‘El amén de los árboles’ de Jesús Montiel se presenta hoy en el Cuarto Real

Jesús Montiel (Granada, 1984) entiende la escritura como una manera de rescatar lo que le conmociona. Tiene muy claro que su vida se nutre de lo que escribe y que lo que escribe se nutre de su vida, hasta el punto de afirmar que «las 24 horas del días veo las cosas bajo el filtro de la literatura, necesito escribir de las cosas para ser más consciente de ellas». Así lo demuestra en todas sus anteriores libros y en ‘El amén de los árboles’ que acaba de publicar con la Editorial Esdrújula en su colección Diástole y que presenta el jueves, 31 de enero, en el Cuarto Real de Santo Domingo, donde estará acompañado por la escritora, Alicia Choín (19 h).

 

Durante la entrevista Jesús muestra su satisfacción porque sus libros están llegando a los lectores, lo contrario, llegar solo a otros escritores, lo considera un fracaso. «Los deseos que tiene cualquier escritor es traspasar las fronteras del círculo literario pues muchas veces son leídos solo por otros poetas o escritores. Yo tengo la suerte de que con el premio Hiperión con ‘Memoria del pájaro’, pero, sobre todo, con ‘Sucederá la flor’, tener lectores que me siguen y que no pertenecen al gremio».

Para este libro ha conseguido unas líneas de Ben Clark, escritor español de origen británico, residente en España con el que comparte año de nacimiento, «complicidad» y tambíén el haber conseguido el premio Hiperion. En la contraportada le dedica las palabras que califican esta obra como «una antología de momentos eternos, instantes sublimes que sirven como poética, como guía, como respuesta y, claro, como literatura. Buena literatura. Sé que quien lea este libro se sentirá acompañado siempre. No es poesía. No es narrativa. Y no es, desde luego, ficción. Vida condensada que nos llena de vida y armonía». Algo en lo que está muy de acuerdo Jesús que quiere que sus textos toquen el corazón del lector tendiendo para ello a la brevedad y a la síntesis para decir solamente lo que cree que es importante, y siempre intentando despertar en el lector la emoción que él ha tenido antes y durante la escritura. Libro pequeño en cuanto a páginas, solo 66, repartidas en cuatro partes (Una tumba de celulosa, El amén de los árboles; Adiós, relojes; y La siempre a medias) pero muy meditado y con numerosas afirmaciones que darían lugar a excelentes aforismos del tipo «cada uno tiene el paraíso que no se merece, en el que da la vuelta a la afirmación de Szymborska: Cada uno tiene el diablo que se merece, o el que afirma que «a la
hora de saber qué pasa en el mundo, me he fiado antes del periódico que de los árboles del barrio». También «cada árbol es un manual de instrucciones para alcanzar la santidad», o «hemos convertido la vida en un supermercado de creencias donde cada uno elige cómo afrontar el vértigo de estar vivo», entre otras muchas.

Jesús Montiel, en el jardín del Parque de las Ciencias ::A. ARENAS

Asímimso, Jesús nos confiesa que desde niño ha atendido «más la ventanas que las pizarras» y que ha tenido cierta complicidad con el árbol que como los sabios y contemplativos hablan estando callados. Para él, «un árbol me dice muchas cosas, me habla de la hospitalidad, nunca se queja, siempre está ahí, incluso en invierno, son una parábola inacabable». Una vivencia como contemplar un gato atropellado arrastrándose por la carretera le lleva «a construirle una tumba de celulosa», para que al menos sobreviva cada vez que un lector lea sus palabras pues el auto entiende la escritura como manera de rescatar lo que me conmociona. También indica que la gente le agradece que haya escrito sobre temas personales, cosa que siempre hace «alejándome del detalle morboso o muy personal». Así es Jesús, un autor que está sometiendo su biblioteca a una enorme purga pues hay libros que aunque están bien escritos no alimentan y en cambios otros que nos reconcilian con la vida; que ha tenido desde niño a los árboles como un ser vivo que le habla; que sale poco de lo que es su barrio tal vez también por ser muy de rutinas y bastante tímido que empezó a hablar sobre los 6 años y a veces tiene la sensación de estar serparado de la vida colectiva por una capa de hilo y que piensa que «se necesitan muchos años de ensayo para estar vivos un solo segundo».

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