ser tarea difícil para nuestros nativos digitales”

En la era de Instagram, Snapchat y Pinterest (el uso de Facebook queda paulatinamente relegado a los padres), estamos asistiendo entre los adolescentes a un fenómeno colectivo de desdoblamiento de la personalidad, provocado por una marcada disonancia entre la persona real y su avatar. Aprender a vivir sin filtros que oculten nuestras imperfecciones fuera de la realidad virtual parece ser tarea difícil para nuestros nativos digitales, que interrogados sobre qué quieren ser de mayores suelen responder Instagrammer, “influencer”, “celebrity” o YouTuber. Esta falta de ambición profesional y compromiso social, unida a una cultura de la gratificación inmediata suscitada por las redes, ayuda a comprender algunos de los estereotipos atribuidos a la generación millennial.

Algunos empiezan a expresar su preocupación por el impacto que la idiosincrasia de los millennial tendrá sobre la economía a corto plazo, pues se les supone tendentes a la procrastinación, acreedores de un sentimiento de privilegio y portadores de una piel fina para abordar las presiones propias de los ecosistemas profesionales. En España estas características alcanzan su máxima expresión en la figura de los “ni-ni”, es decir, jóvenes que no forman parte del contingente profesional ni tienen intención de formarse para acceder a él. Este fenómeno está estrechamente vinculado a otro que repunta con fuerza: el fracaso escolar. Ambos escenarios hablan de una falta de proyecto vital desde edades tempranas, lo cual nos obliga a preguntarnos sobre nuestro sistema educativo y los valores en los que estamos educando a nuestros jóvenes.

En este sentido, no conviene desestimar los efectos negativos que la precarización ejerce sobre nuestros adolescentes a la hora de configurar sus aspiraciones, ya que el patrón habitual implica realizar un gran esfuerzo para obtener una nimia recompensa. La falta de concordancia entre la oferta laboral y una formación académica crónica compromete la inversión que el sistema productivo español realiza en capacitación, circunstancia que adquiere proporciones trágicas con la llamada fuga de cerebros.

No quisiera acabar este artículo sin llamar la atención sobre un problema que solemos soslayar, quizás porque las proporciones epidémicas que ha adquirido reducen nuestra capacidad para advertirlo. Me refiero a la mala calidad de la tutela, liderazgo y ejemplo proporcionados por las familias. Muchas de las actividades de socialización, recreo y educativas quedan en manos del móvil por decisión de unos padres que a menudo han adquirido los hábitos hiperconectados de sus hijos y están realizando su propio retorno a la juventud. No es infrecuente ver a padres con marcados rasgos adolescentes gestionando la pubertad de sus hijos.

Parece necesario coordinar esfuerzos a nivel educativo, familiar y social para amparar el bienestar de nuestros jóvenes en una época en la que su vulnerabilidad es mayor por la llegada de unas plataformas que aún no hemos aprendido a regular. No olvidemos que debemos ayudarles a preservar una cuota razonable de inocencia mientras ellos luchan contra las hormonas y contra sí mismos por perderla.

 

 

 

José Lobato nació en Ceuta en 1971. Tras residir en distintas ciudades de España se instaló en Granada en 1985, donde permaneció hasta 1992. Desde aquel año ha repartido su residencia entre Granada, Dublín y Portland.

Licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada en 1994. Desde entonces ha trabajado en distintas empresas de traducción de Irlanda y Estados Unidos desempeñando funciones tanto lingüísticas como directivas.

Asimismo,  ha participado en recitales literarios, presentaciones de poemarios y ferias del libro. Ha publicado el poemario ”Cuaderno del impostor’ en Editorial Alhulia.

 

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