Julio Alfredo Egea recibe en Granada un cálido homenaje de la Academia de Buenas Letras

Bajo una sonriente imagen en blanco y negro del homenajeado, proyectada en la Sala del Mural del Palacio de la Madraza, daba comienzo el acto organizado por la Academia de Buenas Letras de Granada. No en vano, como nos adelantaba José Luis Martínez Dueñas, su presidente, Julio Alfredo Egea (Chirivel, 4 de agosto de 1926-23 de septiembre de 2018) al que calificó como «el poeta de la bondad y la naturaleza» formaba parte de esta institución desde 2006 como Académico Correspondiente en Almería desde solía venir con cierta frecuencia a las sesiones de Junta Pública y de Junta Ordinaria y a las actividades de conferencias y presentaciones de libros y a las comidas de fraternidad (Natividad, fin de año y en el mes de junio), asistiendo por última vez a la Junta Ordinaria del invierno pasado.

El público llenó la Sala del Mural del Palacio de la Madraza ::A. ARENAS

Tras la bienvenida al público presente que llenaba por completo la sala, por lo que hubo gente que no pudo acceder, dio paso a los integrantes de la mesa, entre los que se encontraban Francisco Gil Craviotto, compañero de la Academia, además de autor de una biografía sobre el poeta alemeriense-granadino publicada el año pasado e impulsor de este homenaje. Junto a él, Rafael Guillén, que durante décadas ha mantenido una fiel relación de amistad ya que formaron parte del grupo ‘Versos al aire libre’, publicando sus primeros libros en la colección ‘Veleta al Sur’. También tuvieron una emotiva intervención los dos hijos, Julio y Rafael. Entre el público, Patricia, una de las hijas y la hermana del poeta de Chirivel, además de Juan José Ceba, venido ex profeso desde Almería que intervino al final para dar lectura a un precioso texto dedicado a la voz de Egea. Pinceladas de la infancia, adolescencia y primeras incursiones literarias fueron lo que ofreció Francisco Gil Craviotto a través de la lectura de fragmentos de su libro ‘Semblanza de Julio Alfredo Egea’ (Letra Impar, 2017) dejando para Rafael Guillén la lectura del poema dedicado al poeta escrito en dos épocas con un lapsus de cuatro décadas.

Los hijos de Julio Alfredo Egea y en el centro Rafael Guillén y Francisco Gil Craviotto ::A. ARENAS

Si Gil Craviotto habló del «acendrado granadinismo, sin olvidar su tierra almeriense», el segundo narró las «aventuras literarias» que compartieron y otras divertidas anécdotas comenzando por los tres primeros años de«frenética actividad literaria para lo que se reunían todos los jueves, previo permiso de la Guardia Civil». También refirió sus vivencias compartidas en la travesía del Sáhara y en el aeropuerto de París, cuando el avión que les llevaría a Miami tuvo que retrasar su salida un cuarto de hora pues en el momento de despegar nadie sabía donde estaba julio que había sido transportado por una auxiliar del aeropuerto en una silla de ruedas. Para Rafael que opina que «el humor es de las pocas cosas serias que hay en la vida» el que el hijo de Julio les comparase con Astérix y Obélix le parecía de lo más original por aquello de la envergadura corporal de ambos. Primero, Rafael que leyó un fragmento biográfico de su padre publicado en su libro ‘Arqueología del trino’ (1990) y el poema ‘Para una despedida’ y a continuación Julio que dio lectura de un texto escrito para la ocasión varios días después del fallecimiento del padre en el que rememora vivencias infantiles y recientes, al tiempo que también dedicó unas emotivas palabras para su madre, Patricia, de la que su padre unos pocos años atrás había dicho que la veía «en todas partes, en todas partes, en los ojos de su perro y en la frente de un ángel». Tras la intervención de Juan José Ceba sobre el poeta que buscaba su voz se proyectaron medio centenar de fotos del álbum familiar en el que se mostraban imágenes del padre desde la niñez hasta fechas recientes.

Momento de la intervención de Juan José Ceba ::A.ARENAS

 

1968-2018, medio siglo

Por

Julio Egea

Julio Egea (dcha) charla con Martínez-Dueñas ::A.A.

‘La velada’ es un poema que escribió mi padre a finales de los sesenta. Se sitúa en la mesa camilla familiar, al final de la jornada, ya bien entrada la noche.

Eran las vacaciones, estaban los hermanos mayores y ya teníamos televisor aunque en esos versos mi padre no demuestra precisamente entusiasmo por tal acontecimiento.
Habla de nuestra presencia en torno a la mesa y dibuja un esbozo de cada uno de los que allí estábamos, sus cuatro hijos y Patricia, su mujer y madre nuestra.

