Blas López Ávila: «Azul Mediterráneo. En torno a la novela ‘El ciego de Delos’, de Jorge Fernández Bustos»

“En la tormenta es cuando se conoce al buen piloto”
SÉNECA

Siempre he mantenido delante de quien me ha querido escuchar que un pueblo, o una civilización, que renuncia a su pasado es un pueblo en vías de extinción, si no periclitado. Esto viene pasando desde hace ya tiempo en Europa y más aún en el sur del continente. Convertido su pasado en mero atractivo turístico, los distintos planes de estudio han vuelto la espalda a sus señas de identidad para dejarse arrastrar por modas foráneas, de allende los mares, para instalarse en culturas tan vacías de pasado como inanes de contenido. Les cuento:

Hablando con un buen amigo, que sabe de mi interés por las novedades literarias, me recomienda un libro, publicado en estos días, que ha sido presentado en la recién finalizada feria del libro. Reticente siempre a las recomendaciones lectoras –él lo sabe- me encojo de hombros pero accedo gustosamente a que me comente acerca del mismo. La primera advertencia que me hace es que se trata de una novela sobre el mundo clásico. No hace falta que siga pues mi interés se ha despertado súbitamente ya que en los tiempos que corren me parece toda una heroicidad. Y así llega a mis manos ‘El ciego de Delos’ de Jorge Fernández Bustos, publicado en UNO Editorial en edición de bolsillo. Lo que puedo decirles es que Fernández Bustos ya puede contarme entre sus fieles. La valentía y el buen hacer del autor al abordar tan complicada temática hacen que ‘El ciego de Delos’ adquiera un valor añadido, aunque haya de enfrentarse a la más ominosa ignorancia que nuestros tiempos arrastran. Pero tome nota de Santiago Posteguillo, de quien pocos apostaban por él y hay que reconocer que hasta el momento está teniendo un notable éxito.

La obra en cuestión no sólo atrae por su temática: El tirano Pisístrato (s. VI a.c.) ordena que nadie puede nacer o morir en la isla de Delos. Con el tiempo, tampoco habitar en ella por considerarla sagrada al haber nacido en ella Apolo y Artemisa. La historia de los últimos habitantes de la isla es la que nos cuenta el autor. Dividida en un Introito, catorce cantos, un interludio dramático en tres actos, un canto final, un post scriptum y dos apéndices, el autor se deja deslizar por su fabulación con un manifiesto y notable conocimiento de la historia y de la cultura del mundo clásico verdaderamente sorprendente en estos tiempos de selfis y plays: dioses, diosas, oráculos, ninfas, faunos, héroes, comerciantes, sabios, artistas, filósofos… se adueñan de las páginas de la obra en un abigarrado mosaico que tiene como telón de fondo el blanco encaje que tejen las olas al romper en las orillas del azul Mediterráneo. Pero hay más: el autor se adentra en los inquietantes arcanos, que siembran de incertidumbre el Destino del hombre desde el albor de los tiempos, mostrándonos la incapacidad de los dioses para resolver los asuntos humanos. Pero el hombre necesita inventar a los dioses para seguir inventándose a sí mismo. Nada nuevo frente al adanismo que parece haberse apoderado de la sociedad actual. No menos interesante, por su curiosidad, resultan los incisos que dedica el autor para mostrarnos los conocimientos del mundo natural que tenían los hombres de la época.

El léxico culto –quizá sobre alguna expresión coloquial del castellano actual- pone de manifiesto no sólo el conocimiento que del mundo helénico tiene el autor sino el profundo amor que siente por tan pretérita época. Cree en lo que hace y lo manifiesta a través no sólo de un estilo narrativo propio de las narraciones clásicas, sino de un selecto vocabulario: soldados, pertrechos, aperos, plantas, árboles…. son una auténtica delicia para los sentidos, que se impregnan de aromas, brisas, lluvias, tempestades, sonidos y toda clase de estímulos que acarician la sensibilidad hasta el punto de hacerlos vívidos en la imaginación del lector. Hay en la obra, digámoslo ya, un compromiso con la cultura clásica que no deja indiferente al lector mínimamente preparado y le hace añorar tiempos en los que la grandeza era virtud y no poder.

Capaz de mantener el pulso narrativo a lo largo de toda la obra, Fernández Bustos combina sabiamente las características del relato épico -homérico- con momentos de intenso lirismo. Un lirismo sensualmente perfumado –y no es esta una afirmación retórica- que se pone muy especialmente de manifiesto en el canto duodécimo: “La vendedora de ámbar”. Sófocles y Esquilo están presentes en el “Interludio dramático en tres actos”.

En fin, que los dioses guíen a buen puerto al autor de tamaña odisea, como es la escritura, y que las musas y ninfas -¿ por qué no?- acudan en su auxilio para hacernos disfrutar de nuevas obras que, sin duda, no tendrán mayores contratiempos para obtener el reconocimiento debido.

 

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