José Lobato: «Estado de gracia»

Corría el año de 1994 y yo era un joven español que había puesto su bandera en Dublín. Eran días de vino y rosas, tiempos muy felices en los que vivía con una sensación de permanente epifanía. En parte esto fue así porque tuve la gran fortuna de establecer un círculo social en el que todos los miembros estaban unidos por una serie de afinidades culturales en un tiempo en el que Dublín ebullía con optimismo y empezaba a pergeñar la transformación que se concretaría en los años siguientes. Sin embargo, entre todos los intereses comunes que nos hermanaban, mis amigos y yo estábamos, literal y literariamente, locos por la música.
Recuerdo el día en que Jeff Buckley entró en mi casa. Lo hizo en una cassette de aquellas que solo algunos señores del siglo pasado podemos identificar. Algo grande se anunciaba ya desde la carátula. Sus rasgos cortados a cincel revelaban un ángel perturbadoramente atractivo, pero su expresión torturada apenas podía disimular un dolor oculto. A la derecha, la mano de Jeff Buckley estrujaba un micrófono como quien agarra a alguien por la pechera para ajustar todas las cuentas pendientes. El título, Grace, concentraba el contenido del álbum en una palabra y aludía al estado de gracia en el que Jeff Buckley había constituido su obra.

¿Qué Jeff viviría dentro de la cassette, el rabioso o el angelical? La respuesta fue, predominantemente, los dos, pero también me salieron al paso otros trasuntos de Buckley, porque Grace son muchos discos en uno, siempre en función del maleficio que nuestro espiritista se hubiera propuesto romper.

Cruzar la portada para introducirme en el cancionero abrió un universo prodigioso ante mí. Lo que allí encontré solo puede ser descrito como milagroso, la obra de un hechicero que ha sentado a su mesa a todos sus demonios para cantarles las cuarenta. Por su efecto revelador y transformador, este es el particular viaje del héroe de Jeff Buckley, que somete a la audiencia a la furia, tensión y desolación de su magnífico genio. Todo en una atmósfera aquilatada de cabo a rabo por el elenco de voces sobrenaturales exhibido por el chamán.

Mojo Pin, el tema que abre Grace, es toda una declaración de intenciones. Tras un inicio armonioso y melódico, Buckley y su banda destapan la caja de los truenos con furia y finura zeppelinescas. El rango vocal del cantante queda desplegado en el siguiente corte, que da título al álbum. Acaba de empezar, pero a estas alturas del partido ya hemos entendido que en la paleta de Buckley hay falsetes, susurros, aullidos, lamentos y voces de ultratumba, y que cuando todos estos matices se combinan entre sí producen un sonido inclasificable que es marca de la casa.

El Jeff Buckley trovador asoma en las versiones de Lilac Wine y Hallelujah, así como en la muy sentida Lover You Should´ve Come Over. En estas canciones, compuestas sobre una frugal estructura melódica, la voz de Buckley vuelve a tronar desde algún lugar inhumano. La gestualidad vocal de sus interpretaciones imprime a estas canciones una luz y una temperatura que a mí se me antojan próximas al final de verano.

Mención especial merece, por su peculiaridad, el villancico Corpus Christi Carol. En esta pieza, un Jeff Buckley celestial y espectral vuelve a apabullarnos con una voz que ahora es fantasmagórica y pareciera proyectada desde otro mundo. De nuevo, todos los ecos del inframundo acrisolados en la majestuosa voz del solista.

“Grace nos ofreció un destello de un talento singular y resulta imposible no preguntarse con qué no nos habría regalado los oídos Jeff Buckley si la muerte no le hubiera hecho inmortal mucho antes de tiempo”

Hay algo trágico en Jeff Buckley que permea sus canciones. En realidad, la audición del disco es una travesía a través de distintas tonalidades de tristeza siempre perfilada por la versatilidad y profundidad vocal de Buckley. A pesar de haber sido obsequiado con todos los dones que una persona pudiera soñar para sí, o precisamente como consecuencia de ello, la vida de Jeff Buckley no fue un camino de rosas. Hijo del también cantante Tim Buckley, con quien le unía un innegable parecido físico, Jeff solo vio a su padre una vez, cuando ya había cumplido ocho años. Además, una infancia marcada por el nomadismo a bordo de la caravana familiar inoculó un profundo sentimiento de desarraigo en el carácter del compositor. La refinada sensibilidad del frontman logró catalizar todas estas adversidades a través de su música y exorcizar sus demonios en himnos en los que se evidencia un mundo interior tan sofisticado como atribulado.

Grace llegó como un soplo de aire fresco en las postrimerías del grunge y se convirtió en un clásico instantáneo. Sin embargo, para desesperación de legiones de incondicionales, no tuvo descendencia. El tono elegíaco que domina los paisajes sonoros de Grace resultó fatalmente premonitorio y Jeff murió ahogado en el río Mississippi a la temprana edad de 30 años. Testigos de la desgracia aclararon que Jeff cantaba el estribillo de Whole Lotta Love de Led Zeppelin en el momento de introducirse en el agua.
Todo en la vida de Jeff Buckley, incluida su muerte, es coherente con su trágico cariz. Grace nos ofreció un destello de un talento singular y resulta imposible no preguntarse con qué no nos habría regalado los oídos Jeff Buckley si la muerte no le hubiera hecho inmortal mucho antes de tiempo.

   

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