La imagen de esas noches, en la casa de Chirivel, quedó grabada en la memoria de ese niño de seis años que era yo.

Comenzaré a referir la iconología de semejante estancia pero situándome unos meses atrás; noche de invierno, sin tener la televisión todavía, con el brasero de ascuas y un montón de pólvora sobre la mesa que mi padre metía en las fundas, ya usadas, de los cartuchos. La atacaba con un palo a la medida; antes había repuesto el pistón y después de la pólvora un corcho que hacía de taco entre la pólvora y los plomos. Para culminar el proceso con una tapilla de cartón que quedaba fija cuando se rebordeaba la vaina con otro aparatejo de manivela.

El tocadiscos sesentero a pilas, hacía sonar los pequeños vinilos de dos canciones. Carlos Gardel era el que mas ponían, Cumparsita, Caminito, Volver. Y Atahualpa Yupanki, Lola Flores siempre a la verita tuya, Juanita Reina y creo que no había mas. Bueno si, había otro que también ponían a menudo y que nos aterrorizaba; era la elegía que Luisa Ortega interpretaba del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.

Lo demás era muerte y solo muerte, a las cinco de la tarde. En la voz aguardentosa de la gitana nos ponía los pelos de punta, con el agravante, de nocturnidad y alevosía.
No eran las cinco de la tarde cuando lo escuchábamos, eran las diez de la noche y había que subir las escaleras del caserón hasta el dormitorio mientras el viento hacía temblar los cristales de la torreta que dan luz a la escalera.

Mi padre cargaba sus cartuchos, el cigarrillo en la boca, mientras mi madre hacía punto con largos moldes que ajustaba en las axilas.

-Julio! Yo no quiero decir ná pero ¡ Que estas fumando encima de la pólvora!
– ¡No pasa nada! ¡no pasa nada!.

Y así noche tras noche, mi madre haciéndonos abrigos y mi padre en lo suyo.

Por aquel entonces me llevaba el poeta al campo en la ISSO que era la moto en la que viajaba a Almería o asistía a los certámenes literarios mas próximos. No teníamos coche. Le gustaba mucho que le acompañase a la sierra o al bosque de Claví; caminábamos hasta desfallecer o nos sentábamos juntos, ocultos en algún acecho donde yo notaba su calor, alguna mirada tierna en el obligado silencio e incluso una caricia que se me quedó grabada.

Aquellos acechos, ocultos tras la piedra que apilábamos o las ramas que entretejíamos, nos permitían desaparecer en el monte, que al ignorarnos se revelaba en los cantos, en los vuelos, en el propio palpitar de los árboles, en el viento contra las riscas y mucho más, de condición inefable que percibíamos.

Años después, cuando leí a San Juan de la Cruz, recordaba aquellas inmersiones de horas de silencio ante la naturaleza que no nos notaba.
El tejido de su camisa que a veces rozaba mi rostro, el color de su ropa..

Existe un color o un producto pictórico que es el blanco España, pero el color de mi padre era un gris España, ese no existe pero me consta que existió en algún momento. Era su color también el Tierra sombra natural, otros colores pardos, marrones como el tabaco y grises como el plomo, como la ceniza de su cigarrillo, como el hierro.

Color telúrico, mineral, varonil. Colores tan afines que en la paleta, se encontrarían salpicados por un rojo pico de perdiz, otro rojo para el vino y un poco de óleo de sangre, hecho ya carmín en algún lugar del cuadro.

Al poco tiempo me dejaba solo en los acechos, varias horas hasta que anochecía; tardaba tanto en rescatarme de esa soledad, del gélido poniente, de las sombras terribles que apagaban la montaña..

Cuando por fin llegaba, un silbido suyo en la distancia me salvaba de los fantasmas y regresábamos a casa, al calor de las ascuas, a la cumparsita, a las pinturas negras de la bruja gitana recitando, al viento de la noche que hacía temblar los cristales. A mi madre. De la que unos pocos años atrás había dicho que la veía en todas partes, en todas partes, en los ojos de su perro y en la frente de un ángel.

Tardaba tanto en regresar de la sierra que en alguna que otra ocasión tenía que ir a buscarlo todo el pueblo, alarmado a las tantas de la madrugada. Hasta que aparecía el poeta, con la escopeta.
Tenía un instinto de libertad que la montaña, en su inmensa majestuosidad le ofrecía.
La sierra que cincelaba su alma y lo devolvía oliendo a tomillo y mejorana.

Madrugaba mucho mi padre por aquel entonces, se levantaba a las cinco y se metía a escribir en la habitación, junto a mi dormitorio. Escribía silencioso a mano mientras los carámbanos afuera colgaban de las tejas. Los chuzos que llamábamos en Chirivel a las estalactitas de hielo.

