Francisco J. García Carbonell entrevista a Francisco Martínez Sánchez, ‘Pacurri’, un ex-cura obrero

 

Desde los ‘Retales de su bancal’, desde esa puerta abierta a la brisa de Sierra Nevada, el poeta Francisco Martínez Sánchez, ‘Pacurri’ para los amigos, rememora lo que fue su vida. Nos deja entrar en su mundo y caminar a su lado como un amigo. Con él es hora de levar anclas para liberarnos de los agobios del enemigo.
P: Háblanos un poco sobre tu experiencia como sacerdote ¿Cómo nace en ti la inquietud de sacerdote?

R: Antes de nada, quiero decirte que me da mucho “corte” hablar de mí, cuando sé que mi vida no tiene más importancia que la de un discreto “españolito de a pie”. Pero ante tu insistencia, me rindo. La amistad que nos une, obliga… Bueno, pues, yo era un niño típicamente “bueno” que gozaba en la catequesis que impartían los frailes mercedarios de Ferrol. El hermano Ángel se encariñó conmigo tras la muerte prematura de mi madre. Entonces, me habló de hacerme religioso de la Merced, a mis diez años. Pero pudo más la invitación del P. Bouza, a la sazón cura diocesano muy implicado en la pastoral juvenil. Le llamábamos “cura de la calle” por sus reconocidas inquietudes humanas y sociales. Me ilusionaba mucho su estilo de vida, lo veía siempre simpático y feliz. Todas las tardes paseaba, rodeado de jóvenes por la calle Real, calle peatonal de Ferrol. Yo quería ser como él. Y me propuso ir al seminario. Yo acababa de cumplir doce años y me decidí, con la ayuda de mi hermana mayor, aunque me costó mucho abandonar el grupito de amigos y amigas, sobre todo la compañía de Cheché, Anita, Barcón, Alicia, Genucho…

P: ¿Cómo describirías tu vida como sacerdote?

R: Estudiando filosofía en el Seminario, recuerdo que hubo un concurso sobre la frase que mejor definiera lo que era para mí el sacerdocio. Gané el primer premio con el lema: “El sacerdocio es cantar la cruz sin bajarse de tono”. Entonces, sí, pensaba que tenía por delante una vida que escribir, como proyecto de amor. Y con esa ilusión, me tiré al agua. Tenía veinticinco años cuando fui ordenado sacerdote. Ejercí el ministerio sacerdotal durante 21 años. Fueron tres etapas en mi vida sacerdotal, marcadas por las conmociones, luces y sombras, del momento. Durante los siete primeros años fui educador y profesor del Seminario, luego pasé otros siete años como cura de un pueblo marinero de seis mil habitantes, llamado Cariño, y finalmente, me trasladé a Francia para ampliar estudios y ejercer el ministerio pastoral en la Misión Católica de Lyon. En las diferentes etapas ministeriales me vi forzado a “cantar la cruz sin bajarme de tono”… Fueron tiempos especialmente de cambio a nivel social, sobre todo a nivel de Iglesia. Tiempos felices, pero que quemaban mucho. Una historia de luces y de sombras, con la que me acostaba y me levantaba, y que guardo entre hilvanes, como un guión de cine… En el Seminario me tocó, junto a fantásticos compañeros, abrir brechas de innovación que supuso mucho enfrentamiento con el clero mayor. En la parroquia vertí toda mi pasión pastoral en abrir caminos en línea conciliar, según el “aggiornamento” que pedía el Vaticano II. Sufrí denuncias. Gracias que contaba cariñosamente con la anuencia de mi obispo Araújo. Otro tanto tuve que vivir a mi paso por la pastoral de migración en Francia. En todas esas etapas, sentía la necesidad de ser faro que las iluminara a través de las “tormentas”, imponderables del ministerio, que exigían retos especiales.

P: ¿Cuáles han sido esos retos especiales a los que te has enfrentado como sacerdote?

R: El compromiso social, es decir la comunión en las necesidades de mis hermanos, incluida la pobreza familiar, era el primer reto de mi vida, ligado a mi compromiso de fe. Siempre sentí más devoción por lo humano, que por lo espiritual, sobre todo desde que empecé a conocer a la gente en la cercanía. Eso entonces no se perdonaba fácilmente en un cura… La humanización de Dios, el profundo sentido exegético de la Encarnación, sin embargo, invadió y fortaleció mi condición teológica. Lo que no quiere decir que en algún momento haya abandonado el concepto de la divinidad en mi misión pastoral. Mi espiritualidad más honda la forjó el “mojarme siempre en la cancha”. Fueron tiempos difíciles, también felices. Desde el seminario, con el encuentro de chavales con su vocación infantil, de donde salieron algunos sacerdotes, entre ellos el actual obispo de Lugo, que queríamos fueran, con el tiempo, testigos creíbles de fe, hasta la última etapa en Lyon potenciando la vida cristiana y asociativa de inmigrantes españoles, pasando por la experiencia parroquial profundamente enriquecedora desde distintas perspectivas, pastoral litúrgica, catequética, asistencial, y de manera muy especial la pastoral social afrontando la problemática del mundo de la mar desde la visión de los derechos humanos, creando vínculos de asociacionismo con la confección de una revista mensual, Nordeste, con la Asociación de Vecinos, con la lucha y logro de un instituto, cuando los chavales tenían que recorrer cada día cuarenta kilómetros para asistir a sus clases, etc, etc… De verdad, sufrí mucho, pero trataba de “no bajarme de tono”. Fueron lágrimas felices, pero siempre tuve miedo a “quemarme”.

