José Lobato: «Torito guapo»

La comisión del Congreso que investiga la financiación ilegal del PP presentaba un cartel insuperable: el mejor de los escenarios, primerísimos espadas y una ganadería brava con el mayoral Casado sentado en el graderío. Por desgracia, ni los matadores ni la res estuvieron aquel día por dignificar la fiesta. De poco sirvieron el toreo de salón de Simancas, la faena popular de Rufián reviviendo los mejores gestos del Cordobés, o la lidia purista de Iglesias mirando al tendido, pues entre los tres no lograron sacar un pase al morlaco.

 

Supimos de la bravura de Aznar el día en que plantó sus castellanos en la mesa de las Azores. Sus múltiples acentos, ora americano ora catalán, bien en público o en la más estricta intimidad, nos pusieron al tanto de su locuacidad. Conocimos su peculiar relación con los hechos tras los atentados del 11-M. La invasión de Perejil fue la confirmación irrefutable de su trapío. Por eso no debiera sorprender a nadie que corneara a cuentos diestros intentaron citarlo antes de ser indultado y devuelto a los chiqueros por las vaquillas de su corral.

Indultado por la incapacidad manifiesta de la terna de maestros para capearlo, hoy sabemos tanto de la caja b del PP como el día anterior a la comparecencia del expresidente, que se limitó a encender el ventilador y a no soltar prenda. Produce sonrojo que un expresidente asome en sede parlamentaria dispuesto a tomar el pelo al personal sin entender que su responsabilidad y representatividad son vitalicias. Aznar dijo de todo, y todo lo dijo con una displicencia impropia de alguien de su estatura política. Sorprende igualmente el modo en que su cuadrilla jaleó la bronca. Sobre todo llama la atención que nada de lo que ocurrió aquel día tenga consecuencias, porque confirma que discurrió dentro de la normalidad política actual.
Se equivocaron quienes dieron a Aznar por amortizado. Lo único que nos quedó claro tras su comparecencia es que el expresidente está de vuelta y parece dispuesto a recuperar el ascendente ideológico de la derecha en su actual proceso de descentralización (o radicalización, en honor a la verdad) y que ha encontrado en Casado la conductividad que buscaba tras el ejercicio funcionarial de las legislaturas de Rajoy. Sí, no hay más dios que Aznar y Casado es su profeta.

“En los tiempos del Brexit, Le Pen, Salvini, Trump y el auge de la derecha más nostálgica en Alemania, Suecia o Hungría, por citar tres ejemplos, la izquierda debe cobrar conciencia del papel fundamental que le toca jugar.”

De otra parte, sorprende el contraste entre la retórica de la izquierda y la concreción demoledora de la bancada pepera. Harían bien nuestros políticos progresistas en dejar de predicar desde la superioridad moral y la pomposidad intrascendente si de verdad quieren contrarrestar el punch y el avance de la derecha hacia posiciones ideológicas más preocupantes. En los tiempos del Brexit, Le Pen, Salvini, Trump y el auge de la derecha más nostálgica en Alemania, Suecia o Hungría, por citar tres ejemplos, la izquierda debe cobrar conciencia del papel fundamental que le toca jugar. Además, la competencia entre PP y Ciudadanos no hará sino potenciar ese tránsito hacia los mentideros más radicales de la derecha.

Por el contrario, nuestras formaciones progresistas insisten en cometer todos los errores que les impiden diferenciarse de sus rivales políticos. Mentiras a tutiplén, ostentación en el ámbito privado, una epidemia de ministros dimisionarios y unos bandazos políticos que remiten a la famosa frase de Groucho Marx: “estos son mis principios, pero si le gustan tengo otros”. Dan mucha vergüenza ajena las amistades peligrosas que algunos miembros destacados del gobierno cultivan en las cloacas del Estado, como ilustran las grabaciones que el comisario Villarejo realizó a la todavía ministra de Justicia Dolores Delgado. Los contenidos homófobos y nada alineados con el feminismo desmontan la propuesta original de este gobierno, tripulado principalmente por mujeres que el día de la toma de posesión eligieron el rojo para escenificar un cambio de guardia en toda regla. Los socialdemócratas deben encontrar la presencia de ánimo para hacerse fuertes frente a la mentira, pues la tolerancia de la ciudadanía ha menguado hasta el punto de promover y hacer buena una moción de censura contra un gobierno que ahora lidera la oposición.

Todas estas circunstancias han conseguido dar a Aznar, que no es precisamente un sobrero, el empujoncito que necesitaba para movilizarse. Y por ello deberá estar atenta la izquierda y no desbravarse, porque los que están marcados con ese hierro no son mansos y a Aznar hay que entenderlo como el síntoma de una dolencia que viene. Ya se sabe que hasta el rabo todo es toro y este, además, tiene pinta de donjuán.

 

   

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