Francisco J. Sánchez y sus westerns imprescindibles (3): «Johnny Guitar»

¿Qué ocurre cuando a Nicholas Ray, director conocido por sus películas de personajes marginados, amante de la Arquitectura y, por lo tanto, de las formas y espacios como elementos narrativos, le encargan su primer western? ¿Qué pasa si decide fotografiarlo con un innovador sistema (TruColor) que le permite asociar los escenarios y el color del vestuario a la evolución de los personajes? ¿Qué sucede si la protagonista posee los derechos de la novela y desea reescribir la obra para copar todo el protagonismo? ¿Y si la actriz en cuestión es Joan Crawford, cuyo carácter egocéntrico le granjea enfrentamientos constantes con los miembros del equipo y, sobre todo, con su compañera de reparto, Mercedes McCambridge?  Bien, pues añadamos a todo ello un memorable diálogo sobre amores pasados y una pegadiza canción (cortesía de Peggy Lee) que condense la melancolía de la historia y el resultado es Johnny Guitar (1954); en su momento masacrada por la crítica, hoy en día una cinta de culto.

 

Obra inclasificable, quizá donde mejor encaje sea en ese escaso grupo de westerns poéticos, impregnados de lírica, del que forman parte títulos como Raíces Profundas (George Stevens, 1953), El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), Pasión de los fuertes (John Ford, 1946) o Sin perdón (Clint Eastwood, 1992), si bien Johnny Guitar se desmarca de todos ellos por su elaborada técnica visual y su planteamiento casi onírico.

Roy Chanslor, antiguo periodista, escribió la novela para Crawford, que compró los derechos y se los vendió a Republic Pictures. Tras el éxito de Encubridora (Fritz Lang, 1952), la actriz pensó que podría ser un buen momento para invertir los papeles tradicionales en el cine del Oeste y convertir a una mujer en auténtica protagonista, demostrando, de paso, que no solo Marlene Dietrich sabía llevar un revólver atado al cinto. Nicholas Ray, amigo de Crawford (se rumorea que años atrás habían sido amantes), estuvo de acuerdo en contratar a Philip Yordan para adaptar la novela. Sin embargo, Ben Maddow, documentalista y guionista vinculado a la lista negra de actividades antinorteamericanas afirmó que él fue el verdadero responsable del argumento. Yordan lo negó siempre. A día de hoy, la autoría del guion sigue siendo un misterio.

Lo que sí se sabe es que Ray añadió protagonismo a los escenarios principales de modo que reflejasen el estado de ánimo de los personajes. El director, alumno de Frank Lloyd Wright, nunca escondió la influencia que el arquitecto ejerció sobre él. De hecho, la cabaña que aparece al final de la película está basada en la Casa de la Cascada, obra maestra de Lloyd. Curiosamente, en el filme se accede a ella tras cruzar… una catarata.

Tampoco parece casual que la historia incluyera referencias a la agitada situación política de la época, teniendo en cuenta que el FBI había investigado y obligado a declarar a Ray por supuestas actividades comunistas.

En cualquier caso, lo mejor del enigmático guion son sus diálogos. El más conocido es el que sostienen Vienna (Crawford) y Johnny (Hayden), y refleja uno de los grandes aciertos de la novela: la indiferencia de Vienna en lo que respecta a asuntos amorosos, escarmentada por los fracasos del pasado.

Hay más ejemplos de esta maestría, como la corta e impagable conversación que mantiene Johnny Guitar con Bart (Ernest Borgnine), uno de los miembros de la banda de El Danzarín (Scott Brady):

–Johnny: No he venido a buscar pelea, señor Lonergan.
–Lonergan: Llámame Bart. Mis amigos me llaman Bart.
–Johnny: Como quiera, señor Lonergan.

El inicio de Johnny Guitar parece sacado de un sueño: un jinete armado con una guitarra llega a un salón de juego ubicado en medio de ninguna parte. Se trata de un lugar extraño, vacío, construido sobre una pared de roca y decorado con elementos barrocos, en el que solo se escucha el sonido del viento y el ruido de la bola girando en la ruleta. La propietaria del local es una mujer llamada Vienna y pronto descubrimos que ella y el forastero se conocen desde hace tiempo. Más tarde sabremos que Vienna huyó hasta allí para olvidar un doloroso pasado y empezar una nueva vida. Y ahora él, una versión descafeinada del Shane de Raíces Profundas (no olvidemos que aquí se lucen ellas), acude en su búsqueda para cerrar viejas heridas y reconquistarla.

Crawford, obsesionada por controlar hasta el último detalle del filme, quería a Claire Trevor para el papel de villana. Ray prefería a Bette Davis, pero el estudio no podía permitírsela. Finalmente, el personaje lo interpretó Mercedes McCambridge. A lo mejor fue un acierto retrasar algunos años la que se considera una de las enemistades más famosas de la historia de Hollywood: la que mantuvieron Davis y Crawford a raíz del rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). No obstante, la que se fraguó aquí también es legendaria.

En realidad, la mala fama que arrastraba Crawford estaba justificada. Perdió un papel en De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953) porque se empeñó en que la diseñadora de su vestuario fuese Sheila O’Brien. El asunto se zanjó cuando los jefes de la productora se hartaron de sus caprichos y contrataron a Deborah Kerr.

Johnny Guitar no iba a ser una excepción en su carrera: la actriz, que en aquel momento tenía 48 años, exigió que sus primeros planos se rodaran en estudio para controlar la luz. Además, mantuvo encontronazos constantes con Sterling Hayden (el actor llegó a decir: «No hay dinero en el mundo suficiente capaz de convencerme de que vuelva a trabajar con Joan Crawford. Y mira que me gusta el dinero») y, sobre todo, con Mercedes McCambridge. En una ocasión, McCambridge, que había ganado un Óscar en su debut cinematográfico, terminó una escena de modo tan brillante que todo el equipo le dedicó un aplauso. Crawford, herida en su (inmenso) ego, no pudo soportarlo, así que se fue al camerino de su compañera, cogió parte de su vestuario y se marchó en coche hacia una autopista de Arizona, donde fue arrojando las prendas durante varios kilómetros. Debido a este incidente la producción tuvo que retrasarse, pues parte del equipo pasó horas buscando la ropa diseminada por la carretera. McCambridge, que alcanzó notoriedad por ser la voz del demonio en El exorcista (William Friedkin, 1973) no perdonó jamás a Crawford: en las memorias de Ernest Borgnine se cuenta que McCambridge solía llamarla «alcohólica» y «huevo podrido».

A pesar del simbolismo de los escenarios, la excelente fotografía en color, obra de Harry Stradling, y la romántica historia de amor de sus protagonistas, Johnny Guitar se estrenó en mayo de 1954 y no obtuvo el reconocimiento que merecía. Tendría que llegar la Nouvelle Vague, muchos años después, para reivindicarla. Jean-Luc Godard declaró:

«Nicholas Ray es el único que da la impresión –si el cine ya no existiera– de poder reinventarlo y, es más, de querer hacerlo».

Pero fue François Truffaut quien recogió con precisión la esencia de un filme hipnótico y fascinante: «Johnny Guitar es como un sueño: mágico, irreal, delirante. Una película en la que los cowboys se evaporan y mueren como bailarinas de ballet».
En efecto. Puede que Johnny Guitar fuese un pistolero temible, pero era ella la que llevaba los vaqueros.

F I N

 

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Francisco J. Sánchez Manzano

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