Pacurri (dcha) saluda al teólogo exjesuita, José María Castillo. Arriba, junto a Francisco J. García Carbonell, autor de la entrevista ::A. ARENAS

P: ¿Entonces, por qué abandonaste el sacerdocio?

R: Creo que ni yo mismo lo sé… Todo ha sido producto de un “recurso de amparo” ante un ejercicio de audacia (ja, ja, ja). ¡Es una broma! Me costó mucha lágrima. Y más, oyendo a amigos, incluidos algunos obispos, entre ellos el cardenal Decourtray, arzobispo de Lyon, y mi obispo diocesano, Araújo, ambos sentidamente fallecidos. Eran dos geniales pastores. ¡Lástima que el buen Dios los llamara tan pronto!
P: ¿Que por qué abandoné? Pues mira, la Iglesia-institución se me atragantó cuando en medio de mi labor pastoral tropezaba en las zancadillas de compañeros curas involucionistas, con gente en la pirámide del caciquismo, con ese Vaticano siempre en regresión frente a la autenticidad evangélica… De verdad, me sentía muy “enjaulado”, hasta el punto de que me afectó a la salud física y psicológica. Fíjate que hasta el bueno del obispo Iniesta me invitó a pasarme con él una semana de reflexión en el monasterio de Poblet, antes de tomar ninguna decisión. Gracias a él pude discernir la voz de Dios, conjugando en el silencio monástico conciencia personal, evangelio, y signos de los tiempos, como interrogantes a mi limitación humana. No fue fácil la decisión. Ante las inquietudes surgidas a raíz del Concilio, que estaban aun “calientes”, no todos los curas, incluido obispos, encarnábamos un mismo modo de concebir la Iglesia y el propio sacerdocio, y, por ello mismo, la labor pastoral nos distanciaba. Y unido a esto, las condenas que pesaban desde Roma sobre teólogos para mí admirables por su labor científica y, a su vez, testigos de un evangelio encarnado… Todo ello me dejó “tocado” definitivamente.

P: ¿Ves un retroceso en los planteamientos de avanzada dentro de la iglesia, planteamientos que estaban en alza en su época y ahora parecen tan aparcados?

R: Los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI forjaron una esperanza en mucha gente de Iglesia, en mí de manera especial, que se fue frustrando con los siguientes papas, sobre todo con Juan Pablo II. El Concilio dejó de ser el punto de encuentro que reclamamos muchos curas desilusionados. Recuerdo, a este respeto, mis dos encuentros personales con el papa Wojtyla, donde, creo, estuvo el germen de mi desencanto que culminaría en mi petición de secularización. Hoy estamos asistiendo a un nuevo Pentecostés que lentamente va penetrando por los resquicios de la “Barca”, gracias al papa Francisco. Con este hombre al frente del timón y su continua tarea de injertar “aire fresco” en la Iglesia, quizá, no me hubiese secularizado. Aunque hoy soy inmensamente feliz con mi mujer y con mi hijo, adoptado a los once años, y los dos nietecitos que me ha regalado, ¡Lindísimos! Como muestro en mi último librito, “Hugolandia. Cosas del abuelo Paco”. (ja, ja, ja)

Pacurri con el libro dedicado a su nieto Hugo, y al fondo la placa del primer premio nacional de poesía ‘Brisa del Mar’

P: ¿Cómo ves los cambios que ha hecho el Papa Francisco en la Iglesia? ¿Qué hay que hacer hoy día para seguir sumando fuerzas en pro de un cambio?

R: El papado de Francisco ha sido providencial desde el primer momento de su elección. Creo que estamos viviendo una situación especial, histórica, en la Iglesia, a pesar de las muchas noches que pretenden nublar el sol providencial que ya dura más de cinco años. Cinco años de palabra y hechos de este hombre tan identificado con Jesús de Nazaret. El Vaticano está dejando de ser una isla, es ya un balcón a donde mira con esperanza el mundo, como icono del evangelio. Francisco ha apostado decididamente a favor de los pobres, en contra de una Iglesia que parecía cada día más mafiosa. Un papa desconcertante y una Iglesia que va caminando, por fin, con sentido de Pascua… ¡Aún queda mucho por recorrer, claro! Pero en el imaginario cristiano se comienza a sentir “el aire fresco”. Sus gestos de desafecto a símbolos del poder vaticano y por el contrario su apuesta por una Iglesia “pobre y para los pobres”, están ya convirtiendo su papado en un referente político y social del mundo. ¿Qué habría que hacer, me preguntas? Me atrevo a responderte guardando distancias, como “hombre de a pie” dentro de la Iglesia. Por supuesto, rezar. Sí, primero rezar y mucho, como Francisco nos pide. Como hombre de fe, yo creo que el Espíritu de Dios ha de seguir aleteando fuertemente, pero “con el mazo dando”… Desde el Vaticano, y en nuestras propias comunidades, hay que seguir rompiendo muchos esquemas, acabando con muchas normas, abriendo nuevos caminos, sobre todo, discerniendo cómo aplicar el ejemplo de Jesús de Nazaret según las circunstancias actuales. Esto nos llevaría a concretar aún más en el hoy, sin prisas pero sin ninguna pausa sobre los pobres, los divorciados, los homosexuales, los curas casados, las mujeres en la Iglesia, el ecumenismo, la elección de obispos,… y un larguísimo etcétera. Puede parecer “estirar demasiado la cuerda”, pero no hay otro camino en pro de un cambio sustancial, que nos haga creíbles en el mundo, y que, ciertamente, seguirá creando tensiones. Pero la humanidad nos está exigiendo esa ternura de acción. Y ahí estará el Espíritu Santo. Es cuestión de fe.

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