José Lobato: «El año que casi mataron a Wojtyla»

Aún no se han cumplido tres años desde que las imágenes del niño Aylan ahogado en una playa turca recorrieran el mundo agitando conciencias. En 1993, el secuestro, tortura y asesinato de un niño de dos años, Jamie Bulger, a manos de dos chicos de diez nos colmaron de rabia, perplejidad y tristeza. La retransmisión durante tres días de la agonía de la niña Omaira Sánchez a los pies del Nevado del Ruiz, agarrada a su tronco para que no se le escapara la vida, nos hizo contener la respiración en 1985. Sin duda, la magnitud de una tragedia se multiplica cuando andan niños de por medio; por su vulnerabilidad, claro, pero también porque todos estamos habitados por el niño que un día fuimos.

Nos conmueven estos días las imágenes de los doce niños que junto con su entrenador de fútbol quedaron atrapados en una cueva de Tailandia. Este episodio me ha traído a la memoria otro que ocurrió en mi infancia y que aturdió durante semanas a todo el país. Me refiero a la explosión de propano que tuvo lugar en una escuela de Ortuella en octubre de 1980, cobrándose la vida de 49 niños y 3 adultos. Tanto impacto causó el accidente en la sociedad de entonces que la Casa del Rey decidió que esta era una buena ocasión para que la Reina Sofía se desplazara al País Vasco por primera vez en visita oficial coincidiendo con uno de los momentos más delicados de los llamados “años de plomo”. El fontanero municipal que presuntamente prendió la mecha de la tragedia tuvo la desgracia de sobrevivir, y por lo que ha trascendido, su vida no valió la pena ser vivida a partir de entonces. Aquel año se cebó particularmente con los niños, que unos meses antes habían visto como el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente había muerto en Alaska, lúgubre incidente que Enrique y Ana inmortalizaron con un hit para la ocasión.

La tragedia de Ortuella fue solo el primero de los muchos sucesos notables que por razones de distinta índole marcaron el curso escolar de 1980-1981, año en el que un servidor cursaba 4º de EGB. Antes de fin de año y sin ir más lejos, Mark David Chapman, un entusiasta de John Lennon, asesinaba al icono en las puertas de su domicilio movido por razones que aún no han sido aclaradas. A él debo la primera lección de vida que recuerdo desde que tengo uso de razón: hay amores que matan.

“La tragedia de Ortuella fue solo el primero de los muchos sucesos notables que por razones de distinta índole marcaron el curso escolar de 1980-1981, año en el que un servidor cursaba 4º de EGB”

Ya en 1981, el país vivió con el corazón en un puño el desenlace del secuestro de José María Ryan, un ingeniero de Iberduero que trabajaba en la construcción de la central nuclear de Lemóniz. ETA había concedido un plazo de una semana para que la central fuera desmantelada, de lo contrario el ingeniero moriría. Creo que esa fue la primera vez que el país vivió en sus carnes la crónica de una muerte anunciada. El cadáver de Ryan apareció en una zona boscosa en febrero de ese año y la central nuclear de Lemóniz no llegó a inaugurarse jamás, no porque se cediera a las presiones contra su apertura, sino como consecuencia de una moratoria nuclear aprobada por el primer gobierno de Felipe González solo dos años después. Puesto que esto equivale a morir dos veces, resulta imposible pensar en una vida más veces malograda. Ante una desgracia así, ni siquiera Steven Spielberg podría haber escrito un guion que salvara al ingeniero Ryan de su trágico sino.

Apenas unas semanas más tarde ocurrió lo que casi todos daban por supuesto y la mayoría temía. Espoleado por un célebre e irreproducible grito de guerra, el teniente coronel Antonio Tejero tomó el Parlamento al asalto con un grupo de guardias civiles que desconocían el propósito de la misión. España vivió aquella noche pegada a la radio, y es muy de agradecer el ímprobo esfuerzo que realizaron algunos periodistas por mantenernos informados aún a riesgo de perder sus propias vidas. Acabada la Noche de los Transistores, el país amaneció a una realidad distinta, silenciando definitivamente el ruido de sables y sustituyéndolo por un optimismo que no hemos vuelto a vivir con tanta intensidad.

Entrada ya la primavera, los noticieros comenzaron a hacerse eco de una extraña epidemia que estaba asolando el país. Aunque en un principio el síndrome tóxico fue catalogado como un brote de neumonía atípica, antes de la llegada del verano supimos que en realidad todo había sido un envenenamiento masivo causado por la desnaturalización del aceite de colza con la que unos cuantos empresarios de medio pelo pretendían lucrarse. La intoxicación se cobró la vida de 1.100 personas y los acusados recibieron unas penas irrisorias por parte de un tribunal considerado negligente y que a lo largo de todo el proceso pareció flotar en una balsa de aceite.

Cuando aún no habían transcurrido seis semanas desde el frustrado magnicidio de Ronald Reagan a manos de un incondicional de Jodie Foster (a vueltas con los amores matadores), y recuperándonos aún de la muerte de Bob Marley apenas dos días antes, un turco de nombre Ali Ağca decidió atentar contra la vida del papa Juan Pablo II, que se había erigido en jefe supremo de la Iglesia católica después de la nunca resuelta muerte de su antecesor tras 33 días en el cargo. Nótese que no es esta una cifra baladí en el imaginario cristiano por ser, para más inri, la edad de Jesús en la cruz. Aunque el papa consiguió recuperarse con la ayuda de Dios y los cuidados recibidos en el Policlínico Gemelli, este suceso tuvo gran calado en la feligresía nacional y abonó el terreno para una bulliciosa acogida del Tour del Totus Tuus que el Sumo Pontífice ofrecería por tierras de España un año más tarde.

A finales de junio, el Congreso de los Diputados presidido por Landelino Lavilla aprobó en pleno parlamentario la ley del divorcio. En realidad, y en contra del auspicio de los agoreros, ni la nueva ley rompió los matrimonios que estaban bien avenidos, ni los matrimonios que ya estaban rotos se animaron a aprovechar la oportunidad que ahora se les brindaba. De hecho, durante años siguió siendo más frecuente encontrar a niños cuyos padres habían salido a comprar tabaco que a niños de padres divorciados. Quien sí encontró un filón en la nueva ley fue Mariano Ozores, que antes de que cerrara el año ya había estrenado ¡Qué gozada de divorcio!, que hizo furor en los videoclubes de toda España. A estas alturas de la película, cintas como Todos al suelo o ¡Qué vienen los socialistas! ya han consagrado a Ozores como cronista de la época con su peculiar cine de autor y su sebáceo elenco de actores.

Tras años de gestiones secretas y en medio de unas medidas de seguridad más propias del celuloide que de las pinacotecas, el 10 de septiembre nos desayunamos con la impactante noticia del retorno del Guernica a España. Recuerdo la intensa emotividad con que los ciudadanos de a pie vivieron, según se dijo entonces, el regreso del último exiliado. La célebre imagen del guardia civil custodiando el cuadro en el Casón del Buen Retiro metralleta en mano habla del voltaje emocional del momento. Habían transcurrido apenas siete meses desde el fallido golpe de febrero, pero a finales de septiembre ya éramos otros.

No quiero acabar este artículo sin celebrar el éxito de la operación de rescate de los doce niños y el entrenador atrapados en la cueva de Tailandia, completada durante la redacción de este artículo. Me temo que el entrenador ha corrido la misma suerte que el fontanero de Ortuella.

 

   

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