La máquina de escribir la tenía abajo, en su despacho, de negro herraje, no tan grande como otras que se veían en las oficinas, pero fuerte, compacta. Tan solo algunas teclas perforadas por los zarpazos del poeta, no dejaban ver la letra.

Se le oía teclear entre pausas, como si escribiera a cincel y mazo.

El público sigue atentamente las intervenciones de los oradores ::A. ARENAS

Recuerdo de esa época algún recital, uno en concreto que dio en Chirivel. Daba recitales por toda la península, pero no lo acompañábamos en sus desplazamientos. Mi madre a veces iba con el y nos dejaban con las abuelas en Galera o en La plaza de la trinidad, aquí en Granada.

El recital en el pueblo, se me quedó en el recuerdo por el estremecimiento que noté al escuchar la impronta de su voz, como pólvora prensada. La emoción, que vi reflejada en el público de campesinos. En concreto me impresionó ver el rostro de Blas el Cojo mientras enjugaba su emoción con un pañuelo. Esto en ese templo de hombre, resultaba escalofriante.
Blas tocaba el violín y cantaba esos fandangos que allí llamamos malagueñas. Era hombre que atesoraba historias y letras de tradición oral. Sus alocuciones, con su voz grave,dulce y acompasada, su sentido musical, me gustaban mucho de escuchar cuando a salto de mata, lo encontraba en algún corrillo de hombres, donde yo como niño que era, no cabía.

Por esos años, de finales de los sesenta, creo recordar que teníamos ya el Citroën
y fuimos a visitar a la playa granadina a Rafael Guillén, que pasaba unos días de vacaciones junto a su familia. Al poco fueron ellos los que nos visitaron en Chirivel, con sus hijos menores, Marina y Jorge.

Rafael Guillén estará presente siempre en nuestra vida, como su gran amigo, eran como hermanos y mi padre tuvo en su amistad un refugio, una mirada cómplice, un surtidor de vida, de ideas, de viajes, de contacto con el mundo que siempre le agradeceremos.

Porque aunque a mi casa llegaban revistas literarias, la prensa diaria (creo que con un día de retraso) y una amplia correspondencia que tenía mi padre. El aislamiento suyo en Chirivel era evidente. Tan lejos de todas partes.

Y así continuó su amistad hasta el día de su muerte, y al día siguiente y siempre Rafael Guillén. Su amigo del alma.

Hacíamos vino todos los años en una cueva del Margen de Cúllar. Bueno lo hacía Lorenzo, que la habitaba con su gente. Lorenzo no era bebedor pero le salía muy bien el vino. Quizás por eso mismo, porque no le tocaba y le daba su tiempo. Ese vinillo rosado-pálido que habitara la bodega de la casa en damajuanas e iluminara los mediodías de toda la vida del poeta.

A esta bodega, a la de Lorenzo, me llevó mi padre y a mis siete años, pasó el tazón de barro que compartía con otros hombres que allí estaban, destapando las tinajas y degustando la alegre promesa de epifanía.

Allí probé yo el vino por primera vez, me pasó mi padre el tazón. Visto con la perspectiva del medio siglo que hace de esto, puedo decir que si, que me gustó.

Hizo bien en pasarme el vino, coincidió en el tiempo con mi primera comunión.

Son al fin y al cabo Dionisos y nuestro señor Jesucristo los dioses mas nombrados allí, en Chirivel.

Con el tiempo, entendí muy bien porqué sonaba en el tocadiscos aquella elegía de Federico y sus versos me han acompañado siempre.

Aunque después de aquellos años, vino un largo desencanto y se produjo una fractura notable entre las generaciones; el vino nos reconciliaba, puedo decir que hasta tres días antes de su última caída. Hace ahora un mes.

Y allí brindamos mi padre y yo en la puerta del Miami, bajo el toldo que nos protegía de la suave lluvia de setiembre. -Este es el sacramento de nuestra fe. Chin-chin.

Cuando regresábamos hizo un gesto hacia la lluvia que apenas nos mojaba, le dijo algo a esa lluvia que no pude oír.

Y sentimos ambos esa comunión mojada, un no se qué de trascendencia que aliviaba el horizonte, para que el sol no se fuera sin asomarse a Graná.

Nos despedimos ya en el piso, con un beso y una mirada intensa, alegre.

Esa fue la última vez.

(Texto leído por Julio Egea en el acto homenaje a su padre, celebrado el 22 de octubre en la Sala del Mural del Palacio de la Madraza)

Participantes en el homenaje y familiares de Julio Alfredo Egea posan al final de acto ::A. ARENAS

 

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