José Lobato: «Roberto Ferri: el renacimiento del Barroco»

Roberto Ferri puso patas arriba el mundo del arte en 2002, cuando con tan solo veinticuatro años eligió Roma para descubrir su talento al mundo. Conmocionados, galeristas, críticos y marchantes creían asistir a la resurrección de Caravaggio en pleno siglo XXI. Las técnicas tenebristas, el naturalismo extremo de sus composiciones y la recreación de una mitología propia de otro siglo anunciaban, inopinadamente, el renacimiento del Barroco en los albores del nuevo milenio. 

Desde entonces, Roberto Ferri no ha dejado de sorprender a propios y extraños con su milagrosa reconstrucción del canon clásico y una imaginería que solo puede ser adjetivada como poética y sobrenatural. Por paradójico que parezca, el veredicto de la crítica es unánime al reconocer la plena contemporaneidad del anacronismo de Ferri.

Al margen del asombro que nos suscita la técnica de Ferri, por rediviva, es necesario detenernos en los elementos temáticos que conforman el universo litúrgico del pintor. No escapa al buen observador que muchos de los lienzos gravitan en torno a la coexistencia del bien y el mal plasmada mediante la simultaneidad de lo sagrado y lo profano en unas escenas marcadas por una gran teatralidad y sobreactuación de los personajes. No hay maniqueísmo en los cuadros de Ferri, sino un reconocimiento velado de la angustia que las tensiones entre la virtud y la vileza ejercen sobre la conciencia humana y el propio sobrevenir de la Historia.

Es necesario reparar en la abundancia de seres alados, proyecciones celestiales que ofician de mediadores entre lo divino y lo humano en una suerte de tránsito ascético

Otros elementos recurrentes en la obra de Roberto Ferri son la pujanza del subconsciente y el establecimiento de realidades alternativas a las que el hombre accede mediante actos de trascendencia, que en las obras de Ferri apuntan reiteradamente a la mística y a la sexualidad. Aquí es necesario reparar en la abundancia de seres alados, proyecciones celestiales que ofician de mediadores entre lo divino y lo humano en una suerte de tránsito ascético. De modo aún más extravagante, sorprende la profusión de seres sobrenaturales que consiguen trascender la realidad tangible mediante la fusión de sus singularidades en un ejercicio de erotismo místico. Carnalidad y psique se imantan aquí para celebrar un universo sicalíptico donde todo es santo.

Nada es trivial en la obra de Ferri. Al contrario, sus cuadros son escenas que ocurren en el mundo de los sueños, de la contemplación o del éxtasis espiritual y erótico. El voltaje sexual y psicológico (tanto monta, monta tanto) es avivado por el dramatismo de las escenas, la sensualidad de los cuerpos siempre desnudos y el misterio al que contribuyen elementos religiosos y mágicos.

La reunión de lo seráfico y lo luciferino, de lo efímero y lo eterno, en una atmósfera de evanescencia e irrealidad que sobreviene al clímax amoroso o al encumbramiento contemplativo es a mi entender una afirmación de la eternidad y la plenitud extracorpórea.

En este sentido, resulta imposible no asociar el excepcional temperamento poético de Ferri con los místicos del siglo XVI, principalmente con San Juan de la Cruz por su nervio expresivo, la contundencia de su simbología y la subtextualidad de sus composiciones, en las que una parte importante del contenido está implícito o a media luz. Por razones obvias, la técnica del claroscuro contribuye a lograr un efecto fotograma en el que todo es sugerido y precisa de un revelado para materializarse.

La noche oscura del alma encuentra réplica en el tenebrismo pictórico de Roberto Ferri, que hace gala de un profundo conocimiento mitológico y hermenéutico para plasmar su mundo quimérico constituido magistralmente a partir de la excepcionalidad de lo íntimo. Este aspecto visionario emparenta la creación de Ferri con otros iluminados que dieron rienda suelta a sus alucinaciones a través de su trabajo iconográfico. Hablamos, por ejemplo, de William Blake o Francisco de Goya, dos genios que firmaron obras impregnadas de misterio.

La irrupción de Roberto Ferri constituye uno de los motivos de celebración más incontestables para los amantes del arte de todo el mundo. Su erotismo transgresor y penetración subjetiva lo convierten en un poeta de sensibilidad y genio sublimes. La simbología mística y exuberante mitología de sus lienzos conforman un personalísimo universo sustentado sobre un relato bipolar y abracadabrante. Su vigencia clásica y la belleza sobrecogedora de todas y cada una de sus obras nos sitúan frente a un maestro de leyenda.

   

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