Antonio Luis García: «El inconmensurable poder del odio y de la estupidez»

 

Me cuentan los expertos y entendidos en la materia, que dos gases tremendamente peligrosos, altamente contaminantes y muy difíciles de combatir, se están extendiendo por todo nuestro país. Van desde el norte hasta el sur y desde el este hasta el oeste, y, en determinadas Comunidades Autónomas, como País Vasco y Cataluña, están alcanzando unos niveles de contaminación tan increíbles, como insostenibles. Sus efectos son fuertemente nocivos para la convivencia y la salud democrática, física y mental de la población. Además del contagio directo, se propagan a través de las ondas televisivas; por ello, los médicos recomiendan desconectar de los debates y telediarios o tomar antidepresivos para los que quieran seguir sufriéndolos en televisión. Las continuas y graves ofensas a la inteligencia y al sentido común, que emanan de los afectados, nos provocan vergüenza ajena y nos degradan como seres humanos, que somos y queremos ser.

Pero, lo más grave, es que causan una enorme ceguera política, ética y moral, así como una alta enajenación mental. Los virus que inoculan a la gente, la vuelven cínica, ingrata, maleducada, insolidaria, intolerante, sectaria, vengativa, violenta e incluso asesina. Con la mayor impunidad y sin la más mínima piedad, han matado a más de ochocientas personas, y, después, no contentos con ello, acosan o persiguen a los familiares de sus víctimas. Finalmente, aplaudidos por sus secuaces, acaban sintiéndose héroes y orgullosos de sus miserables acciones. ¿Es posible un cinismo mayor? Otros afectados, se han convertido en expertos estafadores del pueblo, que enriquecidos con los fondos de las arcas públicas, nos acusan al resto de los españoles de robarles su dinero. Piensa el ladrón, que todos son de su condición. Estamos hablando del odio y de la estupidez; es decir, de dos derivas mentales, más peligrosas que el peor de los gases naturales.

El odio conforma la más dañina compañía para todos y cada uno de nosotros; pero el primero que lo sufre, es el que lo practica, al quedar encerrado en una prisión interior, que sólo le produce infelicidad y zozobra, y le impide el desarrollo de sus verdaderos valores humanos, basados en el afecto interpersonal y en la fraternidad universal. Es, igualmente, el mayor enemigo de la paz y, sobre todo, de la educación, porque atenta contra sus principios y fundamentos. La educación es, ante todo, un encuentro, un espacio de amistad incuestionada, un microsistema relacional de confianza mutua, donde todo el alumnado se debe sentir completamente libre y seguro. El profesor que incita a sus alumnos al odio, debería ser expulsado y desposeído de su título. Es una vergüenza que estos hechos ocurran en pleno siglo XXI, y más en un país democrático como España.

“La educación es, ante todo, un encuentro, un espacio de amistad incuestionada, un microsistema relacional de confianza mutua, donde todo el alumnado se debe sentir completamente libre y seguro”

La estupidez es también la equivalente a un gas muy contaminante; se trata de otra deriva mental, menos peligrosa que el odio, pero mucho más extendida y resistente, y, además, constituye la piedra angular de la moda actual. En su teoría sobre la estupidez humana, Carlo M.Cipolla entiende que, mientras la persona inteligente procura el bien de los demás y el suyo propio, el estúpido es aquel que causa daños a otras personas o grupos, perjudicándose igualmente él mismo. Para dicho autor, la estupidez no tiene límites, ni orden, ni lógica, ni razón; es difícil de entender y puede aparecer en cualquier lugar, persona o ambiente y sin ningún tipo de distinción. Pero, además de ello, los gravemente contaminados pierden las sensaciones elevadas y transcendentes; no conocen la benevolencia, la cordialidad, la empatía, la generosidad, etc. pero, a cambio, practican todo lo contrario la exclusión, la segregación, el racismo, etc. La suma de odio y estupidez, los convierte en malvados.

Con todas estas premisas, queda clara la enorme dificultad que tenemos en España y en otros países europeos, para luchar contra la estupidez del independentismo: ¿qué sentido tiene que en Bruselas, la capital belga y europea, existan dos comunidades, la francesa y la flamenca, que habitando en una misma ciudad, estén enfrentadas la una contra la otra? Aparte de la condición humana, el odio y la estupidez, se alimentan de la ingenuidad y de la tendencia a imitar de unos y de la vocación por manipular y mentir de otros. Existen agitadores profesionales, ideólogos pagados, independentistas crematistas, artistas e intelectuales muy críticos con la sociedad, pero más comprometidos con sus bolsillos, políticos que mienten y roban descaradamente y, finalmente, radicales de izquierdas, como los de la CUP, más atentos a los intereses de la burguesía independentista, que a las necesidades de obreros y trabajadores y, menos aún, con los originarios de otras regiones de España.

Pero la guinda final, la ha puesto el amañado presidente de la Generalitat. He tenido que recurrir al concepto de infinito, para comprobar mis errores. Pensaba que peor presidente que Mas, no existiría jamás; apareció Puigdemont y comprobé mi equivocación; ha llegado Torra y ya no vuelvo a apostar. Este siervo de la gleba, sujeto voluntariamente a la servidumbre feudal y a la obediencia a Puigdemont, está dispuesto a realizar todas las atrocidades, que le indique su señor, sin la más mínima consideración con los catalanes y mucho menos con el resto de los españoles, con nuestra Constitución y nuestras leyes. Pero temblarán, cuando el gobierno tome medidas enérgicas, atacando con las fuerzas aéreas de perfectos aviones de papel.

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