Antonio Luis García Ruiz: «Confieso que he gozado»

Mi primer curso académico como profesor de la Universidad de Granada, fue el de 1979-1980; el pasado treinta de septiembre logré la jubilación, finalizando así mis tareas en la misma. Si a estos treinta y nueve años, le sumamos unos cuantos más, en niveles educativos anteriores a la Universidad, podrán comprender que mi experiencia docente ha sido dilatada y variada, pero también completamente enriquecedora, plenamente satisfactoria y, modestamente, exitosa. Comencé un día uno de octubre y me retiro otro uno de octubre; pero la similitud que quiero destacar es otra: la disponibilidad, la ilusión y las esperanzas con las que comencé mis primeras clases, hoy permanecen intactas y, si cabe, bastante más interiorizadas. No he tenido razones para quejarme de las clases, ni de los horarios, ni de los recursos, etc. Me marcho agradecido, contento y orgulloso de mis compañeros, de mis amigos y de haber sido profesor en la UGR, al tiempo que trato de olvidar sus carencias e imperfecciones.

 

Pero disculpen la inmodestia, porque no pretendo contarles mi vida, ni narrarles hazañas que no he realizado. Sin embargo, sí quiero destacar y elogiar aquí a esa mayoría silenciosa y, a veces, silenciada de profesores, funcionarios y empleados de todos los sectores, que hacen bien su trabajo, que se sienten comprometidos con él, que cumplen siempre, cada hora, cada día, cada noche, etc. y, además, lo hacen fielmente, discretamente, sin esperpentos, ni gritos y, sobre todo, sin tretas, ni trampas de ningún tipo. Difícilmente se quejan de algo, pero son los que nos sacan las castañas del fuego, en esta época que invita a la comodidad y a la holgazanería. A ellos, es a los que pretendo asemejarme. Permítanme una reflexión referida al profesorado.

El primer requisito para el éxito profesional de cualquier persona, es creer en su trabajo y valorar la importancia del mismo. Los profesores lo tenemos bien claro: ¿habrá cosa mejor que enseñar a los demás y encima cobrar por ello? Estamos convencidos de la enorme transcendencia de la educación, de la ciencia y de la necesaria dimensión ética de toda la actividad humana. Confiamos en la bondad y utilidad de la disciplina que impartimos y estamos seguros de lograr que nuestro alumnado alcance sus objetivos. Para ello hemos de motivarlos e implicarlos en su aprendizaje: también en la universidad. En las clases teóricas, los profesores nos situamos frente a los alumnos, y frecuentemente en una tarima elevada, por lo que física y psicológicamente parece que ocupamos posiciones enfrentadas, que tenemos intereses distintos, pero esto no es así y puede constituir una enorme equivocación. Hay que hacerles ver, desde el primer día, que nuestros intereses coinciden con los suyos; que el éxito personal de todos y cada uno de ellos, es equivalente al éxito profesional nuestro. Sí, también tenemos que investigar, pero lo más importante para un profesor universitario, ha de ser la enseñanza y la formación profesional de sus alumnos; aunque el Ministerio y las Universidades sólo valoren erróneamente la investigación.

Antonio Luis opina que “el primer requisito para el éxito profesional de cualquier persona, es creer en su trabajo y valorar la importancia del mismo” ::A. ARENAS

La evaluación y las notas es lo que más – y a veces casi lo único- que le interesa a los estudiantes; por eso es aconsejable que se olviden de la nota y que se dediquen a estudiar, aprender y formarse, y si se trabaja bien, no habrá que preocuparse por ella. La confianza y esperanza positiva en la nota favorece la motivación y el estudio más riguroso de la materia; por el contrario, el miedo a la nota genera desconfianza, desánimo, rechazo y finalmente fracaso. Pero, desde luego, lo que mejor resultado produce en este sentido es la coevaluación; ahora que se pueden tener grupos con cincuenta o menos alumnos, sí nos podemos permitir este lujo. Cuando se hace un examen teórico, no se espera, ni se publica listado de notas, porque no lo habrá; todos y cada uno de los alumnos, tendrán que visitar al profesor en su despacho y en horario de tutoría, para ir detenidamente leyendo y corrigiendo su examen y analizando todo lo que ha hecho bien y subsanando los posibles fallos, errores y sesgos. Es probable que sea la única oportunidad de tutorizar individualmente a nuestros alumnos, comentando su situación, sus intereses y sus conocimientos sobre la materia.

Para ir finalizando podemos asegurar en un sentido amplio, que en todos los trabajos, de una u otra manera, servimos a los demás y contribuimos al bienestar de la sociedad. Hacerlo bien o mal, depende de las circunstancias y las condiciones en las que se trabaje, pero también de nosotros mismos. Aceptar y apreciar nuestro trabajo – siempre que no exista ningún tipo de abuso – es más inteligente, más eficiente y produce más satisfacción: si no trabajas en lo que te gusta, procura que te guste en lo que trabajas. He tenido la suerte de trabajar en lo que más me gustaba y, además de ello, he procurado que cada día me agradara más. Por todo lo dicho, confieso que he gozado, que he disfrutado plenamente, tanto en las clases, como en los trabajos de investigación, que no me he cansado nunca, que no he dejado desatendido a nadie y que tengo la conciencia muy tranquila, por haber cumplido con mi deber.

 

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2 thoughts on “Antonio Luis García Ruiz: «Confieso que he gozado»

  • 10 noviembre, 2018 en 8:40 pm
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    Artículo muy bueno, que lo vean los profesores

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  • 11 noviembre, 2018 en 9:54 am
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    Muy buen artículo Antonio. Ahora a disfrutar de tu retiro.

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